Tomás Campuzano: «Si no hubiera sido por el toreo, ahora estaría cuidando ovejas»

Hablar de Tomás Campuzano (Écija, 1957) implica nombrar a su hermano José Antonio y, a la postre, acabar en un todo con «los Campuzano», siendo diferentes. Pero hoy toca Tomás, que ocupó con su reciedumbre los puestos cimeros del escalafón en los años 80. Ahí figuraba su nombre: segunda posición en 1983 detrás de Paco Ojeda; mismo lugar en 1984 a rebufo de José María Manzanares. Un respeto. Fueron los años fértiles, hasta 1988, de un torero del Sur que rindió el Norte: Santander, Bilbao, Pamplona y Logroño constituyeron sus feudos. Veinte años exactos transcurrieron entre su alternativa (1979) y su adiós (1999).

 Ocupó los puestos cimeros del escalafón en los años 80. Quiso ser torero cuando vio la grandeza de la alternativa de su hermano José Antonio: «Me pregunté qué hacía yo con los jornaleros en el campo». Los Campuzano, decíamos.  

Hablar de Tomás Campuzano (Écija, 1957) implica nombrar a su hermano José Antonio y, a la postre, acabar en un todo con «los Campuzano», siendo diferentes. Pero hoy toca Tomás, que ocupó con su reciedumbre los puestos cimeros del escalafón en los años 80. Ahí figuraba su nombre: segunda posición en 1983 detrás de Paco Ojeda; mismo lugar en 1984 a rebufo de José María Manzanares. Un respeto. Fueron los años fértiles, hasta 1988, de un torero del Sur que rindió el Norte: Santander, Bilbao, Pamplona y Logroño constituyeron sus feudos. Veinte años exactos transcurrieron entre su alternativa (1979) y su adiós (1999).

Actualmente, transmite sus conocimientos en la Escuela Taurina de Triana que lleva su nombre, probablemente contando a los chavales cómo heredó la verónica de las mismas muñecas de Manolo Escudero, uno de los grandes y más finos capoteros de la historia. Este dato, esta relación, se nos escapó entonces, pero no ahora.

PREGUNTA. Habiéndose criado entre fincas de toros bravos, su destino estaba claro.

RESPUESTA. Mis hermanos y yo nos criamos en una finca colindante con la de Albaserrada. Por lógica, la única salida que teníamos para salir de allí o querer ser alguien en la vida era el mundo del toro.

P. Su hermano José Antonio fue siempre por delante.

R. Él empezó primero. A los 17 años se fue a la escuela taurina de Alcalá del Río con Vicente Vega, que luego fue su suegro. Yo me encontraba trabajando en el campo. Cuando llegó el día de su alternativa en Sevilla —recuerdo con total claridad ver a Luis Miguel Dominguín, Paquirri y a mi hermano—, yo todavía seguía trabajando en el campo. Al ver esa visión de grandeza, me pregunté qué hacía yo en el campo con los jornaleros en un trabajo tan duro.

P. Su alternativa tampoco fue menor en el año 1979, en Sevilla, con Curro Romero y El Viti. Sin embargo, resulta llamativo el contraste entre esa alternativa tan lujosa y el cartel de su confirmación en Madrid el 5 de agosto: Antonio Francisco Vargas, Antonio Chacón y toros de La Herguijuela.

R. Es verdad que no tenían nada que ver. De novillero yo había despertado el interés de la afición en Sevilla toreando 11 tardes en dos temporadas —un año toreé 7 tardes casi seguidas—, lo que me llevó a esa alternativa de categoría. La confirmación en Madrid me la ofreció la casa Choperita (Javier y José Antonio Chopera). Yo lo que quería era torear y no estar parado porque veía que la situación estaba dura. Ese año de mi alternativa toreé unas 10 o 12 corridas de toros. En la confirmación no pasó nada, pero ese año sí sucedieron cosas muy bonitas, como mi triunfo en Santander sustituyendo a Luis Francisco Esplá.

P. Santander fue siempre una plaza muy suya.

R. Siempre. La gente me acogió con mucho cariño, incluso conté con una peña allí. Me sentía querido y respetado. Yo me entregaba muchísimo en esa plaza e incluso llegué a encerrarme con seis toros en una ocasión a beneficio del asilo de ancianos, lo que tuvo muchísima repercusión. Me siento un privileged de haber ayudado a que la feria de Santander creciera. Cuando llegué allí por primera vez en una sustitución de Luis Francisco Esplá junto a Ortega Cano y Frascuelo con toros de Hernández Pla, solo había en la plaza los músicos y unas 300 o 500 personas. Mi triunfo esa noche tuvo una repercusión tremenda en Radio Nacional de España. Al año siguiente la plaza estaba contratada para ser derribada y solo programaron una corrida, que era la reaparición de Manuel Benítez «el Cordobés» con la alternativa de Mario Triana.

P. Cuénteme su relación directa con Manolo Escudero y el hecho de beber en la fuente de su verónica, algo que se cantó en sus inicios y cayó en el olvido después.

R. En el año 1980 llegué a Madrid con fuerza y toreé seis tardes: tres antes de San Isidro y tres en San Isidro. En ese tiempo, el maestro Manolo Escudero se fijó en mí. Coincidimos en el hotel Wellington y, aunque yo no sabía quién era él cuando me lo presentaron, se acercó y me dijo que tenía condiciones extraordinarias para torear de capote si corregía unas cuantas cosas. Acepté su propuesta y nos fuimos a un chalé de mis tíos en la sierra de Guadarrama. Estuvimos entrenando unos 10 o 15 días juntos en la ganadería de El Pizarral, entrenando sobre todo con el capote. Le cogí el aire a lo que me explicó el maestro y ese mismo año ya se empezó a hablar muy bien de mi capote, algo que siempre me gustó porque tiene ritmo, armonía y belleza.

P. A principios de los 80 escaló a los más alto del escalafón, pero su gran año fue 1984.

R. Sí, yo despegué con más fuerza en el 81, pero los años que más toreé fueron 82, 83 y 84. En 1984 estuve prácticamente en los primeros puestos del escalafón codeándome con figuras de la época como Capea, Ojeda, Manzanares, Paquirri y todos los grandes de aquel momento.

P. El otro día, releyendo una crónica de mi padre del Domingo de Resurrección de Madrid en 1982, él escribía que usted, por sus condiciones, estaba llamado a mandar en el toreo.

R. Su padre siempre me tuvo un gran cariño. Yo siempre me creí capaz de competir con cualquier torero y nunca me vine abajo con ninguno. Sin embargo, me faltó rematar las tardes clave en Madrid y Sevilla. En Sevilla no me embistieron bien los toros, pero en Madrid fallé con la espada cuatro o cinco toros muy buenos que hubiesen sido de Puerta Grande. Para mandar en el toreo hay que rematar en los momentos clave, y a mí se me escaparon, quizá por la presión.

P. Usted ha pasado por ser un torero poderoso, lidiador, y que además mató toros de todas las sangres. ¿Cuál era su secreto para afrontar esas corridas tan duras?

R. Mucha afición y dedicación. Yo descubrí que llevaba esa afición dentro. Me fijaba mucho en los vídeos de Domingo Ortega, Rafael Ortega, el maestro El Viti, Paco Camino, y especialmente en cómo se doblaba con los toros Roberto Domínguez, que era un lidiador increíble. Yo intentaba aplicar eso a mi estilo. Aunque esas corridas duras y grandes no te dejaban hacer un toreo relajado y puro, yo disfrutaba mucho cuando salía un toro bueno. Pero también me gustaba cuando salían toros complicados que «te pedían el carné de matador» y había que dominarlos. Recuerdo especialmente tres toros de Miura que me pidieron el carné: uno en Huesca, otro en Béziers (Francia) y otro en Pamplona. También el toro Topinero en Sevilla fue un toro de apuesta que me dio mucho. Y luego llegó la tarde de Bilbao con la de Miura donde corté tres orejas, lo que me ayudó a mantenerme en activo durante mis 20 años de carrera.

P. En 1988 los toros le pegaron fuerte tanto en Zaragoza como en Salamanca.

R. El que se viste de torero tiene que asumir que tarde o temprano va a cobrar. Yo llevaba casi cuatro años de matador de toros y, aunque me habían cogido de novillero, ningún toro me había calado. Estaba casi loco porque me pegaran una cornada para ver cómo iba a reaccionar y si saldría corriendo. Y entonces vino la cornada del 12 de octubre en Zaragoza, que fue un cornadón grande. La recuperación fue muy larga, pero al volver al campo me di cuenta de que no se me habían ido las ganas de ponerme delante ni los deseos de triunfar.

«Estaba casi loco porque me pegaran una cornada para ver cómo iba a reaccionar y si saldría corriendo».

P. ¿Cómo se gestionan psicológicamente las cornadas?

R. Sabiendo por qué te las han pegado. Para que un toro no te quite el sitio, es vital entender el motivo del percance. Si sabes que estás apostando en un sitio de peligro y te coge, te levantas con tranquilidad a esperar que te curen y vuelves a la guerra. Yo me mentalizaba así. Prácticamente me pegaban una cornada por temporada, casi siempre a finales de año (en septiembre u octubre), lo que me hacía menos mella que si ocurriera al principio de la temporada.

P. ¿Por qué decidió ser torero?

R. Yo me hice torero por mi madre. Ella quería una casa buena en Gerena, que construí exactamente como quiso, y eso me hizo feliz. Después de la casa, quise tener un Mercedes, luego una finca, y todo lo fui consiguiendo a base de lucha y sacrificio.

P. ¿No fue su madre la que dijo que los lances de una de sus primeras novilladas fueron los mejores de su vida?

R. Sí, de mi primera novillada sin caballos en El Bosque, cuando me vestí de luces por primera vez. Ella guardaba con un cariño extraordinario una foto de esa tarde del fotógrafo Bureau de Sevilla. En esa foto, la verónica era perfecta, muy parecida a una de Gitanillo de Triana. Mi madre confiaba mucho en mí, pero lo pasaba muy mal y nunca fue capaz de vernos torear en directo ni por televisión.

P. ¿Cree que el toreo y la vida le han sido nobles?

R. El toreo me ha tratado muy bien porque todo lo que conseguí fue gracias a él. Si me hubiera quedado en el campo, estaría cuidando ovejas o trabajando en el regadío del espárrago con el agua hasta las rodillas o mudando tubos, o en el sorgo en pleno agosto pasando un calor y una dureza tremendos. El toreo me permitió salir de allí. Lo más bonito para mí ha sido el reconocimiento de todos los profesionales, de la afición y de la prensa al retirarme. Es verdad que a lo mejor no invertí bien todo el dinero que gané, pero al final la vida es una lucha continua que no puede faltar.

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