De la moto eléctrica a icono de la literatura obrera: el repartidor de comida que ganó el mayor premio de poesía de China

Cuando el semáforo se pone en rojo, Wang Jibing detiene la moto eléctrica, se quita un guante y saca su segundo teléfono del bolsillo. El del trabajo lo tiene enganchado al manillar, con un mapa que marca el recorrido hasta el siguiente cliente y un cronómetro que le recuerda que cada minuto de retraso puede costarle una penalización. Aprovechando la parada, abre una aplicación de notas y comienza a dictar unos versos. Cuando el semáforo está en verde, continúa su camino llevando pedidos de comida en Kunshan, una ciudad industrial situada a las afueras de Shanghái. Por la noche, ya en casa, se sienta tranquilamente en su despacho para pulir aquellas notas de voz hasta convertirlas en poemas.

 Wang Jibing se ha convertido en nuevo símbolo del género tras ganar el prestigioso Premio Lu Xun  

Cuando el semáforo se pone en rojo, Wang Jibing detiene la moto eléctrica, se quita un guante y saca su segundo teléfono del bolsillo. El del trabajo lo tiene enganchado al manillar, con un mapa que marca el recorrido hasta el siguiente cliente y un cronómetro que le recuerda que cada minuto de retraso puede costarle una penalización. Aprovechando la parada, abre una aplicación de notas y comienza a dictar unos versos. Cuando el semáforo está en verde, continúa su camino llevando pedidos de comida en Kunshan, una ciudad industrial situada a las afueras de Shanghái. Por la noche, ya en casa, se sienta tranquilamente en su despacho para pulir aquellas notas de voz hasta convertirlas en poemas.

Durante años, esta ha sido la rutina de Wang. Gracias a ella, este repartidor de 56 años que abandonó la escuela siendo adolescente y se ganó la vida como albañil, chatarrero o recolector de basura conquistó en julio el Premio Lu Xun, el máximo galardón de poesía de China. El reconocimiento ha recaído sobre Volando bajo, un poemario en el que Wang habla de repartidores invisibles, de jornadas interminables y de la dignidad de quienes sostienen la vida cotidiana de las grandes ciudades. Uno de los versos que abre la obra pregunta: ¿Quién dice que extender las alas significa volar alto? Volar bajo también es volar. Una declaración de principios para un hombre que nunca dejó de mirar el mundo desde el asfalto.

Su vida dista mucho de la de los escritores habituales que frecuentan los elitistas círculos literarios de las grandes urbes chinas. Nacido en una familia campesina de la provincia de Jiangsu, abandonó los estudios por las dificultades económicas de su familia. Desde entonces fue encadenando oficios. Trabajó como albañil, operario en una draga de arena, recolector de basura y chatarrero junto a su esposa. En 2019, decidió ponerse el uniforme de repartidor.

Como escritor, comenzó de veinteañero a enviar relatos cortos a pequeñas revistas locales. Después llegó la poesía. Él mismo ha explicado en una entrevista que su vida era demasiado acelerada para escribir novelas. «Los poemas podían nacer en los pocos minutos de espera entre un pedido y otro». Así comenzó una rutina casi clandestina. Grababa versos en notas de voz en el móvil mientras esperaba un ascensor, que en el restaurante le entregaran la bolsa con el pedido o un semáforo en rojo. Más tarde daba forma en casa a esas líneas. Así presume de haber escrito más de 6.000 poemas.

Su primer gran éxito surgió precisamente de una mala jornada de trabajo. Un cliente introdujo una dirección equivocada. Wang tuvo que subir 18 plantas del edificio equivocado cargando con el pedido. La plataforma para la que trabaja además lo sancionó por el retraso y el destinatario puso una queja porque la comida llegó fría. Aquella mezcla de agotamiento e impotencia acabó convertida en el poema El hombre con prisa, cuyos versos comenzaron a circular por las redes sociales chinas hasta alcanzar decenas de millones de lecturas.

La gente con prisa no conoce las estaciones; solo la siguiente parada, escribe. En otra estrofa resume el vértigo cotidiano de los repartidores con una imagen demoledora: La gente con prisa le roba 61 minutos a cada hora.

Su poesía apenas utiliza metáforas rebuscadas ni citas refinadas de la cultura tradicional. Sus seguidores lo admiran por escribir con el lenguaje de la calle y construir los poemas a partir de escenas reconocibles: una caja de comida que se queda fría, una multa, el cansancio de las piernas tras subir escaleras o una conversación fugaz con un desconocido. Precisamente ahí reside buena parte de su fuerza. Wang convierte pequeños episodios cotidianos en una reflexión sobre el trabajo, la dignidad y la resistencia.

Tras recibir el Premio Lu Xun, que lleva el nombre del autor considerado el padre de la literatura moderna china, Wang explicó que su mayor deseo es que los lectores comprendan mejor a los repartidores y que existan menos conflictos entre ellos y los clientes. Pese al prestigio alcanzado, asegura que seguirá trabajando conduciendo su moto eléctrica: «Necesito seguir viviendo aquello sobre lo que escribo».

Su historia también refleja una transformación más amplia de la literatura china. Durante décadas, el prestigio cultural estuvo asociado a académicos o intelectuales vinculados a universidades y revistas especializadas. En los últimos años han irrumpido con fuerza autores procedentes de los márgenes: obreros, campesinos, repartidores, taxistas o trabajadores migrantes que narran la China del crecimiento económico desde abajo.

Los críticos chinos hablan ya de una nueva «literatura popular», una corriente que ha encontrado en las redes sociales un escaparate gigantesco y que conecta especialmente con una generación de lectores jóvenes cansada de los relatos grandilocuentes sobre el éxito económico del país.

El caso de Wang no es una excepción. En 2023, otro repartidor, Hu Anyan, convirtió en un éxito editorial su diario sobre la vida entregando paquetes por las calles de Pekín. Sus memorias, escritas con un estilo directo, mostraban la precariedad, la competencia feroz y la presión constante que viven quienes alimentan la gigantesca economía de plataformas china.

Se calcula que en la superpotencia asiática trabajan alrededor de 15 millones de repartidores. Entre ellos hay cada vez más titulados universitarios incapaces de encontrar empleos cua lificados en una economía que atraviesa dificultades para absorber a toda una generación de jóvenes licenciados. Para muchos, la moto eléctrica se ha convertido en el último refugio laboral.

Ese contexto explica por qué la poesía de Wang conecta con millones de lectores. Sus versos no hablan solo de un repartidor. Hablan de una parte de la sociedad china que rara vez ocupa el centro del relato oficial.

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