Tasmania suele aparecer en el imaginario colectivo como una isla remota al sur de Australia, un territorio de bosques, demonios marsupiales y carreteras solitarias. Todo eso existe. Pero también hay otra Tasmania: una isla que ha convertido el diseño en una forma de contar su identidad, que ha llevado la gastronomía de proximidad a la categoría de arte cotidiano y que ha transformado un pasado duro en una de las narrativas culturales más interesantes del hemisferio Sur.
Más información en la guía de Australia de Lonely Planet y en la web lonelyplanet.es.
La isla australiana ha transformado su duro pasado en una de las narrativas culturales más interesantes. Aquí se puede encontrar desde un viñedo convertido en un museo revolucionario hasta hoteles que ocupan antiguos almacenes industriales
Tasmania suele aparecer en el imaginario colectivo como una isla remota al sur de Australia, un territorio de bosques, demonios marsupiales y carreteras solitarias. Todo eso existe. Pero también hay otra Tasmania: una isla que ha convertido el diseño en una forma de contar su identidad, que ha llevado la gastronomía de proximidad a la categoría de arte cotidiano y que ha transformado un pasado duro en una de las narrativas culturales más interesantes del hemisferio Sur.
Durante años, esta gran isla situada más allá del paralelo 40 quedó al margen de los grandes itinerarios australianos. Sin embargo, hoy es un buen destino para los que buscan arquitectura contemporánea, gastronomía, diseño, arte y experiencias ligadas al paisaje. Aquí se puede encontrar, por ejemplo, un viñedo convertido en un museo revolucionario, un lugar donde las ostras se sirven prácticamente donde fueron cultivadas, hoteles que ocupan antiguos almacenes industriales restaurados y senderos que atraviesan paisajes que parecen intactos desde los tiempos de Gondwana. Más del 40% de su territorio está protegido y buena parte de sus ecosistemas se incluyen entre los mejor conservados del planeta. Esa combinación de creatividad contemporánea y naturaleza primordial es, precisamente, la gran sorpresa tasmana.
Separada del continente australiano por el estrecho de Bass, la isla conserva una personalidad propia forjada por el aislamiento. La historia de Tasmania no siempre fue amable. Durante décadas fue sinónimo de colonia penal británica. Entre 1803 y 1853 los británicos enviaron aquí a decenas de miles de convictos, mientras los pueblos aborígenes sufrían desplazamientos y persecuciones durante el periodo conocido como la Guerra Negra, a principios del siglo XIX.
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Pero Tasmania no ha escondido ese pasado, sino que lo ha incorporado a su relato contemporáneo. El mejor ejemplo es Port Arthur, el antiguo complejo penitenciario de la península de Tasman. Pasear entre las ruinas de arenisca, los cuidados jardines y los edificios de la prisión produce una sensación extraña. La belleza del entorno contrasta con la dureza de las historias que allí ocurrieron. La visita permite entender por qué el patrimonio histórico se ha convertido en una parte esencial de la identidad tasmana.

Esa misma capacidad de reinterpretación aparece en numerosas ciudades y pueblos. Richmond conserva el puente más antiguo de Australia todavía en uso. Launceston exhibe elegantes edificios coloniales. Hobart,la capital de este Estado insular, mezcla almacenes portuarios del siglo XIX con espacios culturales, galerías y restaurantes que podrían estar en Copenhague o Melbourne.
Lo que distingue hoy a Tasmania no es una lista de paisajes espectaculares sino su coherencia y la construcción de una identidad propia a partir de bosques ancestrales, bodegas frente al mar, mercados agrícolas, arte provocador y carreteras que conducen hasta algunos de los rincones más salvajes del planeta. El lugar que durante mucho tiempo fue un confín del planeta se ha convertido en un destino sofisticado y una de las grandes sorpresas del hemisferio Sur.
Hobart, donde el diseño cambió una ciudad
La transformación contemporánea de Tasmania tiene un punto de origen claro: el MONA, el Museum of Old and New Art de Hobart, una de las capitales más fotogénicas del mundo. Situado en Berriedale, a orillas del río Derwent, este museo creado por el coleccionista David Walsh se ha convertido en uno de los proyectos culturales más influyentes de Australia. Excavado parcialmente bajo tierra y conectado con Hobart mediante un ferri que ya forma parte de la experiencia, el MONA desafía todas las convenciones museísticas. No hay cartelas tradicionales, los recorridos son libres y las obras provocan emociones que van de la fascinación al desconcierto.

Pero lo importante no es solo el museo. El denominado “efecto MONA” ha impulsado hoteles, restaurantes, bodegas, festivales y nuevas empresas creativas. Hobart pasó de ser una tranquila capital periférica a convertirse en uno de los destinos culturales más interesantes de Oceanía.
La influencia del diseño se percibe por toda la ciudad. The El Henry Jones Art Hotel ocupa antiguos almacenes portuarios rehabilitados. El hotel MACq 01 convierte la historia local en experiencia narrativa. Los espacios públicos frente al agua combinan arquitectura contemporánea y patrimonio industrial. Y después está el Dark Mofo, el festival de invierno nacido bajo el paraguas del MONA, que cada junio tiñe la ciudad de rojo y la transforma en una instalación artística a gran escala.
Hobart no es una gran ciudad, pero en ello está parte de su encanto. Se despliega entre el río Derwent y las laderas boscosas del Kunanyi —conocido también como Mount Wellington—, una montaña que actúa como referencia visual desde prácticamente cualquier punto. Sus calles conservan almacenes georgianos convertidos en galerías, cafés independientes, librerías, pequeñas destilerías y restaurantes donde los cocineros mantienen una relación directa con agricultores, pescadores y ganaderos.
La revolución del kilómetro cero
Para entender Tasmania conviene madrugar. El domingo por la mañana, elFarm Gate Market de Hobart, en Bathurst Street, reúne agricultores, queseros, panaderos y pequeños productores que representan mejor que nadie la filosofía gastronómica local. No es un mercado concebido para turistas, sino un punto de encuentro donde los habitantes de la ciudad compran setas, panes artesanos, quesos, pasta fresca o verduras cultivadas a pocos kilómetros.
El mismo espíritu aparece los sábados en el Salamanca Market. Aunque mucho más grande y concurrido, sigue siendo una magnífica ventana a la creatividad local: artesanía, diseño, alimentos, bebidas y productos elaborados por pequeños productores.
En Tasmania la proximidad no es una moda reciente, sino una consecuencia lógica de la geografía. La insularidad obligó durante generaciones a desarrollar cadenas cortas de producción y hoy aquello se ha convertido en fortaleza. El concepto “farm to table” (de la granja a la mesa) no se vive como una estrategia de marketing sino como una consecuencia lógica del territorio.

Pocos destinos han construido una reputación gastronómica tan sólida a partir de la calidad de sus materias primas. En las cartas aparecen verduras recogidas esa misma mañana, mantequillas artesanas, panes de fermentación lenta y pescados cuya procedencia puede explicarse con precisión. Las aguas frías del entorno producen algunas de las mejores ostras del país. Los bosques, valles y montañas proporcionan lácteos, mieles, frutas y carnes de excelente calidad. Los cultivos de clima fresco favorecen variedades que en otras regiones australianas tendrían dificultades para prosperar.
La experiencia culinaria comienza muchas veces directamente en el origen. Cerca del aeropuerto de Hobart, Barilla Bay se ha convertido en una referencia para degustar ostras recién extraídas. En la costa este, Freycinet Marine Farm sirve ostras, mejillones y vieiras frente a los mismos paisajes donde se producen. En Bruny Island, Get Shucked permite probar ostras prácticamente sin intermediarios entre el mar y la mesa.
A ello se suma una destacada tradición quesera. Coal River Farm, en el valle del río Coal, elabora algunos de los productos más apreciados del Estado y Bruny Island Cheese Co.ha convertido una pequeña explotación artesanal en una parada imprescindible para los viajeros gastronómicos.
Vinos y whiskys australianos
Si existe un hilo conductor capaz de unir muchas regiones de Tasmania ese es el vino. Su clima fresco favorece especialmente variedades como pinot noir, riesling, chardonnay y sauvignon blanc. Las viñas crecen bajo la influencia constante del océano y las diferencias térmicas aportan una notable complejidad aromática.
La costa este concentra algunos de los paisajes vitivinícolas más bellos. El East Coast Wine Trailpermite recorrer bodegas rodeadas de playas, bahías protegidas y colinas cubiertas de viñedos. Lugares como Devil’s Corner, Freycinet Vineyard, Craigie Knowe o Spring Vale combinan degustaciones con algunas de las mejores vistas de Tasmania.
No menos interesante es el valle del Tamar, cerca de Launceston. Allí nombres como Tamar Ridge, Vélo Wines, Moores Hill o Small Wonder Wines han contribuido a consolidar la reputación internacional de la región.

Y además están los whiskys. Hace apenas unas décadas pocos habrían asociado Australia con este licor, pero Tasmania cambió esa percepción. Las condiciones climáticas, la calidad del agua y una generación de productores obsesionados con la excelencia dieron origen a una revolución. Destilerías como Sullivans Cove alcanzaron reconocimiento mundial al obtener algunos de los premios más prestigiosos del sector. Hoy el viajero encuentra destilerías por toda la isla. Algunas son pequeños proyectos familiares; otras combinan visitas, degustaciones y propuestas gastronómicas. En Bruny Island, House of Whisky reúne una destacada colección de referencias locales y enHobart y sus alrededores proliferan bares especializados donde descubrir la enorme diversidad del whisky tasmano.
Freycinet y la seducción de la costa este
Si hubiera que elegir una postal de Tasmania, probablemente sería Wineglass Bay, uno de los paisajes más fotografiados, en la costa oriental. La bahía, encajada entre montañas de granito rosado y aguas transparentes, figura regularmente entre las playas más espectaculares del mundo y el mirador que domina la ensenada es una caminata casi obligatoria para cualquier visitante.
Pero reducir Freycinet a una sola vista sería injusto. El parque nacional es un mosaico de calas, playas, rutas costeras y formaciones graníticas donde la luz cambia constantemente. La cercana bahía de Honeymoon,la playa de Hazards o los senderos del cabo Tourville ofrecen alternativas menos concurridas.

Más al norte, Bichenoconserva una atmósfera relajada donde conviven pescadores, surfistas y viajeros. Al atardecer, pueden observarse pingüinos enanos regresando a tierra, mientras las destilerías y bares especializados empiezan a ampliar la oferta gastronómica de la localidad. Un buen plan puede ser dedicar varios días a recorrer la costa este enlazando la península de Tasman, Maria Island, Freycinet, Bicheno, St Helens y los viñedos del noreste, combinando senderismo, ciclismo, bodegas y pequeñas localidades costeras.
Bruny Island, la isla dentro de la isla
Pocos lugares ilustran mejor la idea de cocina de proximidad que Bruny Island. Tras un breve trayecto en ferri desde Kettering, se llega a un mundo de carreteras tranquilas, playas casi vacías y productores artesanales. Ostras, quesos, miel, vino, cerveza y whisky forman parte de un recorrido gastronómico que parece diseñado para desacelerar.

El istmo conocido comoThe Neckofrece una de las vistas más emblemáticas del Estado. Más al sur surgen acantilados, bosques y el histórico faro de Cape Bruny. Al caer la tarde, pueden verse pingüinos regresando a sus madrigueras mientras el océano adquiere tonos metálicos. Bruny no tiene grandes monumentos y su atractivo reside precisamente en la combinación de paisaje, producción local y sensación de aislamiento.

La naturaleza como obra maestra
Pero los viajeros que llegan a Tasmania buscan sobre todo naturaleza. Los bosques templados del suroeste conservan ecosistemas que descienden directamente de los antiguos territorios de Gondwana. Las montañas, lagos y valles muestran una diversidad extraordinaria para una isla relativamente pequeña.
En el Cradle Mountain-Lake St Clair National Park se encuentran algunos de los paisajes más icónicos del país. El monte Cradle se refleja en las aguas del lago Dove mientras wombats y ualabíes aparecen entre la vegetación alpina. El célebre Overland Track, de 65 kilómetros, atraviesa zonas de montaña, bosques y humedales considerados entre los mejores entornos de senderismo de Australia.

Más remota aún resulta la región de Takayna/Tarkine, uno de los mayores bosques templados húmedos del planeta. Aquí sobreviven helechos gigantes, árboles milenarios y ríos prácticamente intactos. Durante décadas este territorio fue escenario de intensos conflictos ambientales frente a proyectos mineros y madereros, pero precisamente la protección de estos paisajes transformó profundamente la conciencia ambiental del país. Hoy, la presencia humana en Takayna parece anecdótica frente a la inmensidad de los árboles, los ríos oscuros y las playas azotadas por los vientos del sur.

Launceston, capital gastronómica
Mientras Hobart ejerce de capital cultural, Launceston se ha consolidado como referencia culinaria. La Unesco la reconoció como Ciudad de la Gastronomía en 2021, un título que refleja décadas de trabajo de agricultores, productores, cocineros y viticultores de la región.
El mercado Harvest resume esa filosofía: cada sábado reúne a productores de vino, sidra, miel, quesos, panes y verduras cultivadas en los alrededores. Muy cerca, restaurantes como Stillwater han demostrado que la alta cocina puede construirse a partir de ingredientes profundamente locales.

Y a pocos minutos del centro, el espectacular desfiladero de Cataract recuerda que, en Tasmania, incluso las ciudades permanecen conectadas con la naturaleza.
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