Gunilla von Bismarck (Friedrichsruh, Alemania, 1949) cree en el cambio climático. “Este año ha sido demasiado…”, expresaba este lunes con su característico acento germánico al otro lado del teléfono. Hablaba desde su casa de Suiza, donde pasa los inviernos, y a la que ha regresado antes de lo previsto. “Aunque aquí también sigue haciendo calor… ¡es en todas partes!”. Esta conversación de ascensor tiene un valor especial cuando la que habla del tiempo es la incombustible reina del estío español, representante máxima en España de eso que el periodista de sociedad Igor Cassini bautizó como jet set por ser un grupo social capaz de coger aviones todo el año a lo largo y ancho del mundo en busca del verano eterno.
La bisnieta del canciller que unificó Alemania, icono eterno del verano español, afronta su viudedad con vitalismo y melancolía
Gunilla von Bismarck (Friedrichsruh, Alemania, 1949) cree en el cambio climático. “Este año ha sido demasiado…”, expresaba este lunes con su característico acento germánico al otro lado del teléfono. Hablaba desde su casa de Suiza, donde pasa los inviernos, y a la que ha regresado antes de lo previsto. “Aunque aquí también sigue haciendo calor… ¡es en todas partes!”. Esta conversación de ascensor tiene un valor especial cuando la que habla del tiempo es la incombustible reina del estío español, representante máxima en España de eso que el periodista de sociedad Igor Cassini bautizó como jet set por ser un grupo social capaz de coger aviones todo el año a lo largo y ancho del mundo en busca del verano eterno.
Su madre, la socialité de origen sueco Ann Mari-Tengbom, llegó a Marbella en los años sesenta en busca de un clima benigno a las orillas de un mar en el que poner a remojo una pierna rota que no acababa de soldar. Gunilla, a sus 76 años, escapa del calor. Entonces era una niña de 10. Recuerda perfectamente aquel paisaje de olivos en el que aún no existían las palmeras ni muchísimo menos urbanizaciones o campos de golf. “Había un motel con cuatro casas y habitaciones muy primitivas, con apenas una cama y un sofá”, dice, como recitando de memoria una historia que ya ha contado cientos de veces.
Aquella finca y sus aledaños son el suelo sobre el que se asentó el Marbella Club, una suerte de pueblo andaluz transido de exuberantes jardines creado por un príncipe austrohúngaro (e ingeniero agrónomo) amigo de la familia, Maximilian de Hohenlohe. Precisamente en el Marbella Club nos convocó a finales de julio para nuestra primera conversación, que finalmente fue igualmente por teléfono debido a un imprevisto. Un día antes su casa albergaba una fiesta con más de 30 invitados (aunque, según ella, “la cantidad perfecta son 60”) con la excusa de los partidos de la selección en el Mundial. “A mí me gusta más ser anfitriona que invitada porque sé exactamente lo que tengo que poner para comer. Por ejemplo, estos días, como vienen muchos niños, pues tortilla, albóndigas, guacamole…”. Esta periodista, con un ingenuo papanatismo de clase media, repuso: “Cosas fáciles de recoger…”. A lo que ella matizó: “Yo no cocino ni recojo. Yo como y si se gana el partido… ¡a la piscina!”.
Precisamente junto a la piscina del Marbella Club conoció a Luis Ortiz, otra de las grandes leyendas de la jarana glamurosa, esa que, según Gunilla, ya no existe: “Fue en la champagne room. Sus amigos le habían hablado de mí y a mí de él. Él no sabía ni una palabra de inglés y yo muy poco español, pero hablamos con los ojos”. Se casaron en octubre de 1978, se separaron en 1989.

“La causa fue que él bebía mucho y tomaba muchas drogas y yo no, lo que creaba una distancia clara entre nosotros. Volvía a casa a las diez de la mañana, yo estaba siempre preocupada, buscándole. Me prometió dejarlas o al menos la mayoría y después de tres años nos reunimos”. En este tiempo fue ella quien abandonó la espectacular mansión en la que vivían, Villa Sagitario. “Me marché a Brasil”, explica misteriosa. ¿Hubo otro hombre? “Yo le dejé pero no para irme con otro, porque, sinceramente, no había otro como él. Era un cachondo, divertidísimo, único”, enumera con ternura. ¿Funcionó la separación? “Cien por cien no cambió, porque de hecho, fumar fue lo que le acabó matando, pero sí mejoró”.
Gunilla von Bismarck asegura que “Marbella ya no es tan segura como era. Mis amigos han vivido varios asaltos” y que las fiestas han cambiado mucho: “Antes éramos menos y todo era más íntimo. También nos gustaba hacerlo más bonito, nos vestíamos maravillosamente. Y no había redes, aunque yo tenía un fotógrafo oficial”. Ya no reside en aquella casa que tantas veces mostró a la prensa del corazón: “Desde que se fue Luis se me hacía demasiado grande”, explica obviando que estaba a la venta mucho antes del triste deceso, en septiembre de 2024. Quizá porque, como dijo varias veces a lo largo de nuestra conversación, no le gusta hablar de problemas y mucho menos de dinero. De hecho, le ofende ligeramente que le pregunten si es pesetera: “Obviamente miro el gasto, sobre todo porque siempre hay alguien a quien ayudar, pero ahora mismo estoy tranquila financieramente. No hay nubes en el horizonte”.
Este verano ha vuelto a uno de sus autores favoritos, Frederick Forsyth, aunque también le gusta la novela histórica y leer sobre su bisabuelo, el canciller Otto von Bismarck: “La mayor lección que nos dejó es que no hay que atacar a Rusia”. Aunque no quiere meterse en política, se atreve a opinar sobre Europa: “Veo España mucho mejor que Alemania”. Y sobre el futuro del mundo: “Por el momento no vienen buenos tiempos, porque con Trump nunca se sabe qué va a pasar”. Aún así, su balance es que ha sido un buen verano en el que ha dejado pasar las horas jugando al ping pong en Villa Vanessa (“más pequeña, pero más cómoda”) con sus dos nietos de 12 y 14 años: “Salieron a su abuelo en que tienen mucho sentido del humor, pero son muy deportistas y aún no están en edad de ir de fiesta”. Eso sí: ha echado de menos a Luis más que nunca. “En Marbella todo el mundo le menciona y eso lo aviva todo”. Aunque hable desde Suiza, se percibe la tristeza.
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