Adiós lavanda, hola girasoles: un viaje por Burgos cuando en agosto cambia de color

En agosto, Burgos cambia el perfume por la luz. Al recorrer los campos de la provincia por carreteras secundarias y caminos, el viajero aprecia una muda de color: la lavanda que en julio pinta hectáreas de morado deja paso a los girasoles, que colorean de amarillo vastas extensiones de La Bureba y algunos paisajes de la Ribera del Duero.

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 Cuando los tonos morados desaparecen de los campos, el amarillo toma el relevo en la comarca de La Bureba o la Ribera del Duero, con Briviesca, Poza de la Sal y Caleruega como paradas principales para descubrir el patrimonio burgalés  

En agosto, Burgos cambia el perfume por la luz. Al recorrer los campos de la provincia por carreteras secundarias y caminos, el viajero aprecia una muda de color: la lavanda que en julio pinta hectáreas de morado deja paso a los girasoles, que colorean de amarillo vastas extensiones de La Bureba y algunos paisajes de la Ribera del Duero.

Quien quiera rodearse de miles de girasoles —esas flores que Van Gogh volvió universales— debe acudir durante esta época del año a La Bureba. Allí los girasoles aparecen a los lados de las carreteras, y se convierten en uno de los grandes protagonistas del paisaje durante unas semanas. Caminar junto a los campos en su momento más vigoroso puede justificar por sí solo la visita a esta comarca y sus pueblos.

El mejor punto de partida para entender el paisaje estival de esta comarca burgalesa, que, además, fue de las primeras en adquirir personalidad dentro del condado castellano, es la localidad de Briviesca. En esta época del año los girasoles se muestran en su máximo esplendor y embellecen aún más al pueblo. Briviesca invita a detenerse y mirar los campos más allá de su condición de cultivo. La iniciativa Girasoles con Arte, puesta en marcha en 2024, combina el patrimonio urbano de Briviesca y el paisaje agrícola mediante dos trazados sencillos: uno de 1,63 kilómetros y otro de 2,67 kilómetros.

Quienes deseen conocer más a fondo el ambiente local en torno a los girasoles pueden combinar paseos junto a ese paisaje efímero con una visita más detenida por el pueblo. La propuesta puede realizarse en medio día, y se puede iniciar con una etapa más urbana. Esta se desarrolla a lo largo de distintos puntos de interés de la localidad conocida como La Bien Trazada, por su plano ortogonal con forma de tablero de ajedrez. Comienza en la plaza Mayor, el punto desde el que la localidad muestra su trazado rectilíneo. En el centro se levanta un templete musical de estilo modernista construido en 1909. La siguiente parada está a escasos metros, en la excolegiata de Santa María la Mayor, iniciada en el siglo XIV y reformada en el siglo XVIII. La ruta continúa hacia el monasterio de Santa Clara, cuyo interior alberga un retablo de más de 20 metros de altura, tallado en madera de nogal y singular por carecer de policromía. La ausencia de color permite apreciar la minuciosidad de la talla, que bajo una capa de policromía podría haberse relegado a un segundo plano. Esa falta de acabado, atribuida a problemas económicos, terminó por convertirse en una de sus particularidades más reconocibles.

Pero el encanto del girasol en La Bureba no se queda solo en Briviesca. El viaje continúa hacia Poza de la Sal, un recorrido que lleva al viajero a través de extensas hectáreas doradas cercanas a los pueblos de Quintanabureba y Llano de Bureba. En Poza de la Sal, el amarillo del verano encuentra un contrapunto mineral e histórico: una villa encaramada al borde de la llanura, con el castillo de los Rojas en lo alto y las antiguas salinas hundidas en el diapiro que dio nombre al pueblo. Conocida también como el Balcón de la Bureba, permite una vista amplia sobre la llanura de la comarca antes de volver a la carretera.

Al sur de la provincia, el amarillo cambia de compañía. Mientras que en La Bureba crece junto a cereales y llanuras, en la Ribera florece entre viñas y el recuerdo reciente de la lavanda. Después de la siega, la lavanda permanece en aceites esenciales, aguas florales, jabones, perfumes y otros productos elaborados en la zona. Así, Caleruega y Cilleruelo de Arriba han empezado a construir en el sur burgalés una pequeña cultura alrededor de esta planta.

Quien se acerque a Caleruega para seguir el rastro dorado en los terrenos que circundan al pueblo entrará también en un lugar que no se entiende sin su más ilustre personaje: Santo Domingo de Guzmán, patrón provincial. Al llegar al casco urbano, el Torreón de los Guzmanes se yergue con 17 metros de altura desde época medieval sobre el resto de la arquitectura local. Le acompaña el Real Monasterio de Santo Domingo de Guzmán, fundado en 1266 por mandato del rey Alfonso X el Sabio, que en su interior alberga un claustro gótico y el Pocito de Santo Domingo, donde la tradición sitúa el nacimiento del santo y al que se atribuyen propiedades milagrosas. En lo alto del casco urbano, la iglesia de San Sebastián, de piedra románica, vigila la plaza mayor del pueblo desde el siglo XII. De esta parroquia procede la pila donde fue bautizado Santo Domingo, trasladada fuera de Caleruega y utilizada en bautizos de miembros de la Casa Real española desde 1605.

Quien quiera detenerse más tiempo en la zona encontrará, además de los campos de girasoles que acompañan algunas carreteras de acceso, otros puntos de interés. El Sendero de las Loberas, de 10,2 kilómetros, permite acercarse a esas construcciones circulares de piedra que servían para resguardar el ganado de los lobos. En el entorno de Caleruega también aparecen otros vestigios, como los yacimientos arqueológicos de San Mamés y La Pudia o la Bodega de Alfonso VIII, vinculada al despoblado de San Martín de Bañuelos.

La ruta en busca de más hectáreas doradas por el sur de Burgos puede prolongarse por la Ribera hacia el pueblo vecino de Baños de Valdearados. Allí, la Villa Romana de Santa Cruz recuerda la huella de Roma en el territorio, mientras que a finales de agosto la fiesta en honor a Baco, dios romano del vino, llena el pueblo de togas, desfiles, mercado y vino de la Ribera (este año se celebra el 22 y 23 de agosto).

Otra parada cercana es Villanueva de Gumiel, que permite prolongar esa continuación amarilla del verano por los campos de la Ribera. En sus calles se aprecian las fachadas de las casas antiguas, con una arquitectura caracterizada por plantas bajas de mampostería de piedra y plantas altas de entramado de madera y adobe. La iglesia de San Mamés, del siglo XVII, se diferencia de otras formas tradicionales al estructurarse en dos naves simétricas con ocho arcos cruzados y un valioso retablo del siglo XVI.

Recorrer con calma estos pueblos burgaleses permite disfrutar de un manto dorado que parece no agotarse desde la carretera. En estas tierras, la floración suele regalar sus mejores imágenes entre finales de julio y agosto. Y a quienes busquen mejores fotos suele convenirles acercarse al amanecer, momento en el que los rayos de sol iluminan de frente las cabezas maduras que miran hacia el este.

Como en toda floración agrícola, el estado de cada parcela cambia según la siembra, el calor y el momento de cosecha, por lo que conviene consultar con las oficinas de turismo antes de emprender la ruta. Y, sobre todo, conviene recordar algo crucial: estos campos no existen para la foto, son cultivos en activo. Hay que respetar todas las flores para que el siguiente visitante pueda admirar los campos de esta Castilla con la misma belleza.

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