Prometido el cielo: La emigración dentro de la emigración en un drama acogedor, duro y bello (****)

Las gafas de romper estereotipos (que existen) son como las de los eclipses. No hay forma de ver nada con ellas hasta que, de repente, una luz demasiado intensa las quiebra. Y ya solo se puede ver gracias a ellas. Prometido el cielo, de la directora tunecina Erige Sehiri, no queda claro si es ese artilugio (las gafas) que nos permite contemplar un fenómeno demasiado cegador o el eclipse en sí mismo, pero el caso es que gracias a la película vemos donde antes o era imposible mirar o estaba demasiado oculto para apreciarlo. Y hasta aquí la metáfora, que se descontrola. Lo cierto es que, en nuestra comodidad asustadiza de europeos cargados de razón, estábamos convencidos de que la emigración es un asunto político, social y, sobre todo, humano que solo incumbe a países privilegiados, de un lado, y a humillados, del otro. Pues bien, no es así, nos viene a decir Prometido el cielo. El privilegio y la humillación tienen grados y casi todos (incluso los más puros de los puros), en determinadas circunstancias, podemos llegar a ser privilegiados y humillados a la vez o por turnos.

 La directora tunecina Erige Sehiri retrata un fragmento en la vida de tres mujeres emigrantes tan poderoso y agudo como cálido y conmovedor  

Las gafas de romper estereotipos (que existen) son como las de los eclipses. No hay forma de ver nada con ellas hasta que, de repente, una luz demasiado intensa las quiebra. Y ya solo se puede ver gracias a ellas. Prometido el cielo, de la directora tunecina Erige Sehiri, no queda claro si es ese artilugio (las gafas) que nos permite contemplar un fenómeno demasiado cegador o el eclipse en sí mismo, pero el caso es que gracias a la película vemos donde antes o era imposible mirar o estaba demasiado oculto para apreciarlo. Y hasta aquí la metáfora, que se descontrola. Lo cierto es que, en nuestra comodidad asustadiza de europeos cargados de razón, estábamos convencidos de que la emigración es un asunto político, social y, sobre todo, humano que solo incumbe a países privilegiados, de un lado, y a humillados, del otro. Pues bien, no es así, nos viene a decir Prometido el cielo. El privilegio y la humillación tienen grados y casi todos (incluso los más puros de los puros), en determinadas circunstancias, podemos llegar a ser privilegiados y humillados a la vez o por turnos.

La película cuenta la historia de tres mujeres emigrantes en Túnez. Las tres provienen de Costa de Marfil. Una es periodista y a la vez líder de la comunidad como cabeza visible de una especie de culto o religión que, básicamente, se dedica a ayudar a la gente que lo necesita; la otra es estudiante, y la tercera hace lo que puede por sobrevivir lejos de su país y, lo peor, lejos de la hija que dejó tras de sí. De repente, la emigración es distinta, pero el dolor exactamente igual. Cambia el panorama, pero el sufrimiento se mantiene idéntico. Un buen día, las tres se ven en el dilema de qué hacer con una niña que ha llegado a sus brazos sin saber muy bien cómo: ¿la entregan a las autoridades o, simplemente, siguen adelante? Mientras, el ambiente a su alrededor se enrarece o, mejor, se pudre. El racismo, ya se sabe, es lo único que realmente no conoce fronteras. Con estos elementos, la que debutara en la dirección con el prodigio Entre las higueras insiste en las claves de un cine transparente tan poderoso y perspicaz como cálido y conmovedor.

La película se abre con una secuencia de una sencillez casi milagrosa. Las tres mujeres bañan a la niña. Entre jabones, agua y espumas, preguntan, juegan y reflexionan. Sorprende la naturalidad de todo. Sorprende la claridad, la viveza, la sinceridad. Todo discurre sin que en verdad discurra, todo pasa sin que pase nada. Desde ahí el drama se complica en un trenzado preciso de las cuitas de cada una de ellas. Una se debate entre burocracias y negativas. Otra pelea para que la dejen seguir con sus estudios. Y la última vive fracturada por dentro por no poder vivir con lo único que le importa, su hija, y que la recién llegada tanto le recuerda. Sehiri consigue que miremos donde siempre, pero de otra manera. Consigue que miremos realmente. Quizá, contra la metáfora cargante del principio, lo que logra Prometido el cielo es algo tan elemental como que nos quitemos las gafas, las de los prejuicios, las de la estupidez, las de la más elemental crueldad. Y así.

Dirección: Erige Sehiri. Intérpretes: Aïssa Maiga, Laetitia Ky, Déborah Lobe Naney. Duración: 92 minutos. Nacionalidad: Túnez.

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