Insidious: Fuera del más allá: Confundir sustos con bostezos (**)

No siempre está clara la diferencia entre un susto y un bostezo. En los dos casos se trata de mecanismos de defensa de nuestro organismo. Son acciones autónomas y no controladas que nos ponen en posición de alerta o nos previenen del despiste, la modorra o el sueño inminente. La idea es que no nos coma el tigre. Se podría alegar que la motivación es distinta en un caso y otro, pero en verdad no tiene mucho sentido hablar de causa o motivo cuando se trata de reacciones inconscientes. Y, sin embargo, es justo admitir que ningún creador en su sano juicio confecciona una obra para aburrir mortalmente a su audiencia (la verdad es que se nos acaban de ocurrir dos, pero no vamos a hacer sangre) y sí los hay que disfrutan y nos hacen disfrutar dándonos sustos. Con lo que, y pese a todo lo anterior, no queda otra que admitir que hay diferencia. La muy rentable saga Insidious, toda ella con sus altos y sus muy bajos, lo sabe perfectamente. Desde su debut en 2010, James Wan tuvo claro que un buen espasmo es la puerta tanto a otros mundos como a la posibilidad misma de reescribir las reglas del género.

 Alérgica a cualquier amago de novedad, la nueva entrega de la saga se arroja a un festival de clichés, repeticiones, frases hechas y traumas infantiles  

No siempre está clara la diferencia entre un susto y un bostezo. En los dos casos se trata de mecanismos de defensa de nuestro organismo. Son acciones autónomas y no controladas que nos ponen en posición de alerta o nos previenen del despiste, la modorra o el sueño inminente. La idea es que no nos coma el tigre. Se podría alegar que la motivación es distinta en un caso y otro, pero en verdad no tiene mucho sentido hablar de causa o motivo cuando se trata de reacciones inconscientes. Y, sin embargo, es justo admitir que ningún creador en su sano juicio confecciona una obra para aburrir mortalmente a su audiencia (la verdad es que se nos acaban de ocurrir dos, pero no vamos a hacer sangre) y sí los hay que disfrutan y nos hacen disfrutar dándonos sustos. Con lo que, y pese a todo lo anterior, no queda otra que admitir que hay diferencia. La muy rentable saga Insidious, toda ella con sus altos y sus muy bajos, lo sabe perfectamente. Desde su debut en 2010, James Wan tuvo claro que un buen espasmo es la puerta tanto a otros mundos como a la posibilidad misma de reescribir las reglas del género.

Por todo ello, sorprende tanto la última entrega, Fuera del más allá. Y sorprende por su nula o muy escasa capacidad de sorpresa. Jacob Chase, su director, imagina la posibilidad de refundar la saga desde sus cimientos en la que es su sexta entrega. Cambian ligeramente las reglas, pero se mantiene lo mollar: la tensión siempre a un segundo de la crisis migratoria entre las almas en pena del purgatorio y el mundo terrenal desalmado. (Por cierto, ¿no se parece esto demasiado a los muros de Trump y cía? No me hagan caso. Quizá veo política por todos lados). La nueva aventura sucede poco después de lo ocurrido en La puerta roja (2023), aunque con nuevos protagonistas. En este caso, una madre (Amelia Eve) y una hija (Island Austin), con la inestimable ayuda del espíritu errante encarnado por la insustituible y ya casi mito Lin Shaye, son las encargadas de evitar la invasión de muertos ‘muertientes‘. De por medio, por aquello de dar respetabilidad a la cosa, el trauma familiar que nunca debe faltar en un suburbio estadounidense que se precie de serlo.

El problema es que en su afán de presentar algo nuevo, Insidious: Fuera del más allá se queda en terreno de nadie. Ni repite la fórmula de siempre de manera consciente por aquello de convertir su película en rito, en eucaristía para entregados; ni ofrece el giro radical que, quizá y a estas alturas, merecería el asunto. Por momentos, la película se parece demasiado a Backrooms (la escena del sofá que, por cierto, es de lo mejor); a ratos se acerca a las fantasías carnales del mismo Cronenberg con unas cuantas secuencias de dentistas que siempre, pero siempre, dan mucho repelús; cuando se despista uno cree estar delante de un capítulo perdido de la serie From, y, si ya no hay más remedio, se vuelve al original que es la forma más efectiva de no equivocarse. La puesta en escena está siempre tan pendiente del sobresalto que contradice el plan original de dar empaque y sentido a los personajes. Y así donde debería haber susto acaba por haber bostezo, que, aunque respondan al mismo mecanismo inconsciente de protección, no son lo mismo. Lo diga Wan o Antonioni.

Director: Jacob Chase. Intérpretes: Amelia Eve, Island Austin, Lin Shaye. Duración: 106 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

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