Camino de las diez de la noche, la afición malagueña balanceaba sobre los hombros de su entusiasmo a Saúl Jiménez Fortes, con su hijo pequeño entre los brazos. Fortes había tapado con su importancia, su entrega y la categoría de su toreo una corrida de Núñez del Cuvillo que nunca la tuvo. Ni por fuera -una feota escalera- ni por dentro -sin clase ni bravura-. Confundir fealdad con seriedad es un error.
El malagueño sale por la puerta grande a hombros del entusiasmo de la afición tras imponerse a una decepcionante escalera de Cuvillo; buena tarde de Morante, cogido y sin triunfo
Camino de las diez de la noche, la afición malagueña balanceaba sobre los hombros de su entusiasmo a Saúl Jiménez Fortes, con su hijo pequeño entre los brazos. Fortes había tapado con su importancia, su entrega y la categoría de su toreo una corrida de Núñez del Cuvillo que nunca la tuvo. Ni por fuera -una feota escalera- ni por dentro -sin clase ni bravura-. Confundir fealdad con seriedad es un error.
Morante de la Puebla se mostró gigante, como todo este 2026, sin el refrendo del triunfo. La peor noticia fue sentirle quejoso y renqueante tras un duro volteretón. Urdiales por su parte bailó, para no variar, con los más feos de la cuvillada. Que decepcionó ante tanta expectación y el primer «No hay billetes» de la Feria de Málaga.
A las 19.22, Morante de la Puebla cobraba un seco volteretón confiarse en la cara del toro cuando remataba de la serie. O, mejor dicho, al salir sin irse de la cara del toro. Quedó a merced, tendido en el ruedo, durante unos instantes eternos, con los respetables pitones del Cuvillo revoloteando como cuervos de mal agüero. Se levantó el maestro íntegro y enrazado para provocar, con la muleta en su izquierda, al toro que se dormía, precisamente, en lo que le sobraba al torero: raza. Esa falta de empuje la había marcado desde el principio, sin ser mala gente en su contado pod, pero más de tres no tenía por tanda en sus momentos más espléndidos. Morante dibujó un prólogo de doblones con sabor que desembocaron en un pase de la firma señorial y un cambio de mano soberano, un manojo de naturales a pulso y un puñado de derechazos sobre el eje de su empaque. La voltereta partió la asentada faena y dividió esa segunda parte más arrebatada, provocando la arrancada, ya digo, incluso con un zapatillazo. Enterró una estocada pasada, momento en el que el presidente decidió, tan puntual como inoportuno, enviar un aviso. Luego, ya no volvió a asomar el pañuelo pese a la considerable petición y los méritos contraídos. MdlP saludó, dolorido, una cerrada ovación.
Saltó la corrida de pronto de aquel primer toro de irreprochable trapío, con su apretado morrillo y su cabeza, a uno menor, recortado y, además, sin ritmo y con ningún estilo, embistiendo por el palillo, desfondado finalmente antes de hora. A las 19.43, Diego Urdiales cinceló un trincherazo y lo demás fue aguante.
Saúl Jiménez Fortes había lucido un capote de paseo de Antonio Ordóñez como homenaje a su figura en este año de su 75 aniversario de alternativa. Una pieza llamativamente hermosa, una reliquia del dios de Ronda. Las palabras de Fortes destellaron como los brillos dorados del capote, el oro viejo de la historia posado sobre sus hombros. Y lo cierto es que honró la memoria del maestro una verdad rondeña. Aquel cuvillo altón, largo y desgarbado, de carita sesentera sólo contaba con un buen embroque en su movimiento de escape, y con eso armó Fortes su homenaje. Desde la apertura de rodillas al cierre por manoletinas, los pases de pecho fueron monumentales.
La derecha fue el cimiento, tan ceñida, en ese instante de verdad que tenía el toro antes de desentenderse. El viento molestó enormemente, enredando su izquierda, allí en los medios, antes de bascular hacia la querencia, donde un par de extraordinarios doblones firmaron el penúltimo capítulo. No atacó el volapié con la misma fe con la que sostuvo la faena: un pinchazo y media estocada. A las 20.23, con el empuje de su Málaga, paseaba la oreja.
A las 20.26 saltó el único cinqueño pero con su armonía dentro de la desigual corrida de Núñez del Cuvillo, una escalera a la postre. Un minuto después, Morante levantaba un monumento a la verónica con un solo lance, una barbaridad. Apuntó fijeza, una bondad tan cierta como su punto caminador, ese punto de venirse andando que el maestro encajó con su valor de plomo. No tiraba el cuvillo hacia delante de su buena humillación. MdlP cuajó series por una y otra mano, especialmente por la izquierda, descomunales. Más ajustado imposible, más despacio tampoco. Perdió la muleta cuando se la pisó, pero nunca la armonía ni el querer, el sitio y la generosidad. Quedó la dimensión de lo que es por encima del toro. Media estocada, un descabello, una ovación.
No sólo era feísimo el quinto, sino también descoordinado. Y un cabrón de desabridas formas. Insisto: confundir fealdad con seriedad es un error. Diego Urdiales, fiel a su mal bajío, sorteó lo peor de lo peor. Tragó demasiado con aquellos derrotes y ese movimiento desacompasado, horrible. Lo pudo coger varias veces. No se dejó nada en el tintero y tumbó a la bestia de un espadazo como un puñetazo.
A las 21.15, Fortes brindó a Morante la muerte del sexto. Y estuvo a la altura de tal ofrenda. Consintió el infinito a un toro que nunca se entregó, pero se movió y repuso. La entrega corrió a cargo del torero malagueño. Que acabó por ordenarlo y meterlo en el canasto. El bajonazo último desdijo la importancia de la faena y, por tanto, las dos orejas fueron del todo desproporcionadas. Como la puerta grande. Por ella salió Saúl con su hijo y el capote de Ordóñez.
Plaza de la Malagueta. Jueves, 20 de agosto de 2026. Octava de feria. Lleno de «No hay billetes». Toros de Núñez del Cuvillo, un cinqueño (4º); muy desiguales, una escalera feota; sin bravura ni clase; los peores fueron 2º y 5º; sin maldad pero sin empuje 1º y 4º; 3º y 6º se movieron mucho.
Morante de la Puebla,de canela e hilo blanco. Estocada pasada. Aviso (petición y saludos); media
Diego Urdiales, de negro y oro. Pinchazo y estocada (saludos); estocada honda (saludos).
Jiménez Fortes, de corinto y oro. Pinchazo y media estocada (oreja); bajonazo (dos orejas). Salió a hombros.
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