Hay estuarios grandes, estuarios muy grandes y luego está el estuario del Tajo, en cuyas riberas viven 2,8 millones de personas, la cuarta parte de la población portuguesa, incluida la de Lisboa. Es un auténtico mar, el Mar da Palha, de la Paja. Dicen que se llama así por los rastrojos que el viento y las corrientes arrastran desde las lezírias ribatejanas, las fértiles llanuras aluviales que el Tajo inunda periódicamente. Miguel Ferrera, patrón que recorre todos los días el último tramo desde el muelle lisboeta de Belém con los veleros de Palmayatchs, les cuenta a los pasajeros otra versión: antiguamente, las naos se desprendían al llegar a Lisboa de la paja que habían usado durante sus navegaciones oceánicas para proteger la porcelana china y otros objetos delicados, para controlar la humedad, para evitar que rodaran los barriles y para alimentar al ganado que iba a bordo. Si esto no es verdad, está bien contado.
A solo media hora de la capital de Portugal, en la otra orilla del mar de la Paja, se descubre un paisaje inaudito de arrozales, salinas y marismas rebosantes de aves donde navegan centenarios barcos de madera pintados de alegres colores
Hay estuarios grandes, estuarios muy grandes y luego está el estuario del Tajo, en cuyas riberas viven 2,8 millones de personas, la cuarta parte de la población portuguesa, incluida la de Lisboa. Es un auténtico mar, el Mar da Palha, de la Paja. Dicen que se llama así por los rastrojos que el viento y las corrientes arrastran desde las lezírias ribatejanas, las fértiles llanuras aluviales que el Tajo inunda periódicamente. Miguel Ferrera, patrón que recorre todos los días el último tramo desde el muelle lisboeta de Belém con los veleros de Palmayatchs, les cuenta a los pasajeros otra versión: antiguamente, las naos se desprendían al llegar a Lisboa de la paja que habían usado durante sus navegaciones oceánicas para proteger la porcelana china y otros objetos delicados, para controlar la humedad, para evitar que rodaran los barriles y para alimentar al ganado que iba a bordo. Si esto no es verdad, está bien contado.
Enorme, como el propio estuario del Tajo, es el contraste que hay entre sus dos orillas. La norte es una pura aglomeración urbana. La sur, en cambio, alberga la Reserva Natural do Estuário do Tejo, el mayor humedal de Portugal y de toda Europa occidental. La orilla de Lisboa es como un imán para los viajeros. La otra no suele aparecer en los mapas turísticos. En las guías de Portugal más vendidas en España ni siquiera se menciona. Mejor para nosotros. Viajar es descubrir.

Vila Franca de Xira y el ‘Liberdade’
Este viaje comienza en Vila Franca de Xira, una población situada a 30 kilómetros de Lisboa, en la parte más angosta del estuario, justo donde el dulce Tajo desagua en el salobre mar de la Paja. Allí, en el puerto fluvial, a la vista del puente Marechal Carmona —el más antiguo de los que atraviesan el estuario, inaugurado en diciembre de 1951—, nos está esperando el Liberdade, un colorido barco de madera de 18 metros, 40 toneladas, dos velas, proa alta y fondo chato, idóneo para navegar por estos baixos. Botado en 1945, es una reliquia de los días en que aún no se habían construido los gigantescos puentes sobre el estuario y todo el transporte de mercancías y pasajeros se hacía en fragatas, falúas, cangueiros, botes, canoas, catraios y varinos como este. Durante los años sesenta, el río iba cargado con basura de Lisboa a la ribera sur, dejando un rastro de hojas de col, cabezas de sardinas y borra de café en la melena rubia del mar de la Paja. En ningún otro lugar de Europa había tantos y tan variados barcos tradicionales. Eran miles y hoy apenas quedan 70.
Con el Liberdade se puede ir en tres horas hasta el Parque das Nações de Lisboa. Aproar con un varino hacia esta futurista arquitectura de cristal y acero es como arrimarse a la Estación Espacial Internacional en un dirigible de lona. Otra posibilidad es recorrer los mouchões (islas) y riberas de la reserva natural, hoy un paisaje de ensueño, pero antaño una pesadilla para los campesinos que se consumían de hambre, cansancio y paludismo trabajando en los arrozales, tal como denunció Alves Redol en su novela Gaibéus (1939): “Les anda en las muñecas un cansancio que pide descanso, pero el trabajo no puede parar. No puede parar, porque allá abajo, en el aposento, el patrón está haciendo cuentas de la cosecha… Parece que de los brazos se hubieran caído las carnes y solo quedaran los huesos, como tomados por el reuma, y los tendones tensos, como correas de trilladoras en movimiento. Los pechos jadean, las piernas se doblan”.

Por cierto, que en Vila Franca de Xira, de donde era Redol, hay un excelente museo del Neo-Realismo, el movimiento que él encabezó en Portugal. Y también, ya que hablamos de libros, hay una biblioteca deslumbrante, en un modernísimo edificio con vistas al Tajo, obra de Miguel Arruda. Antes era una fábrica de arroz. Ahora es (así le dicen) la Fábrica das Palavras.
EVOA: la torre de control de 120.000 aves
Nos despedimos del Liberdade y, ya en coche, cruzamos el Tajo por el puente Marechal Carmona y cogemos el primer desvío a la derecha para dirigirnos al centro de visitantes EVOA, un hermoso edificio bioclimático de madera que es algo así como la torre de control de las 120.000 aves que se concentran en la reserva: flamencos, gansos, cercetas y, sobre todo, avocetas, el 25% de todas las que invernan en Europa. No menos espectacular que el centro y las lagunas que lo rodean es el camino de 12 kilómetros que lleva hasta allí, entre arrozales tan inmensos que no hay manos suficientes para sembrarlos y es necesario hacerlo con avionetas. Al ser de tierra apisonada, el camino obliga a conducir despacio, observando a la desavisada avifauna como desde un hide. Así alucinamos viendo cómo las garzas reales se quedan inmóviles delante de nuestro vehículo, muy estiradas y con las alas semiabiertas, aprovechando al máximo el calor del sol otoñal. Es eso o lo que los ornitólogos llaman la postura del exhibicionista, la del cortejo, y nos hemos interpuesto sin querer entre la garza y el garzo.

En el centro de visitantes EVOA se ofrecen recorridos guiados a pie o en minibús eléctrico alrededor de las tres lagunas del espacio, la Principal, la Rasa y la Grande, que suman 70 hectáreas. Rodeándolas, se descubren un montón de aves y otro aún más numeroso y colorido de libélulas: alguaciles comunes, vigilantes escarlatas, gallardetes listados norteños, azulillos de Graells… A los visitantes se les explica que esta última especie, la Ischnura graellsii, fue bautizada así en honor de Mariano de la Paz Graells, el naturalista riojano que descubrió la mariposa Graellsia, la reina alada de España. En el EVOA hay también una exposición inmersiva para sobrevolar y sentir la reserva como un pájaro, actividades para niños y rutas para ver cómo ha evolucionado el trabajo en los arrozales o cómo siguen descorchando a mano los alcornoques que asombran las dehesas ribereñas.

Atardecer en la playa dos Moinhos
Entre dehesas de alcornoques discurre la carretera por la que nos acercamos a Alcochete. Los bichos que pacen en ellas nos recuerdan que estamos en el corazón taurino de Portugal. En Alcochete también hay un barco tradicional para pasear por el estuario, el Leão. Aunque el mejor paseo que puede darse aquí es a pie, caminando al atardecer desde el barrio de Barrocas —humilde pero encantador, con sus casitas de colores apiñadas en la ribera— hasta el final de la playa dos Moinhos, un arenal de 2,5 kilómetros donde el viento movía antaño tres molinos —ahí siguen en pie, uno de ellos rehabilitado como vivienda— y hoy las cometas de los kitesurfers. En Alcochete presumen mucho de ser la cuna del rey Manuel I. Pero presumen aún más de sus puestas de sol.
El eclipse solar del 12 de agosto, que en muchos lugares de la península lo vieron apiñados en los cerros, aquí se disfrutó después de una larga siesta en las tumbonas del Kimoa Beach Bar. El paisaje es de salvapantallas, con las barcas varadas en la orilla, las cometas en segundo término y, al fondo, el gigantesco puente Vasco da Gama. El eclipse aquí no era total, pero molaba más.
Unas salinas y un molino de mareas

Al lado mismo de Alcochete, detrás de la playa, se encuentran las salinas de Samouco, que en su día fueron las más importantes del país y hoy son las únicas del estuario que mantienen alguna actividad, bien es verdad que de forma testimonial. Dos senderos circulares de 4,5 y 7,8 kilómetros permiten recorrer este laberinto acuático, observando flamencos, garzas, cigüeñuelas y otras 167 especies de aves. También se ve una manada de burros mirandeses —una raza en peligro de extinción, introducida aquí para su crianza y preservación que campa a sus anchas por este espacio natural, mordisqueando con fruición las plantas saladas, como si fueran snacks—. Hablando de snacks, en la tienda que hay en la entrada de las salinas se puede comprar la sal que se produce de forma artesanal en la Marinha do Canto. La más interesante gastronómicamente es la flor de sal, la que se forma en la superficie de las balsas los días de sol y viento seco. También se puede adquirir salicornia, una planta salada que se usa para decorar platos de pescado o como guarnición, cruda, cocida o salteada.

Para ir de Alcochete a Montijo, siguiente destino, hay que pasar por debajo de la autopista A-12, que aquí mismo comienza a elevarse para cruzar el estuario por el puente Vasco da Gama, el más largo de la Unión Europea: ¡17 kilómetros! Gracias al puente —o por su culpa, según se mire—, Montijo se ha convertido en una ciudad-dormitorio, un arrabal más de la cercana capital lusa que, sin embargo, aún conserva un insólito testimonio de su rústico pasado: el Moinho de Maré do Cais das Faluas, un molino de mareas que fue propiedad de la Orden de Santiago y que ahora, impecablemente restaurado, nos devuelve a los tiempos en que el estuario del Tajo era una fuente de vida y no un mero obstáculo. A Lisboa podemos regresar en media hora, cruzando el estuario por el puente Vasco de Gama. O volver por donde hemos venido a Montijo, tardando el doble. Si no se tiene prisa, es mejor esto último. Y más barato.
Comer y dormir con vistas al Tajo
Para comer y/o cenar a lo largo de esta ruta, existen varias opciones interesantes. En Vila Franca de Xira, hay un restaurante de ambiente taurino a más no poder, Cabeça de Toiro, y otro donde se come moderno y mejor que bien, 150 Gramas. En Alcochete, sería una lástima no probar la cataplana de Don Peixe y los pescados a la brasa de Cantinho do Ti Tonho. De postre, nada como las típicas e hipercalóricas fogaças que hacen en Padaria Piqueira.

Para dormir, no está nada mal el Lezíria Parque Hotel, en Vila Franca de Xira, con amplias habitaciones, buena cocina y un precio muy razonable para hallarse en las vecindades de Lisboa. En Alcochete, en una finca ajardinada con piscina y vistas al estuario, se encuentra la Quinta Praia das Fontes, del siglo XVI. Dispone de habitaciones dobles, apartamentos y villas. Y si preferimos pernoctar en Lisboa, podemos hacerlo sin apartar la mirada del Tajo en el Hotel Dom Pedro, un alojamiento de la cadena Radisson situado en el alto y elegante barrio de Amoreiras, que domina a vista de gaviota la ciudad y el estuario. No se abarca todo el estuario, porque es enorme —¡340 kilómetros cuadrados!, más que el delta del Ebro—, pero sí se llega a ver desde el puente 25 de Abril hasta el Vasco da Gama, que distan 14 kilómetros.
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