Nuda propiedad: La vivienda y maldita su gracia (***)

A la oportunidad le ha ocurrido siempre lo que ahora mismo le sucede a la vivienda: una y otra son un don: el don del momento propicio y el don de poder vivir. Aunque, en puridad, lo correcto sería decir que son doñas, por ser sustantivos femeninos y porque, en efecto, doña proviene directamente del latín domina, que no quiere decir otra cosa que «dueña de la casa». Nuda propiedad, de Alberto Utrera, trata de todo esto y lo hace con soltura, mucho garbo y algo de aflicción de forma casi excesiva. Desproporcionada incluso. Es película con el don de la oportunidad, puesto que trata del problema (que en verdad es más derecho) que ahora mismo tiene las plazas de toda España llenas y en pie, y todo gira alrededor de la dueña de una casa que, como dice el título, no tiene derecho a usarla. Suena contradictorio y qué no lo es que tenga que ver con la vivienda.

 Alberto Utrera insiste con soltura, y su punta de amargura, en la comedia negra, ahora con la más negra de las realidades cotidianas como argumento y herida  

A la oportunidad le ha ocurrido siempre lo que ahora mismo le sucede a la vivienda: una y otra son un don: el don del momento propicio y el don de poder vivir. Aunque, en puridad, lo correcto sería decir que son doñas, por ser sustantivos femeninos y porque, en efecto, doña proviene directamente del latín domina, que no quiere decir otra cosa que «dueña de la casa». Nuda propiedad, de Alberto Utrera, trata de todo esto y lo hace con soltura, mucho garbo y algo de aflicción de forma casi excesiva. Desproporcionada incluso. Es película con el don de la oportunidad, puesto que trata del problema (que en verdad es más derecho) que ahora mismo tiene las plazas de toda España llenas y en pie, y todo gira alrededor de la dueña de una casa que, como dice el título, no tiene derecho a usarla. Suena contradictorio y qué no lo es que tenga que ver con la vivienda.

El nuevo trabajo de Utrera coloca así a sus protagonistas en uno de los muchos laberintos contemporáneos que nos extravían. El más urgente de todos ellos, a juzgar por las noticias. Se cuenta la historia de una pareja que, tras años de vivir de alquiler, se da de bruces con la que puede ser la oportunidad, otra vez, de su vida: la posibilidad cierta de comprar (atentos) un piso; un piso amplio, luminoso, bien situado y con un precio que no da la risa. Solo un problema: para poder habitarlo antes han de esperar a que su inquilino muera. Y lo haga para siempre y sin remedio. Suele ocurrir. Eso es nuda propiedad o, simplemente, propiedad desnuda, es decir, sin derecho ni a roce ni a uso.

Con este punto de partida, y en la mejor tradición de Azcona –del que ahora se cumplen oportunamente 100 años de su nacimiento–, el director confecciona una comedia, tintada de intriga, oscura sin exagerar, ligeramente amarga sin hacer daño y tan divertida que hasta sangra un poco. Pocos asuntos tan divertidos como la desgracia, que diría Beckett. El director abandona el tono quizá demasiado frenético de trabajos anteriores (las muy simpáticas Desmontando a Lucía y Uno Equis Dos), atempera el gesto y profundiza en la mirada de sus protagonistas sin dejarse arrastrar ni por clichés ni frases hechas. Suma puntos que Susana Abaitua y Maxi Iglesias se luzcan fuera de los registros más sobados con dos trabajos tan elegantes como ajustados a razón, tan desvalidos como convincentes. El resultado es así, y por cerrar el círculo, toda una doña película.

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Director: Alberto Utrera. Intérpretes: Susana Abaitua, Maxi Iglesias, David Lorente, Pepe Viyuela. Duración: 99 minutos. Nacionalidad: España.

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