
Casi 20 millones de turistas alzan cada año la mirada al cielo de Egipto para contemplar sus pirámides. Se asombran ante el legado histórico de las joyas arquitectónicas erigidas por faraones hace casi cinco milenios. En cambio, muy pocos se sumergen unos cuantos metros para descubrir que su patrimonio más antiguo nunca estuvo en tierra firme. Antes de faraones, piedras talladas y construcciones imposibles, este poliédrico país albergaba ya uno de los monumentos más suntuosos del mundo: las aguas del mar Rojo. Bajo la superficie turquesa de este mar entre desiertos se extiende un abismo de templos rebosantes de vida: jardines de corales milenarios que humillan a la clásica paleta de colores y desafían la galopante destrucción alimentada por el cambio climático.




A decenas de kilómetros de los aclamados templos egipcios, en estas cristalinas se esconden selvas marinas de corales milenarios que desafían al cambio climático y a las que solo se puede llegar en viajes especializados de buceo
Casi 20 millones de turistas alzan cada año la mirada al cielo de Egipto para contemplar sus pirámides. Se asombran ante el legado histórico de las joyas arquitectónicas erigidas por faraones hace casi cinco milenios. En cambio, muy pocos se sumergen unos cuantos metros para descubrir que su patrimonio más antiguo nunca estuvo en tierra firme. Antes de faraones, piedras talladas y construcciones imposibles, este poliédrico país albergaba ya uno de los monumentos más suntuosos del mundo: las aguas del mar Rojo. Bajo la superficie turquesa de este mar entre desiertos se extiende un abismo de templos rebosantes de vida: jardines de corales milenarios que humillan a la clásica paleta de colores y desafían la galopante destrucción alimentada por el cambio climático.
Biólogos y ecologistas buscan el secreto en el ADN de estos ecosistemas coralinos, que permanecen inalterables a los efectos del estrés térmico, que en apenas tres décadas ha fulminado la mitad de los arrecifes de coral del planeta. La capacidad de adaptación a una nueva era que parece irrevocable acodera a los arrecifes del mar Rojo como un reducto de resistencia único en el océano.
La zona norte es la más conocida. Sus fondos aguardan cápsulas del tiempo como el SS Thistlegorm, un buque británico hundido por bombarderos nazis durante la Segunda Guerra Mundial que aún conserva su cargamento intacto: motocicletas, munición y camiones que yacen dormidos desde hace casi un siglo a unos 20 metros de profundidad. Esta y otras reliquias se encuentran, además, en el entorno del parque nacional Ras Muhammad, una reserva marina a orillas de la bella y turística Sharm el-Sheij con infinidad de colonias de corales accesibles para cualquier curioso, incluso para aquellos que nunca han vivido la experiencia de respirar bajo el agua.

En el sur del mar Rojo, mucho más feroz y exigente, la naturaleza impone sus normas. La mayoría de los puntos de inmersión distan decenas de kilómetros de la costa, las corrientes son habituales y explorar sus fondos se convierte en una travesía que solo pueden transitar buceadores experimentados. La fórmula para hacerlo es conocida como un “vida a bordo”, un viaje diseñado para apasionados de las profundidades.
Alrededor de una veintena de desconocidos y una tripulación entrenada para cohabitar con esta explosión de vida marina comparten su fervor, conviviendo en un barco con el que se recorren los puntos de inmersión más inhóspitos. Todo está medido al milímetro. Antes de partir de la ciudad sureña de Marsa Alam, se comprueban equipos, provisiones de comida y el botiquín para siete días sin pisar tierra, en los que el azul será el protagonista de todos los puntos cardinales.

Allí, donde casi nadie llega, empieza el verdadero reino salvaje de Egipto. Tiburones martillo, tigre, zorro e incluso los casi extintos longimanus —tiburones oceánicos de puntas blancas— encuentran en estas aguas uno de sus últimos grandes refugios. Los delfines ponen la banda sonora y las mantas bailan, con anémonas y gorgonias de fondo. Meros, pargos, napoleones y tortugas completan el escenario.

Con el amanecer suena la primera campana del día. Antes de zambullirse en el agua, los guías desvelan el mapa submarino y detallan cómo actuar para que todo el recorrido sea seguro. El olor a neopreno impregna la popa, donde las botellas de aire comprimido descansan y los buzos empiezan a prepararse para romper la superficie. Es la primera de las tres o cuatro inmersiones que se proponen al día, alguna incluso caída la noche.
Cada punto de buceo reúne características que lo diferencian del resto, aunque la naturaleza escoge cuándo sorprender: la media luna de Sataya suele ser hogar de delfines; Marsa Shona, de dugongos —las denominadas vaquitas marinas—; gambas, cangrejos y estrellas de mar asoman entre linternas en las inmersiones nocturnas en Abu Dabbab, y Claudia Reef se postula como uno de los enclaves favoritos de los submarinistas, por ser de los pocos en el que el espectáculo está garantizado: en este arrecife agrietado, los buzos aletean entre cuevas, cañones y pináculos que escurren los rayos del sol hacia aguas cristalinas y evocan a los cenotes mayas.

Para dar con los grandes del océano, los arrecifes Elphinstone y Daedalus son los enclaves estrella. El segundo es, quizás, el más extremo. Hasta allí esperan ocho horas de navegación, en las que la cobertura se va disipando hasta desaparecer por completo. A los pies de su faro, a 90 kilómetros de la costa egipcia, una inmensa montaña submarina emerge desde una profundidad de más de 500 metros, atrayendo grandes depredadores y pequeños supervivientes que habitan un azul que no avisa. A unos 30 metros de profundidad, de espaldas a una pared tapizada por vibrantes corales amarillos, rosas y lilas, los buceadores fijan la mirada en el infinito y esperan lo extraordinario: que un banco de barracudas, un enorme atún o, si hay suerte, la silueta de algún tiburón irrumpa de pronto en el vacío.

Maldivas, Galápagos, Azores, Filipinas y la remota roca de Revillagigedo en el Pacífico —perteneciente al Estado mexicano de Colima— completan el mapa marcado por los buceadores para disfrutar de los mejores “vida a bordo” del planeta. Todos ellos comparten un rasgo esencial: la naturaleza lleva el timón. Recuerda a quienes se empapan de ella una forma de viajar casi olvidada, en la que el ser humano no es creador, sino visitante, y lo extraordinario consiste en aceptar que casi nada estará allí cuando desee volver. Cada imagen será única, y cada encuentro un regalo a la paciencia.
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