Descubriendo Requena, Ciudad Española del Vino 2026

Los árabes la llamaron Rakkana, la fuerte, la segura, porque lo era. Y si hubieran podido adivinar el futuro, le hubieran dicho Al-Khafiya, la invisible, la oculta, porque es como si no existiera. Todos los años, más de 20 millones de viajeros pasan al lado de Requena por la autovía A-3 camino de Valencia y muy pocos se desvían (salida 290) para ver qué hay en esta ciudad del interior de la provincia. Y en tren de alta velocidad tampoco es que vengan muchos: solo 50 se bajan o se suben cada día en la estación de Requena-Utiel. Para los que nos gusta viajar a contracorriente, huir de los destinos virales y paladear los ignorados, una ciudad casi invisible como Requena es una mina.

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 Enoturismo en una tierra ignota, donde también se hacen excelentes aceites y quesos y esperan dos grandes sorpresas en el barrio medieval de La Villa: un hotel circadiano y un laberinto subterráneo lleno de tinajas y, en su día, de huesos  

Los árabes la llamaron Rakkana, la fuerte, la segura, porque lo era. Y si hubieran podido adivinar el futuro, le hubieran dicho Al-Khafiya, la invisible, la oculta, porque es como si no existiera. Todos los años, más de 20 millones de viajeros pasan al lado de Requena por la autovía A-3 camino de Valencia y muy pocos se desvían (salida 290) para ver qué hay en esta ciudad del interior de la provincia. Y en tren de alta velocidad tampoco es que vengan muchos: solo 50 se bajan o se suben cada día en la estación de Requena-Utiel. Para los que nos gusta viajar a contracorriente, huir de los destinos virales y paladear los ignorados, una ciudad casi invisible como Requena es una mina.

Lo poco que habíamos oído de Requena es que ha sido elegida Ciudad Española del Vino 2026. Eso y lo que nos había contado un pajarito de Acevin —la Asociación Española de Ciudades del Vino, la que otorga dicho título cada año—: que debajo de la ciudad medieval se esconde otra subterránea y que acababa de inaugurarse aquí, pegado a la antigua muralla, el primer hotel circadiano de España. Una urbe oculta bajo tierra y un alojamiento circadiano son dos recomendaciones fuera de lo común, dos buenas pistas para empezar a descubrir Requena, la ciudad casi invisible, la que huele a vino. Bueno, y también a aceite de oliva y a queso, pero no adelantemos descubrimientos.

Descalzos y descontaminados en Villa Raíz

Ya se llegue a Requena en coche propio o se haga en taxi desde la estación de alta velocidad, conviene apearse fuera del barrio de La Villa porque dentro de él es un lío conducir y aparcar. Para esto último hay sitio de sobra extramuros, en la calle Colegio. Adentrándose luego a pie en el recinto medieval por la calle Santa María y doblando a izquierda y derecha por Somera y Purísima, se planta uno en tres minutos en la plazuela donde se encuentra el hotel Villa Raíz, que a primera vista parece una casa blanca como las demás. Al acercarse, sin embargo, se descubre junto a la puerta la planta de un pie humano recortada en acero corten, y nada más entrar, un banco para descalzarse y hacer grounding, la primera de las muchas actividades de bienestar que los jóvenes y atléticos propietarios animan a practicar en su establecimiento.

Miryam y Agus, que así se presentan sus dueños, guían a sus descalzos y boquiabiertos huéspedes por todos los rincones de este hotel certificado como espacio biocompatible, libre de contaminantes electromagnéticos y de tóxicos, en el cual han invertido cantidades exageradas de tiempo y dinero. Han abierto este año, pero han tardado dos en reformar este caserón adosado a la antigua muralla y en ponerlo a su exigente gusto sin usar plásticos, hormigón, ni pinturas —solo tintes naturales—, sin luces agresivas y sin aparatos que produzcan emisiones electromagnéticas: hay cero televisores y, como cabía esperar, un solo enchufe para cargar el móvil en cada una de las seis habitaciones, empotrado en la pared, lejos de la cama. Tampoco hay agua ordinaria, sino depurada y estructurada. Beber a chorro mientras uno se ducha en Valencia: lo nunca visto.

Villa Raíz tiene algo de nave espacial, con muchas luces rojas, biodinamizadores y smart toilets con mando a distancia y bidé integrado. Pero también de castillo medieval: la muralla del siglo XII asoma en las paredes de los baños y rodea la sala de masajes, que ocupa una de las torres defensivas. Y no tiene algo, sino mucho, de bricolaje mañoso, como el que hizo Agus para poder izar con una polea la gigantesca mesa de madera africana del salón y así dar clases de yoga entre comidas. Bueno, comidas-comidas, no hay: se toma una ligera cena ayurvédica y circadiana al ponerse el sol, que a finales de octubre es a las 17.30, y se desayuna a eso de las 9.00, sin prisa, pero con ganas, devorando varios platos ricos en sal, grasas y proteínas: caldo de huesos, huevos, panceta, quesos, mantequilla de cabra, yogur, miel… Mientras se celebra este banquete matutino, Miryam obnubila a los huéspedes adoptando la postura del árbol (Vrksasana) frente a la chimenea y contándoles sus idas y venidas con Agus por medio mundo, incluido Moscú, donde trabajaron cuatro años para una poderosa familia rusa —ella como institutriz y él como entrenador privado—, con jet particular y lujos por el estilo. En ver el hotel y tomar nota de todo lo que hay que hacer para no contaminarse y contaminarlo de malas vibraciones, se echa una hora larga. Pero en cogerle el gusto y el tranquillo se tarda un par de días, alternando las charlas informativas sobre biohacking con los tratamientos ayurvédicos, los masajes, el reiki y alguna que otra escapada con los anfitriones a parajes naturales cercanos. A 20 kilómetros de Requena, en el Chorrero de La Castellana, los huéspedes son sometidos a una exposición al frío bajo una cascada de 25 metros. Dicen que esto despierta el cuerpo, aquieta la mente y activa una energía difícil de olvidar. Desde luego.

Escalofrío en las Cuevas de la Villa

Para seguir descubriendo y alucinando en Requena, solo hay que volver a calzarse y caminar 60 metros hasta la plaza de Albornoz, la mayor del recinto medieval. Allí se encuentra la entrada a las Cuevas de la Villa. Son nada menos que 22 y fueron excavadas por los musulmanes en la toba caliza y la arcilla que hay debajo de la plaza y de las casas aledañas allá por los siglos XII y XIII. Perdieron su uso al colmatarse de escombros durante unas obras públicas en el siglo XVII y fueron recuperadas del olvido hace 50 años, cuando se limpiaron y conectaron formando un laberinto de 1.200 metros cuadrados. Si se piensa que todo el barrio de La Villa está lleno de cuevas como estas, con escaleras que suben y bajan, descansillos, arcos, pasadizos, pozos, respiraderos y trullos (lagares), se entenderá por qué se habla de una ciudad subterránea.

Las panzudas tinajas que se ven por doquier, traídas de Villarrobledo (Albacete) y de la vecina Utiel, recuerdan que el uso principal de las cuevas fue elaborar y conservar vino, si bien algunas tuvieron otros distintos. Una sirvió como pósito municipal, para almacenar grano, y otra como osario, para echar los huesos que no cabían en las criptas de la iglesia del Salvador, que está encima. La diferencia de temperatura entre las cuevas más profundas, que se mantienen todo el año a 15 grados, y las más próximas a la superficie es notable, sobre todo si fuera aprieta el calor. El escalofrío está asegurado al pasar rápidamente de unas a otras y siempre por el antiguo osario.

De la torre del homenaje al palacio del Cid

En el barrio de La Villa hay tres grandes y hermosas iglesias —las góticas del Salvador y de Santa María y la neoclásica de San Nicolás—, señal de que antaño vivía una multitud en estas callejas solitarias. En la parte más elevada del barrio, se alza la fortaleza de origen musulmán, con una potente torre del homenaje de 23 metros de altura que es el mejor mirador de Requena, la antigua y la moderna. Y en la más baja, el palacio del Cid, donde no hay nada suyo —Ruy Díaz estuvo en Requena en 1089 y el edificio es del siglo XV— pero sí un museo interesante, en el que se cuenta la larga historia del vino de Requena. Larga, no, larguísima, como atestiguan los lagares rupestres del yacimiento de las Pilillas, de hace 25 siglos.

El resultado feliz de esa historia interminable puede verse y catarse en la vinoteca de Ferevin, en la cuesta de Carnicerías, que reúne lo mejor de 30 bodegas de la denominación de origen Utiel-Requena. ¿Tres buenas elecciones? El espumoso 9 de Octubre, de Cárcel de Corpa, el caro (porque lo vale) Las Mercedes Esencia, de Las Mercedes del Cabriel, y la cerveza de uva Tardana Marianer, de Cueva. Muy cerca, en la calle Castillo, está la casa que fue sede del Gremio de Tejedores de Seda, actividad que triunfaba e hizo triunfar a esta ciudad en el siglo XVIII, y hoy es un museo privado atiborrado de curiosos cachivaches, como los últimos telares de los 800 que hubo en la ciudad y los capotes de torero que con ellos tejían. También hacían paracaídas.

Cuatro bodegas para todos los gustos

“El término de Requena es enorme, como dos Andorras”, dicen los pocos que lo conocen, exagerando un pelín, porque en realidad es como 1,73 Andorras: 814 kilómetros cuadrados tiene, más que ningún otro de la Comunidad Valenciana. Es como casi dos Andorras que, en lugar de pistas de esquí, estuvieran llenas de viñedos de tinta bobal y, aunque menos, de otras 25 variedades, incluidas las que se usan para hacer cava, porque este es el único municipio de Valencia autorizado para ello. Y llenas también de bodegas. Hay más de cien. Una buena idea, ya que visitarlas todas no hay quien lo aguante, es ver dos pequeñas y dos grandes.

Pigar es una bodega de garaje. No es un decir. Está en un garaje doméstico de la pedanía de Campo Arcís, en el número 10 de la calle Comercio. Allí, al lado de la vieja lavadora y de la cocinilla de la matanza de los suegros, Juan Piqueras y su mujer, Susana López Arce, elaboran vinos tan naturales y sinceros como su Brutal de Bobal. “Ni Dios, ni amo, ni sulfitos”, reza la etiqueta. Y tan raros como el Ancestral de Royal, una variedad autóctona casi extinta. Los escarabajos, lagartos, pulpos, libélulas, hipocampos y calaveras que decoran las botellas los dibuja López Arce, que es ilustradora.

En Los Cojos, otra de las 25 pedanías de Requena, está Bodegas del Valle, que es también familiar, pero no tan pequeña como Pigar, y tiene algunos años más. Emociona cómo Ricardo de Valle habla de su tatarabuelo, que fabricando carbón compró una bodegueta con un trullo y dos vasijas, y de su bisabuelo, que consolidó la saga haciendo vino a cascoporro, 400.000 litros al año de uno tan recio que se vendía para fortificar otros en La Rioja. Y mola salir a pasear con su mujer, Mireia Vera, la alcaldesa pedánea de Los Cojos, para ver cómo el sol se acuesta sobre las cepas. Los senderistas no se aburren en Requena: hay 1.200 kilómetros de caminos en los viñedos.

Las dos bodegas grandes que hay que visitar para que haya variedad de experiencias enoturísticas durante el viaje por Requena son Hispano Suizas y Pago de Tharsys. La primera está muy bien pensada para las visitas, con un banco monísimo para hacerse fotos columpiándose delante de los impecables viñedos, una amplia sala de catas acristalada y un recorrido guiado delicioso que permite probar el mosto en todos sus estados, desde que sale de la uva hasta que se convierte en el Tantum Ergo Cava o en el Bassus Pinot Noir, por citar los dos vinos más reconocidos de Hispano Suizas. En Pago de Tharsys saben también entretener, porque no paran de organizar actividades: vendimias nocturnas, cenas maridadas, catas musicales, tardeos con vino y DJ… Pero la gracia aquí es hablar con Vicente García, el fundador, que lideró la batalla legal y técnica en los años ochenta para que el municipio de Requena fuera incluido en la DO Cava. Fue una lucha desigual que el “Quijote del vino” y “padre del cava valenciano”, como se le conoce, le cuenta con detalle a todo el que se arrima a su bodega y brinda con él. Tanto Pago de Tharsys como Hispano Suizas disponen de cuidados alojamientos.

Oli Oli: una gota de aceite ecológico en un mar de vino

En un municipio donde hay viñas por doquier —18.000 hectáreas y unos 50 millones de cepas—, alguien que compra dos fincas, planta 6.500 olivos, monta una almazara sostenible de última generación y se pone a hacer aceite de oliva virgen extra de alta gama y 100% ecológico es porque le gusta nadar a contracorriente en un mar de vino, que eso es Requena. Esa alguien, María Dolores Fernando, tenía 52 años cuando emprendió tan a la contra en 2007, compaginó su pasión oleícola con su antiguo trabajo de administrativa hasta 2017 y, ahora que tiene 71, sigue gobernando esta gota de aceite en el océano vinícola requenense.

Y no lo hace para nada mal: en Oli Oli hay una sala atestada con los 90 premios que han ganado sus aoves. Todo está impoluto: la sala de trofeos, la de catas, la minimalista casa blanca de grandes lunas de cristal que mira el olivar de sol a sol, el propio olivar, la nave de elaboración… “Una visitante noruega, sanitaria de profesión”, comenta orgullosa María Dolores Fernando a los oleoturistas, “me dijo que esta nave estaba más limpia que su hospital”. Aquí se puede hacer de todo: visitas guiadas, catas, degustaciones, comidas, apadrinamientos de olivos, recorridos por la finca e incluso bautizos de vuelo sobre el cercano parque natural de las Hoces del Cabriel.

Una máquina expendedora de quesos

Otra isla extraña en el mar de vino de Requena es la quesería artesana Hoya de la Iglesia, en la pedanía de Los Pedrones, cuyo producto estrella, el 4 Picos de cabra madurado 30 días en cueva, hace salivar a todo el mundo en este inmenso municipio. Uno espera encontrar una majada pastoril rodeada de cabras y cavernas y lo que descubre es un flamante edificio de hormigón visto, de aire brutalista, con una máquina expendedora de quesos en el exterior, por si viene algún adicto por la tarde o el domingo, cuando el lugar está cerrado.

La familia Roldán, que empezó en 1998 con 200 cabras, ha prosperado. Ahora tiene 1.300 de raza Murciano-Granadina que ordeñan todos los días para hacer sin parar cuatro ricos quesos, tartas de eso mismo y mantequilla de cabra (la que se desayuna en Villa Raíz). En la tienda online también se vende cuajo microbiano. Con 13 gotas de este, con leche de cabra y con una pizca de sal, el visitante elabora un queso fresco valenciano chiquitín en un pispás y se lo zampa de un bocado. Luego cata un surtido de los que elabora Nacho, el maestro quesero, y por último echa un vistazo a los que están madurando en cueva. Todo esto sucede debajo del edificio de hormigón, en un sótano donde se han reproducido con asombroso realismo las rugosidades y las protuberancias de una caverna natural. También la temperatura y la humedad. Conviene llevar jersey.

Comer en una cueva

Después de ingerir casi 2.000 calorías desayunando en Villa Raíz y de andar catando vinos, aceites y quesos, no tendremos hambre, pero vale la pena probar alguno de los platos típicos requenenses: ajoarriero, gazpacho manchego, morteruelo… Leyendo las cartas y pizarras, parece que estamos en la vecina Cuenca, porque son los mismos platos. No solo la gastronomía es parecida: también la gente. Se nota que Requena perteneció a la Corona de Castilla hasta 1851. Por eso no hablan aquí valenciano, sino castellano, y lo hacen con un inconfundible tonito chanante, muy manchego.

Un buen lugar para probar esos y otros platos de aquí y de allá, como el combinado de orza (lomo, longanizas, chorizo y morcilla de Requena), es el Mesón del Vino (avenida de Arrabal, 11). Y otro, el restaurante El Yantar Mesón La Villa. Este último está en la plaza de Albornoz, al lado de las Cuevas de la Villa. De hecho, se puede comer en una, abajo.

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