Del monasterio de San Salvador de Cañas a la cueva de los Cien Pilares: un paseo por la otra Rioja

Los monasterios de Suso y Yuso, la calle Laurel de Logroño, Santo Domingo de la Calzada, el barrio de las bodegas de Haro… La Rioja es una comunidad con recursos turísticos populares. Pero apantallados por estos lugares clásicos por los que se mueve habitualmente la mayoría de turistas que visita esta tierra del vino, existe otra Rioja más desconocida, igual de interesante y, sobre todo, mucho menos masificada en temporadas altas.

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 La que es una de las comunidades autónomas más turísticas de España esconde bosques para el senderismo y pueblos con encanto no tan manidos que sorprenden por su historia y conservación  

Los monasterios de Suso y Yuso, la calle Laurel de Logroño, Santo Domingo de la Calzada, el barrio de las bodegas de Haro… La Rioja es una comunidad con recursos turísticos populares. Pero apantallados por estos lugares clásicos por los que se mueve habitualmente la mayoría de turistas que visita esta tierra del vino, existe otra Rioja más desconocida, igual de interesante y, sobre todo, mucho menos masificada en temporadas altas.

Uno de estos lugares es el monasterio de San Salvador de Cañas, el tercer gran recinto monástico riojano tras los archiconocidos de Suso y Yuso, esos que visita todo el mundo y que son patrimonio de la Unesco. Santa María de San Salvador de Cañas es un monasterio cisterciense habitado por monjas de la tradición benedictina desde su fundación, a finales del siglo XII. Nueve siglos ininterrumpidos en los que ni las refriegas de la Reconquista, ni las revueltas políticas, ni la Desamortización de Mendizábal lograron romper una continuidad convertida ya en récord de permanencia entre los recintos monásticos femeninos de la Cristiandad. Hoy, por desgracia, solo quedan tres hermanas en la clausura y, además, de edad muy avanzada. Lo que no lograron los avatares de la historia lo va a lograr la falta de vocaciones.

El monasterio consta de un grupo de edificios pregóticos y góticos en torno a una iglesia de esbeltas formas, dotada de 24 ventanales alargados con el mejor de los alabastros que le proporcionan una luminosidad especial, por eso se le conoce también como el monasterio de la luz. Además del claustro, hay que visitar la sala capitular, que alberga el sarcófago de la beata Urraca Díaz de Haro, obra maestra de la arquitectura funeraria del siglo XIII, cuyos laterales están ricamente decorados con relieves que representan su entierro y que cuentan un montón de cosas de la vida cotidiana de aquella época. Dos museos exhiben parte del patrimonio artístico que la abadía atesoró a lo largo de estos siglos. Cañas es una pieza más en el puzzle de recintos monacales que hicieron de esta comarca riojana un centro de cultura y poder en el medievo.

Otro lugar que a mí me parece fascinante y que, sin embargo, no suele estar en la ruta de La Rioja clásica: la cueva de los Cien Pilares, también conocida como cuevas de Arnedo. En España hay multitud de ejemplos de viviendas trogloditas y de ermitas rupestres, pero lo que encuentras en el cerro de San Miguel de esta localidad de la Rioja Oriental (antes Baja) es uno de los ejemplos más soberbios de cómo el hombre aprovechó la ductilidad de determinadas rocas para crear habitáculos con los más dispares objetivos. Son un laberinto de pasadizos y salas talladas que se presumen fueron un monasterio medieval, aunque no existe ni una sola prueba documental que lo acredite. Todo son suposiciones. Lo único que nos ha llegado es una antigua cita escrita en la que se habla del monasterio de San Miguel de Arnedo. Que las cuevas estén horadadas en el cerro que siempre se ha llamado de San Miguel abona la teoría más aceptada por arqueólogos e historiadores de que se trate de ese monasterio altomedieval, cuyos orígenes podrían remontarse al siglo VIII. También lleva a esta conclusión el hecho de que la sala principal, la que se supone que sería la iglesia, no sea solo una oquedad, sino que se excavó dejando columnas de roca natural para sostener el techo, lo que recuerda a las naves de una iglesia o un claustro. De ahí también el nombre de Cien Pilares. Otro hecho fortuito contribuye a esta teoría: en una zona intermedia entre lo que se cree era el deambulatorio y la iglesia se derrumbó un trozo de roca entre dos ventanas superpuestas, creando lo que parece ser el arco mozárabe de un templo, cuando en realidad no es más que un producto de la casualidad. Es la foto más representativa y deseada de este conjunto troglodita.

Sea lo que fuera, la cueva de los Cien Pilares impresiona por su extensión y su decoración. Todas las paredes están horadadas por unos extraños huecos para los que tampoco hay explicación. Hay quien dice que pudieran ser alacenas; otra posibilidad es que fueran nichos para depositar huesos. Sin embargo, el juego de formas y simetrías con las que están tallados es tan parecido al famoso ajedrezado del arte románico que pudieran ser solo elementos decorativos. Aunque históricamente hubo muchas entradas y salidas —por lo que se piensa que también el recinto pudo tener una finalidad defensiva y de ocultamiento en caso de ataque o asedio—, hoy se accede por un pozo excavado recientemente por la parte superior. Luego se continúa en descenso por varias salas y espacios, en alguno de los cuales se ha recreado con maniquíes diversos ambientes que pudo haber en un monasterio medieval. Se pasa por un antiguo palomar, uso que sí se le dio posteriormente a parte de las oquedades, y se termina en un cachimán tomando un vino de la cooperativa de Arnedo.

El cerro está horadado con otras muchísimas cuevas más tardías y de carácter habitacional, en uso hasta bien entrado el siglo XX. Una de ellas se ha habilitado como museo, con todas las dependencias y cachivaches de uso cotidiano para una familia y sus animales.

Más paradas en esta ruta por la otra Rioja: los pequeños pueblos con encanto. Briones, San Vicente de la Sonsierra, Santo Domingo de la Calzada o Ezcaray son localidades archiconocidas y architurísticas, alguna de ellas tanto que ya empieza a surgir una cierta turismofobia entre los locales. Sin embargo, por toda la comunidad autónoma te encuentras otros pequeños pueblecitos con carisma que no suelen aparecer en las rutas habituales.

Por ejemplo, Sajazarra, un conjunto urbano compacto de caserones de piedra anaranjada y sin mancha alguna de modernidad. En un paseo por sus calles empedradas igual te encuentras un rollo jurisdiccional que una iglesia de transición del románico al gótico, un arco y restos de la muralla, varias casonas barrocas con su escudo heráldico en el dintel, una fuente urbana con abrevadero (vestigio de la riqueza ganadera de antaño) o un soberbio castillo del siglo XV en tan buen estado que parece construido ayer. Es privado y no se puede visitar.

Más pueblos fuera de ruta: Cellorigo, que no tiene un casco urbano memorable, pero sí una estampa única desde el exterior, al pie de unos peñascos singulares y limítrofes con Burgos. Le llaman “el púlpito de La Rioja” por las bellísimas vistas panorámicas que ofrece de los viñedos de la comarca de Haro, sobre todo al atardecer. También, Viniegra de Abajo, en el alto Najerilla. Soto en Cameros, en el valle del Leza, es una maravilla de pueblo de montaña con todas sus casas restauradas. O Peroblasco, una aldea en el alto Cidacos, cerca de Arnedillo, que estuvo abandonada y sin carretera de acceso hasta los años ochenta. Hoy se han restaurado muchas de sus viviendas y las habitan 15 vecinos.

Si se busca esa otra Rioja más desconocida para hacer senderismo en espacios naturales, dos recomendaciones.

  • La primera, los bosques que tapizan el Alto Najerilla y su afluente, el Valvanera, donde se ubica el monasterio de la patrona de La Rioja. Se trata de una densa masa forestal con prácticamente todas las especies de árboles del sistema Ibérico: hayas, robles, servales, tilos, álamos, abedules, fresnos y hasta encinas.
  • La segunda es el hayedo de Tobía, en el río del mismo nombre, en la sierra de la Demanda, mi último y muy sorprendente descubrimiento en La Rioja. La gran masa de hayas de este espectacular bosque crece a los pies de los riscos de Tobía, unas paredes verticales de conglomerado rojizo que recuerdan a los mallos de Riglos y forman uno de los skylines más fotogénicos de toda la comunidad. Además de hayas, hay robles, acebos, tejos y arces. A inicios de la primavera, el verde eléctrico de las hojas contrasta más aún con el bermejo de los farallones. En otoño, la paleta de colores del bosque caducifolio se convierte en un imán para amantes de la fotografía y el paisaje. Existen varias rutas senderistas para recorrer el valle que parten del pueblo de Tobía, al pie de los riscos.

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