Jannik Sinner lleva casi cuatro semanas sin disputar un partido oficial. Ni uno solo. No ha pisado Halle, ni Queen’s, ni ninguno de los torneos de preparación sobre hierba que cualquier aspirante a Wimbledon consideraría imprescindibles. En su lugar, ha pasado por un hospital de Milán, se ha colocado un sensor de glucosa en el brazo y ha disfrutado de una boda en la Costa Azul. El último mes del número uno del mundo ha sido, cuando menos, peculiar.
Tras su inesperada derrota ante Cerúndolo en Roland Garros, el número uno del mundo ha cambiado por completo su plan de preparación para el césped, renunciando a Halle y Queen’s
Jannik Sinner lleva casi cuatro semanas sin disputar un partido oficial. Ni uno solo. No ha pisado Halle, ni Queen’s, ni ninguno de los torneos de preparación sobre hierba que cualquier aspirante a Wimbledon consideraría imprescindibles. En su lugar, ha pasado por un hospital de Milán, se ha colocado un sensor de glucosa en el brazo y ha disfrutado de una boda en la Costa Azul. El último mes del número uno del mundo ha sido, cuando menos, peculiar.
Todo arrancó en París.
La derrota en segunda ronda de Roland Garros ante Juan Manuel Cerúndolo desconcertó porque apenas tuvo explicación tenística. Sinner llegaba como gran favorito, parecía encaminado hacia su primera Copa de los Mosqueteros y, de pronto, sin previo aviso, se quedó sin energía. El calor es su talón de Aquiles -ya le había pasado factura en Wimbledon 2024 ante Medvedev, en Cincinnati 2025 frente a Alcaraz, en Melbourne 2025 contra Rune o en Roma 2026 ante el propio Medvedev-, pero esta vez el italiano intuyó que había algo más detrás. «No hacía tanto calor. No creo que tenga tanto que ver con eso. Hoy, simplemente, no he sido yo», admitió en la sala de prensa de la Philippe-Chatrier. El patrón parecía demasiado evidente para descartarlo sin más, pero Sinner sigue desde entonces buscando otras explicaciones. Si no fue el calor, ¿qué fue?
Mientras Alexander Zverev encadenaba rondas hasta proclamarse campeón en París, el número uno desaparecía del foco mediático. Descansó unos días en Cerdeña junto a su pareja, Laila Hasanovic, asistió a la boda del pertiguista Armand Duplantis -uno de sus mejores amigos- y después se puso manos a la obra para encontrar respuestas.
Aunque suele someterse a sus revisiones médicas en la Clínica J Medical de Turín, junto al Allianz Stadium, esta vez acudió al Hospital San Raffaele de Milán para pruebas más exhaustivas. Acto seguido, rediseñó por completo su hoja de ruta hacia Wimbledon. En las últimas tres temporadas había competido en Halle y, antes, había rodado también por Queen’s. Esta vez optó por el camino contrario: el descanso.
El vigente campeón llegará al All England Club con una exhibición en Hurlingham como único contacto competitivo sobre césped, y con apenas unas horas de entrenamiento sobre esa superficie. Siguiendo una fórmula que Novak Djokovic empleó durante años, Sinner evitó el salto directo de la tierra batida a la hierba y se mantuvo entrenando en pista dura en Montecarlo para facilitar una transición más progresiva, menos exigente para el cuerpo.
Todo ello, además, con un pequeño sensor de glucosa adherido al brazo izquierdo. El mismo dispositivo que usan los pacientes diabéticos para controlar sus niveles de azúcar, pero que cada vez más deportistas de élite incorporan para analizar en tiempo real cómo responde el organismo al esfuerzo, al calor, a la alimentación o a la recuperación. La sensación es que, tras lo sucedido en París, Sinner y su equipo han decidido no dejar nada al azar. Porque la explicación, probablemente, no sea única. Más allá del calor, el colapso de Roland Garros apunta a una combinación de factores: hidratación, nutrición, metabolismo, carga acumulada, recuperación, estrés competitivo. Y el italiano quiere entender con precisión qué ocurrió para que no vuelva a repetirse. Si lo ha logrado o no, se sabrá en Wimbledon.
Como vigente campeón, Sinner llega al All England Club como máximo favorito. No solo por la baja de Carlos Alcaraz, lastrado por la lesión de muñeca que arrastra desde abril. Ya quedó claro en París: los rivales del italiano son pocos y, a veces, el más peligroso es él mismo. Zverev representa una amenaza real, más aún tras la liberación que supone haber conquistado por fin un Grand Slam, pero Djokovic sigue siendo una incógnita y por detrás aparecen nombres como Flavio Cobolli, Félix Auger–Aliassime, Ben Shelton o Taylor Fritz con tantas expectativas como dudas.
Por eso defender el título en Londres vale doble. Vale como confirmación de que sigue siendo el mejor del mundo. Y vale también como respuesta a la única pregunta que su temporada, extraordinaria en todo lo demás, todavía no ha resuelto: si su cuerpo aguantará cuando el termómetro vuelva a subir.
Las semanas de descanso, las pruebas en Milán, el cambio de método para preparar Wimbledon, el sensor de glucosa. El laboratorio de Sinner lleva un mes buscando respuestas. Ahora llega el momento de comprobar si las ha encontrado.
Noticias de Deportes

