El barrio ofrece una patria a los apátridas, concede una identidad que transciende el origen, la raza y hasta la nación. No hay banderas, hay gente. Ocurre en las grandes metrópolis, desde el Bronx de Nueva York a las banlieues, hoy en llamas, de París. También en Madrid. Vallecas es uno de esos lugares que han configurado una identidad propia, desde las chabolas que dieron techo a los migrantes procedentes de otras regiones de España en los años 50 y 60, al lugar al que llega actualmente buena parte de la nueva migración. Vallecas es Vallecas cuando trabaja, es Vallekas cuando lucha y es el Rayo cuando juega. El club es indisociable del barrio, razón por la que maltratarlo, como sucede con el abandono de su estadio y valores, provoca la revolución. Al Rayo no se le quiere porque gana, se le quiere porque somos nosotros, pero eso no lo entiende Raúl Martín Presa.
La estabilidad del primer equipo del Rayo no compensan el deterioro del estadio, los cobros a los padres en categorías inferiores, la caída del fútbol femenino o la presencia de gente de Vox en el palco
El barrio ofrece una patria a los apátridas, concede una identidad que transciende el origen, la raza y hasta la nación. No hay banderas, hay gente. Ocurre en las grandes metrópolis, desde el Bronx de Nueva York a las banlieues, hoy en llamas, de París. También en Madrid. Vallecas es uno de esos lugares que han configurado una identidad propia, desde las chabolas que dieron techo a los migrantes procedentes de otras regiones de España en los años 50 y 60, al lugar al que llega actualmente buena parte de la nueva migración. Vallecas es Vallecas cuando trabaja, es Vallekas cuando lucha y es el Rayo cuando juega. El club es indisociable del barrio, razón por la que maltratarlo, como sucede con el abandono de su estadio y valores, provoca la revolución. Al Rayo no se le quiere porque gana, se le quiere porque somos nosotros, pero eso no lo entiende Raúl Martín Presa.
Vallekas está en armas contra el presidente, no únicamente los Bukaneros, grupo radical del Rayo, pese a la última tregua que permitió el partido contra el Elche. «No encontrarás en Vallecas a nadie que te hable bien de Martín Presa», dice Alejandro Castellón, director de Unión Rayo, medio digital que informa sobre la actualidad del equipo. Tampoco en el club, ya que a la petición de este periódico nadie respondió. «Ocurre lo mismo en la Federación Madrileña o la Española», añade Mariano de Paco Serrano, consejero de Deportes de la Comunidad de Madrid (CAM), propietaria del estadio. El único que salió en su defensa fue Joan Laporta cuando lo acogió en el palco de las vanidades del Camp Nou. Laporta abraza y suelta eslóganes gratis, en este caso sin conocer el calado del problema.
El Rayo ha descuidado un estadio que no es suyo, cuando su obligación es mantenerlo, según el contrato con la CAM. Al estar comprometida la seguridad de los espectadores, según una primera auditoría, la administración, responsable como propietaria, decidió poner en marcha un procedimiento de extinción del contrato. Unos arreglos parciales y de urgencia permitieron una suspensión cautelar, pendiente de un dictamen jurídico definitivo.
«En unos 20 días sabremos si la extinción se lleva a cabo de forma definitiva», explica De Paco Serrano, que ha acabado hastiado de las negociaciones con Martín Presa durante meses: «Quise tener una relación de confianza, con claridad, pero después de muchos episodios o de que ni si quiera contestaran a los requerimientos, acabé por darme cuenta de que no se podía confiar en Martín Presa, y en el Rayo no se hace ni se dice nada sin que lo haga su presidente».
El consejero de Deportes insiste en que la voluntad del organismo es que «el Rayo juegue en Vallecas». «Y lo creemos de ese modo -añade- por el principio de interés general, lo que llevó, en su momento, a que fuera una concesión no un concurso, pero Martín Presa no piensa en el interés general, sólo en sí mismo». El modelo podría ser a través de una empresa concesionaria que alquilara el estadio al propio club, a semejanza del Movistar Arena.
«Huidizo», «colérico», «sin mirar de frente» son las expresiones que utilizan quienes han interactuado con Martín Presa, de 49 años, al que su pelo lacio y trajes oscuros confieren en ocasiones un aspecto siniestro, una estética Drácula. La extravagancia se aprecia, asimismo, en sus actuaciones o apariciones, incluso hay quienes dicen que habría dormido noches en su coche.
«Con lo que más se apasiona es con el fútbol. Es un enfermo, puede estar horas hablando de torneos o jugadas», explica Castellón, que reconoce: «Lo único positivo que puede decirse es que ha hecho proyectos deportivos de éxito, pero a costa de dejar morir el resto del club. Sólo le importa el primer equipo, lo demás no existe para Martín Presa».
La primera final europea, en la Conference, disputada el año pasado, fue la cima deportiva del Rayo, después de proyectos estables gracias las buenas elecciones de directores deportivos, como Ramón Planes o David Cobeño, y entrenadores como Andoni Iraola o Íñigo Pérez, en el último tramo. De ahí hacia abajo, la ruina, ejemplificada en un estadio y una ciudad deportiva en el abandono, ambas de titularidad pública, autonómica y municipal, respectivamente. No sólo se quejan los abonados de Vallecas, también los padres que llevan a sus hijos a entrenar o ver disputar los partidos en la ciudad deportiva, donde el mal estado de la instalación ha provocado algún accidente. Se les cobra, además, cuatro euros a uno de los progenitores por entrar y únicamente pueden pagar en efectivo. Harto, uno de los padres se presentó en una ocasión con una bolsa de 400 céntimos.
El Rayo femenino, en el pasado orgullo de Vallecas, ha pasado en su mandato de jugar los cuartos de la Champions a Segunda Federación. Campeón de la Copa de la Reina en 2008, el Rayo ganó las tres Superligas femeninas siguientes, justo hasta la llegada de Martín Presa, en 2011, y el inmediato concurso de acreedores. Natalia Pablos, Sonia Bermúdez, actual seleccionadora, o Jenny Hermoso lideraron un equipo que, además, fue pionero en la lucha por los derechos de las futbolistas. En la etapa del concurso, con la asistencia de la abogada extremeña María José López, consiguieron que se reconociera que su relación con el Rayo era profesional, mucho antes de que lo reconociera la ley, y cobraron del Fogasa.
Martín Presa compró el 98% del capital social del club a la familia Ruiz-Mateos por una cifra simbólica, inferior a 1.000 euros, a condición de asumir una deuda millonaria. El ideólogo de la operación fue, en realidad, su padre, Santiago Martín Marcos, ex jugador de fútbol y empresario en el sector de las artes gráficas, labor continuada por su hijo, con buenas relaciones en el entorno del Opus Dei, al que han pertenecido los Ruiz-Mateos. El presidente del Rayo siempre destaca la labor de su padre, fallecido en 2020 a causa del covid, en los primeros años de su gestión en el Rayo, difíciles por la situación económica. Desde entonces, el presidencialismo es absoluto, junto al núcleo duro que forman su hermano Alfonso o el fiel vicepresidente José María Sardá.
Los Bukaneros cuestionan la legitimidad de aquella operación. La ideología de izquierda del grupo colisiona con la tendencia que exhibe Martín Presa cuando invita a políticos de Vox al palco. También con el perfil del barrio, donde las fuerzas de izquierda suelen sumar en torno al 60% de los votos en las elecciones. En las últimas autonómicas, el PP fue el más votado en el distrito, impulsado por el ciclón Ayuso, aunque PSOE y Sumar volvieron a sumar más de la mitad de los votos. «Le gusta provocar», dicen de un dirigente que tiene entre sus modelos al cinematográfico Rocky Balboa. No fue siempre tan hospitalario con ministros u otros representantes institucionales. «¡Que se lo paguen!», se escuchó en los pasillos.
A pesar de las últimas concesiones, como la devolución de las entradas de los partidos en Butarque o regresar a la franja en la camiseta en lugar del rayo, para evitar que volvieran a suspenderse más partidos, como ocurrió ante el Athletic bajo una lluvia de aviones de papel, el partido de Vallekas, con K, continúa. Un partido por la identidad.
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