La Quinta se sale del mapa en Bilbao con la corrida más importante de su temporada

La familia Martínez Conradi descubrió por la mañana en Vista Alegre el azulejo conmemorativo del indulto de Tapabocas, anunciaron que habían traído la corrida que querían y por la tarde se salieron del mapa: fue, en verdad, una gran corrida, la más completa de su temporada -el año de los grises andaba en el alero- y la más importante por el escenario del que se trataba: Bilbao. Tres toros de muy alta nota —2º, 3º y 6º— y un balance artístico paupérrimo con una solitaria oreja para Román.

 La familia Martínez Conradi lidia tres toros de muy alta nota en un notable conjunto con un único borrón; paupérrimo balance artístico con una solitaria oreja para Román; Tomás Rufo se va de vacío con el lote de la tarde  

La familia Martínez Conradi descubrió por la mañana en Vista Alegre el azulejo conmemorativo del indulto de Tapabocas, anunciaron que habían traído la corrida que querían y por la tarde se salieron del mapa: fue, en verdad, una gran corrida, la más completa de su temporada -el año de los grises andaba en el alero- y la más importante por el escenario del que se trataba: Bilbao. Tres toros de muy alta nota —2º, 3º y 6º— y un balance artístico paupérrimo con una solitaria oreja para Román.

Como rompeplaza había saltado uno de los dos cinqueños —1º y 3º— de la corrida, a casi un mes de cumplir los seis años. No solo fueron los más viejos, sino además los más pesados: 569 y 563 kilos, respectivamente. Pero con tipo diferente, unidos por la seriedad. Aquel contaba con una alzada y una hondura tremendas y este, aun con su anchura, devolvía las líneas de la casa a su ser, bastante más bajo.

Respondieron a lo que apuntaban sus hechuras. Es decir, inabordable el primero, absolutamente desentendido, con la cara por las nubes y complicado de matar —caminador además— y un dechado de virtudes el tercero, sostenido su categórico modo de embestir. El nombre era lo más feo que tenía: Cucaracha. Un toro muy notable, especial con su embestida por la mano izquierda.

También sacó nota Dorado con sus apenas 508 kilos y su viva bravura, muy definido desde el principio, con una embestida uniforme y, sobre todo, siempre con el mismo ritmo. Tampoco perdió la humillación —un pelín a últimas— y esto es importante. A Dorado le acabó cortando Román una oreja con una gran estocada a modo de tapabocas y a Tomás Rufo se le terminó de escapar la ocasión precisamente con la espada. El valenciano se tapó, incluso sin convencer —ahora explico por qué—; el talaverano ni siquiera —también lo argumentaré—.

Román quiso demostrar su evolución a la verónica —tiene todavía margen— tanto en el saludo como en el quite, resueltas las intervenciones a una mano. Dorado lo hizo de maravilla en ambas largas («ojo por el izquierdo», anoté). Apenas lo castigó en el caballo. Y emprendió una faena básicamente diestra en la que jugó con la distancia, entre pausas y tiempos que se hicieron largos, para ir muy despacio al toro y torear muy deprisa.

Encajado y por abajo pero veloz, el final de la segunda serie subió enteros antes de enseñar la calidad del pitón izquierdo en una sola tanda para no volver a coger nunca esa mano. No lo entendí. Quizá la culpa sea mía, que siempre exijo por encima de su tope. La obra bajó de tono; el recurso de las manoletinas pretendió levantarlo. Pero fue verdaderamente la gran estocada la que lo consiguió. Paseó una oreja y a Dorado lo arrastraron las mulillas en medio de una ovación.

Otra sonó en el arrastre de Cucaracha. Tomás Rufo abundó con el capote, pero tanto en el recibimiento como en el turno de quites —como réplica a las chicuelinas de Emilio de Justo— abusó de los pies juntos, un pecado para un tipo que tiene (o tenía) una verónica tan admirable. Lo malo vino después con la absoluta falta de convicción.

Rufo empezó por su mano, la zurda, que también era la del toro, pero siempre por fuera. Nunca estuvo en el muletazo, sino asomado a él. Tan en el aire todo. El toro de La Quinta no paró de embestir con son por uno y otro lado, murió de un bajonazo y una estocada caída y se arrastró con todos sus despojos. Rufo hizo así con la mano. Como diciendo que en el siguiente sería.

Sin embargo, en el siguiente tampoco fue. Y eso que el sexto imponía menos, tan sacudido de carnes, y se daba con extraordinarias calidades, los flecos de lo exquisito. Tomás es posible que ahora se asentara más y trazara con su zurda los mejores naturales de su actuación. Que con un lote de este calado fueron muy poco, demasiado poco. Una pena tratándose de Bilbao.

Fueron manejables de zona media, con sus matices, el cuarto, muy apoyado en las manos y, por tanto, frenado, con el que Emilio de Justo armó un paciente trabajo para romper esos diques. Y también el quinto, al que Román volvió a matar con enorme determinación.

Plaza de Vista Alegre. Miércoles, 26 de agosto de 2026. Tercera de feria. Un cuarto de entrada. Toros de La Quinta, dos cinqueños pasados (1º y 3º); serios y hechurados; un caballote el 1º y sacudido de carnes el 6º; muy notables 2º, 3º y 6º; infumable el 1º; manejables con sus matices 4º y 5º.

Emilio de Justo, de tabaco y oro. Tres pinchazos y estocada honda tendida. Aviso (silencio); estocada. Aviso (saludos).

Román, azul y oro. Gran estocada (oreja); espadazo (leve petición y saludos)

Tomás Rufo, gris plomo y oro. Bajonazo y estocada caída (palmas); estocada caída (saludos).

 Noticias de Cultura

Te puede interesar