Hablamos con Enric Gallego (Barcelona, 1986) con el ruido de fondo de un entrenamiento infantil en el que está uno de sus tres hijos. Es lo que tiene la vida del delantero del CD Tenerife, Pichichi de LaLiga Hypermotion con siete goles, a sus 40 años. Sus obligaciones no son sólo profesionales sino también familiares. «Por mi edad, pienso que cada día es un regalo, porque al final tengo muchos ex compañeros que con mis años ya se han retirado», cuenta a EL MUNDO.
El delantero del Tenerife, con siete tantos, está en lo alto de la tabla de goleadores de Segunda División. Antes de triunfar fue albañil, camionero y operario de aire acondicionado
Hablamos con Enric Gallego (Barcelona, 1986) con el ruido de fondo de un entrenamiento infantil en el que está uno de sus tres hijos. Es lo que tiene la vida del delantero del CD Tenerife, Pichichi de LaLiga Hypermotion con siete goles, a sus 40 años. Sus obligaciones no son sólo profesionales sino también familiares. «Por mi edad, pienso que cada día es un regalo, porque al final tengo muchos ex compañeros que con mis años ya se han retirado», cuenta a EL MUNDO.
Sus 19 goles en Primera RFEF la temporada pasada trajeron de vuelta a un equipo tinerfeño que sólo pasó un año en el purgatorio. Los siete que lleva en esta loca Segunda división mantienen a los isleños duodécimos con tres victorias, cinco empates y tres derrotas. «Yo tengo cuerda para rato, llevo tres años sin lesiones y sin perderme un entrenamiento», apunta un jugador que dice que no mantiene ninguna rutina especial más allá del ayuno intermitente, una dieta equilibrada y «algún dulce» en ciertas ocasiones.
La vida le sonríe en el final de su carrera a este currante del balón. Comparte vestuario con jugadores que no habían nacido cuando él empezó con su mujer hace más de 20 años. «A los chicos que van subiendo intento ayudarles dándoles tres o cuatro consejos cuando veo que lo necesitan», explica sobre muchos de los jóvenes con los que entrena cada día y con los que compite por un puesto en el once de Álvaro Cervera, del que sólo salió en la derrota frente al Castellón, líder de la categoría.
Incluso ahora, su ego se mantiene controlado entre un jugador que tardó en triunfar, debutó en el fútbol profesional con 31 años, y otros que «sólo han comido barro en su carrera». «No sé por qué me ha costado tanto, pero te diría que si no llego a ascender con el Extremadura a lo mejor no hubiese sido ni profesional», cuenta con la tranquilidad de saber que en la lotería, aunque tarde, tocó su número.
Y quizás es algo que él no se imaginara. Aunque siempre tuvo claro que quiso ser futbolista, a la meta se le iban añadiendo obstáculos como los dos años en los que estuvo sin competir en su época de juvenil cuando suspendieron a su equipo. «Es que no sabía por dónde tirar. Sí que fui a algún equipo a probar y el entrenador no me quiso», recuerda el apasionado de un deporte en el que continuaba organizando pachangas con sus amigos hasta que en el Buen Pastor, su antiguo club, le ofreció empezar en el regional hasta que le fichó el Alzamora.
Ahí empezó el verdadero sacrificio, porque en el club catalán cobraba 175 euros para gasolina y entre la necesidad y su gusto por conducir, decidió sacarse el carnet de camión y compaginar el volante con su vida de futbolista. «Aunque el curro más duro fue montar frío industrial para cadenas de supermercados, me tiré 21 días seguidos trabajando de noche», rememora el jugador que vivió dos grandes sustos por dormirse unos segundos en carretera cuando trasladaba mercancías de Barcelona a Girona.
Albañil, operario de aire acondicionado, camionero… y mientras Enric Gallego seguía metiendo goles en los campos de la regional catalana. «Miedo no he tenido nunca, cuando he tenido que buscarme la vida lo he hecho. Me considero un buscavidas, si no hubiese salido, me hubiese buscado la vida de otra manera», apunta. Y entonces llegó el Extremadura, el equipo que apostó por él, con el que ascendió al fútbol profesional y con el que, por fin, vio las mieles a un sacrificio que había durado más de 31 años. «Nunca le he dado mucha importancia al dinero, con que tenga 50 euros en la cartera estoy tranquilo», añade.
Y todo lo lento que llegó su aterrizaje en el fútbol profesional, se aceleró hasta el punto en que su debut en Primera llega menos de seis meses después. Lo hace contra el Atlético enfrentándose, ni más ni menos, que a Godín y a Giménez. «Pensé: ‘hostia a ver si voy a hacer el ridículo», pero les gané el primer balón y me dije: palante», cuenta sobre una fecha señalada que tampoco dice que le hizo verse como un jugador de Primera «porque estás en una rueda que no te da tiempo ni a disfrutarlo».
Cuando echa la vista atrás, hoy, tras seis temporadas en el Tenerife, en las que ha anotado casi 60 goles en 190 partidos, piensa en lo difícil de lo conseguido. «Por mi camino y mi situación veía casi imposible que nadie apostara por mí, ni yo mismo», se alegra un delantero que ve muy lejos el colgar las botas algo que sólo haría si ve que se va «arrastrando por el campo». «Hace muchos años le decía a mi mujer de ser padres para que mi hijo me viera jugar y ahora me ven los tres», revela el futbolista cuyo futuro lo ve en algún cuerpo técnico pero no como primer entrenador.
El domingo a las 21.00 horas la familia de Enric podrá verle de nuevo en el Heliodoro frente al Andorra. Quizás el pequeño se quede en casa, ya que el lunes tiene guardería a sus tres años, pero este padre futbolista ya no le pide más a un deporte que, aunque tarde, «se lo ha dado todo». «A día de hoy, creo que me costaría hacerme a otra vida», concluye pese a que las tuvo, y muchas.
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