El Valencia despliega el paracaídas para evitar el desplome: agenda y credibilidad de Braulio Vázquez para firmar a un entrenador con galones

«Creo que puedo ayudar al Valencia». Las palabras con las que Braulio Vázquez (Pontevedra, 1972) resume por qué ha aceptado convertirse en el nuevo director deportivo del club las podía haber firmado cualquier otro elegido, pero el caso del gallego encierran conocimiento y verdad. «Sé dónde voy y cómo reciben a los jugadores a las tres de la mañana», añadió en su despedida, entre lágrimas, de Osasuna, el club en el que ha sido feliz y que ha hecho crecer los últimos nueve años.

 El club ficha al gallego como director deportivo y paga su cláusula de 290.000 euros a Osasuna. Con el diagnóstico de lo que pasa en la plantilla, busca técnico y Ernesto Valverde ya le ha dicho que no  

«Creo que puedo ayudar al Valencia». Las palabras con las que Braulio Vázquez (Pontevedra, 1972) resume por qué ha aceptado convertirse en el nuevo director deportivo del club las podía haber firmado cualquier otro elegido, pero el caso del gallego encierran conocimiento y verdad. «Sé dónde voy y cómo reciben a los jugadores a las tres de la mañana», añadió en su despedida, entre lágrimas, de Osasuna, el club en el que ha sido feliz y que ha hecho crecer los últimos nueve años.

Braulio es el paracaídas que ha desplegado el Valencia para tratar de frenar la caída en picado que les asomaba peligrosamente, una vez más, a Segunda División. Pero, a diferencia de las últimas y extravagantes apuestas de los Lim, él llega con un diagnóstico claro, por muchas razones que van más allá de haber estado dentro hace más de 13 años. Aquel Valencia, pese a las dificultades que acabaron llevando a la venta, en nada se parecía al actual.

No era la primera vez que su nombre se ponía sobre la mesa por parte de los ejecutivos valencianos e incluso de Carlos Corberán que, a modo de manager general, quiso tenerlo a su lado. Imposible. En Singapur eligieron hace un año la figura de Ron Gourley, un CEO de fútbol escocés, a tres años de jubilarse y desconocedor del mercado, no sólo del español. Además, su reestructuración del área deportiva consistió en prometer que buscaría un director deportivo con conocimiento de LaLiga para acabar rodeándose de extravagantes ayudantes en la secretaría técnica, cuyas recomendaciones de fichajes espantaban al entrenador. Se consumaron De Haas, de la segunda portuguesa, Dieng, de la Liga egipcia -gratis pero muy lejos del nivel de Primera- y la apuesta de cuatro millones de euros por el japonés Sato.

El mercado que tenía que impulsar al Valencia fue muy pobre… y le ha costado dinero a la familia Lim, lo único que hace que se enciendan sus alarmas. No hubo ventas, lo que paralizó toda la maquinaria y obligó al máximo accionista a capitalizar un préstamo de 35 millones con el que engordar el fairplay y poder inscribir a Guido Rodríguez -tras una gruesa prima de fichaje- y a los tres recién llegados. Sobre la bocina lo hicieron Arnau Martínez (6 millones) y Maffeo y Harvey Elliot cedidos. Otro esperpento estuvo a punto de consumarse cuando el club se fijó en el delantero alemán del Birmingham City, Marvin Ducksch, con antecedentes por un atropello bajo los efectos del alcohol. Esta operación, como la negociación con el Levante por Etta Eyong, fue negada por el CEO en una rueda de prensa donde dejó su epitafio: «Se han tomado las decisiones correctas, sólo hay que ver el equipo».

El Valencia venía de hacer un partido «de vergüenza», en palabras de Corberán, en Riazor y, apenas tres días después, el presidente Kiat Lim vio lo mismo en el palco de Mestalla: un equipo vapuleado por el Barça, colista y con la grada incendiada contra la propiedad y contra Carlos Corberán, a quien Gourlay tomó la decisión de renovar hasta 2028 en junio. Perdida la confianza en el escocés, por el coste de su gestión deportiva y el impacto en las cuentas, el presidente buscó entonces otras opiniones en los ejecutivos locales y todas apuntaron a Braulio Vázquez, aunque hubiera que pagar 290.000 euros de su cláusula.

El gallego puede hacer una disección completa sin poner un pie en Valencia. De hecho, su primer contacto con el equipo ha sido en Vitoria, donde hoy juegan con el Alavés. El empequeñecimiento del club en los últimos cuatro años ha hecho que se lo haya encontrado como rival de Osasuna en el mercado. Le ha ganado la mano varias veces y sabe cómo corregir esa debilidad. Por eso ha pedido libertad para manejar un presupuesto de compras y ventas para armar un equipo equilibrado que deje de sufrir. Si el cambio al Nuevo Mestalla aumenta los ingresos, incluso poder apretar para volver a Europa.

Pero eso será a partir de enero. La urgencia ahora es hacer que el equipo sume puntos. Aunque su lealtad estaba en Osasuna, Braulio tenía un ojo en Valencia. Siempre, pero más desde que su hijo, Jesús Vázquez, forma parte del primer equipo. «Se enteró diez minutos antes», confesó. Se trata de un caso inédito en el fútbol español pero, respetando todos los códigos de vestuario, tiene el pálpito de lo que siente la plantilla, lo bueno y lo malo.

Su primera gran decisión será elegir entrenador. Ha tratado de convencer a Ernesto Valverde de que salga de su retiro, pero no ha tenido éxito. Sabe que necesita experiencia y autoridad para manejar la situación. En la recámara, Jagoba Arrasate y Javier Aguirre. Su palabra será clave para convencer de que, esta vez sí, este proyecto no naufragará.

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