De Barcelona a Londres

Acalladas las voces pero no los ecos del clásico, el fútbol español vuelve la mirada hacia Londres, donde hoy se celebra la gala de entrega del Balón de Oro. Dos de los actores más destacados del partido, Lamine y Mbappé, conforman junto a Kane, que parte con ligera ventaja en las apuestas, el trébol de favoritos. Un canto a tres voces al fútbol de ataque, el más brillante y el mejor pagado.

 Acalladas las voces pero no los ecos del clásico, el fútbol español vuelve la mirada hacia Londres, donde hoy se celebra la gala de entrega del Balón de Oro. Dos de los actores  

Acalladas las voces pero no los ecos del clásico, el fútbol español vuelve la mirada hacia Londres, donde hoy se celebra la gala de entrega del Balón de Oro. Dos de los actores más destacados del partido, Lamine y Mbappé, conforman junto a Kane, que parte con ligera ventaja en las apuestas, el trébol de favoritos. Un canto a tres voces al fútbol de ataque, el más brillante y el mejor pagado.

El veredicto contentará por aquí a unos cuantos millones de aficionados y disgustará a otros tantos. Y, además, que si Rodri, que si Fabián, que si faltaban Raphinha y Pedri…Todos tendrán razón. Mejor dicho, todos tendrán razones para asentir o discrepar. Esas razones son, en realidad, argumentos contaminados a menudo por la subjetividad más partidista.

En el fútbol, una pasión más que una afición, las opiniones están sometidas en muchos a una visceralidad primaria. Los hinchas futbolísticos más irremediables se parecen a los activistas políticos más irreductibles. Unidos por el forofismo y el sectarismo, son ejemplares humanos catalogados en taxonomías gemelas. Especímenes fanatizados en los que la tripa prevalece sobre la cabeza, una estructura secundaria, y en los que lo sanguíneo se impone a lo neuronal en un proceso reductor de la inteligencia.

Una distinción del tipo del Balón de Oro reúne demasiadas dosis de relativismo como para aceptarla sin más, precedida por la publicidad y alentada por los intereses. Pero seguro que nadie disentirá de la decisión del jurado que ha otorgado el Premio Princesa de Asturias de los Deportes a Leo Messi, entregado el viernes en ese anual acto de la dinastía reinante en el que lo vistoso es sustituido por lo elegante y lo festivo por lo solemne.

El fútbol no ha gozado históricamente de los favores del galardón, en la medida en que un jurado de amplio espectro periodístico y deportivo le reconoce un alto porcentaje de «show business». Incluso se le consideraría excesivamente popular como para resultar del todo adecuado en una gala en la que el elitismo también consiste en acordarse de deportes menos evidentes, que reciben así un reconocimiento de máximo rango institucional.

La Corona debe ser muy cuidadosa con el nombre de quien recibe la vitola real. Premiador y premiado han de prestigiarse mutuamente. En ese sentido, los enredos fiscales de Messi y la actitud del equipo argentino, en el que ostenta la capitanía, después de la final del Mundial no terminan de redondear la ejemplaridad del personaje. En conjunto, sin embargo, sus prendas profesionales y humanas inclinan a su favor la balanza.

En 39 ediciones, el Premio sólo se había rendido al fútbol en tres. En 2002, a la Selección brasileña. En 2010, a la española. Y en 2012, al dúo Iker Casillas y Xavi Hernández (2012). En la 40ª, se ha inclinado, reverencial, ante Messi, próximo también a cumplir en junio 40 años, el único ganador, pues, individual. Si alguien merecía recibirlo en solitario era Leo, sexto en las apuestas del dorado Balón, pero primero en lo que conserve de fría imparcialidad el ardiente corazón del fútbol.

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