La magia se produce al caer la noche. El agua del mar, embalsada durante días y calentada por el sol, disminuye entonces su temperatura con rapidez. Sobre su superficie, cuando todos duermen, nace una fina lámina salada que se cosecha con delicadeza al amanecer. Nace así la flor de sal, una exquisitez por su valor gastronómico y organoléptico. La llamativa transformación ocurre en paisajes sorprendentes como las salinas de Cabo de Gata, una extensión de 400 hectáreas de terrenos inundables junto al desierto de Almería que, desde la primavera de 2025, se puede visitar. Además de conocer la extracción de este mineral e incluso recogerlo, la ruta permite disfrutar de la elegancia de los flamencos y adentrarse, acompañados de la singular salicornia, en la historia de uno de los parques naturales más asombrosos de la geografía ibérica. “Es un lugar increíble”, confirma Arantxa Roldán, guía en este territorio marciano.
“Una isla de biodiversidad impresionante”

Uno de los aspectos más característicos de las salinas almerienses es que sus aguas son permanentes a pesar de ubicarse en la zona más árida de la península Ibérica. Su localización las convierte, además, en punto clave para la emigración de aves entre África y Europa. “Es como un área de descanso para muchas”, cuenta Emilio González, presidente de la Sociedad para el Estudio y Recuperación de la Biodiversidad Almeriense (Serbal). El especialista explica que algunas especies paran aquí camino de Tarifa para cruzar el Estrecho y otras, que tienen como referencia la isla de Alborán, viajan directamente al sur tras parar en este humedal. Algnas nidifican, como los flamencos, avocetas y cigüeñuelas. En su entorno, gracias a la reserva ornitológica de Las Amoladeras, los amantes de la ornitología están de suerte: pueden ver la ganga ortega o el camachuelo trompetero, de llamativo pico rojizo. Incluso a la alondra ricotí. “Apenas hay un millar de individuos en España y de los diez de Andalucía, todos están en Cabo de Gata”, añade González. Más allá, el camaleón, la víbora hocicuda o la tarántula europea. “El entorno de las salinas es una isla de biodiversidad impresionante”, sentencia el responsable de Serbal.
Una visita guiada por las salinas de este parque natural en Almería permite conocer la cosecha del mineral y, de paso, adentrarse en un entorno con una biodiversidad impresionante y en paisajes desérticos
La magia se produce al caer la noche. El agua del mar, embalsada durante días y calentada por el sol, disminuye entonces su temperatura con rapidez. Sobre su superficie, cuando todos duermen, nace una fina lámina salada que se cosecha con delicadeza al amanecer. Nace así la flor de sal, una exquisitez por su valor gastronómico y organoléptico. La llamativa transformación ocurre en paisajes sorprendentes como las salinas de Cabo de Gata, una extensión de 400 hectáreas de terrenos inundables junto al desierto de Almería que, desde la primavera de 2025, se puede visitar. Además de conocer la extracción de este mineral e incluso recogerlo, la ruta permite disfrutar de la elegancia de los flamencos y adentrarse, acompañados de la singular salicornia, en la historia de uno de los parques naturales más asombrosos de la geografía ibérica. “Es un lugar increíble”, confirma Arantxa Roldán, guía en este territorio marciano.
Para llegar hasta las salinas hay que atravesar, primero, un bosque de pitas y ramblas donde un puñado de heroicos árboles resisten en una tierra seca que parece gritar por una gota más, un último sorbito para sobrevivir a la sequía y el calor. Son las condiciones a las que se adapta el azufaifo, joya botánica “fácil de ver gracias a los senderos públicos cercanos al centro de visitantes de Las Almoladeras”, cuenta el director del parque natural Cabo de Gata-Níjar, Salvador Parra, quien recomienda allí una parada para hacerse una idea sobre el ecosistema formado por la Sierra de Gata y su orla costera de charcos salinos. Desde ellos llegan los ecos de los flamencos rosados que se pueden avistar desde el mirador junto al pueblo de El Cabo, donde arranca una línea de mar totalmente recta que, más de seis kilómetros después, llega hasta el Arrecife de las Sirenas y sus curiosas formaciones volcánicas.

El paisaje huele al salitre que llega con la brisa marina. En las dunas crece la siempre viva, el narciso marítimo y un insólito azafrán local de llamativa floración invernal a ras de suelo. Es un terreno plano, donde solo levantan las viejas sierras volcánicas de color oscuro, pero también una enorme y blanca pirámide. Es una garbera, una forma de almacenar la sal al aire libre. En este rincón almeriense espera a su exportación, por barco, al norte de Europa, donde se usa para quitar el hielo de las carreteras. Es el principal destino de las alrededor de 40.000 toneladas anuales —sin tratar— que se extraen en estas salinas, aunque también se utilizan para piscinas, salazones cárnicos y consumo humano. De flor de sal, su mejor versión, son unas 17 toneladas al mes. De cerca, brilla. “Y parece más salada”, dice, entre risas, José Luis Díaz Segovia, uno de los visitantes. Tiene razón, porque por estructura y pureza, tiene un sabor más intenso.
De los romanos al cine

“Este humedal tiene más de 2,6 millones de años de historia, pero la explotación salina no arrancó hasta la época romana”, relata Roldán en los primeros minutos de la visita. Fueron ellos quienes, según subraya la guía, construyeron los casi seis kilómetros de canales que permiten que el agua del mar se concentre en más de un centenar de balsas. A principios del siglo XX, una familia catalana, Costa, se hizo cargo de la explotación y construyó el pequeño poblado que hay junto a la playa, con una treintena de viviendas donde residían los salineros y hoy lo hacen sus descendientes. En él destaca, alta y de perfil erosionado, la iglesia de San Miguel de las Salinas y el antiguo cine, que ocupaba un sencillo edificio de madera. En los años noventa, la salina pasó a manos del Grupo Molins, de capital francés, que tiene instalaciones similares en el Puerto de Santa María y Torrevieja. Y que en abril de 2025 decidió impulsar las visitas guiadas a pie por este entorno salado.

El agua va y viene por los canales al dictado de los técnicos de la compañía: gracias a las esclusas, mueven miles de litros a su antojo con facilidad. La cosecha de sal se realiza entre mayo y septiembre por un equipo de una treintena de empleados que cubren cada centímetro de su piel para evitar el impacto del sol. Ya no lo hacen a mano y con bueyes, sino con herramientas y camiones. Da igual. Las balsas de evaporación siguen hipnotizando con sus colores. Desde los tonos azulados clásicos de las zonas con menos concentración salina hasta las tonalidades moradas y lilas gracias a bacterias y microalgas. Son más llamativas en los cristalizadores, esteros más pequeños donde hay hasta 300 gramos por litro. El arcoíris se completa con el verde de la salicornia, especie vegetal apreciada en gastronomía que aquí se deja en paz. Más allá, los prismáticos permiten ver las tonalidades rosas de los portentosos flamencos y unas pequeñas cigüeñuelas que aletean a toda velocidad.

La ruta a pie dura alrededor de una hora. La versión más sencilla cuesta 10 euros, pero hay otras opciones que permiten desde recolectar flor de sal (45 euros) hasta vivir experiencias gastronómicas o celebrar catas durante la caída del sol. Es un atardecer que el fotógrafo almeriense Javier Lozano conoce bien porque lleva disfrutándolo, a pie de playa, desde su infancia. “Pasar la tarde en esa zona del Cabo de Gata es único” reconoce este enamorado de las salinas y de todo el parque natural. “Hay pocos sitios en el Mediterráneo donde mires a tu lado y no veas edificios. Y este es uno de ellos”, afirma quien también celebra la luz, azulada en las mañanas, cálida en las tardes, única cuando hay calima. “Hay un toque africano muy especial. Entiendes que estás viendo algo distinto y no sabes ni qué es, pero se nota en cómo se refleja en el mar, en los edificios. Por eso el cine ha venido tanto a Almería”, destaca quien celebra el agua cristalina y de gran salinidad que hay en este litoral. En el entorno de las salinas, de hecho, se han rodado series recientes como Entre Tierras o La Casa de Papel, ficciones que intentan, sin éxito, superar esta realidad.
“Una isla de biodiversidad impresionante”

Uno de los aspectos más característicos de las salinas almerienses es que sus aguas son permanentes a pesar de ubicarse en la zona más árida de la península Ibérica. Su localización las convierte, además, en punto clave para la emigración de aves entre África y Europa. “Es como un área de descanso para muchas”, cuenta Emilio González, presidente de la Sociedad para el Estudio y Recuperación de la Biodiversidad Almeriense (Serbal). El especialista explica que algunas especies paran aquí camino de Tarifa para cruzar el Estrecho y otras, que tienen como referencia la isla de Alborán, viajan directamente al sur tras parar en este humedal. Algnas nidifican, como los flamencos, avocetas y cigüeñuelas. En su entorno, gracias a la reserva ornitológica de Las Amoladeras, los amantes de la ornitología están de suerte: pueden ver la ganga ortega o el camachuelo trompetero, de llamativo pico rojizo. Incluso a la alondra ricotí. “Apenas hay un millar de individuos en España y de los diez de Andalucía, todos están en Cabo de Gata”, añade González. Más allá, el camaleón, la víbora hocicuda o la tarántula europea. “El entorno de las salinas es una isla de biodiversidad impresionante”, sentencia el responsable de Serbal.
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