La muerte, así sin más, es demasiado abstracta, lejana y hueca para doler. Además es fea. Y la ausencia, así sin más, demasiado grande y vacía para hacer daño. Además aburre. Lo decía Borges en un poema tan exageradamente fúnebre como amable y entusiasta con la vida. «Libre de la memoria y de la esperanza,/ ilimitado, abstracto, casi futuro,/ el muerto no es un muerto: es la muerte». Esta mal traducir versos a prosa, pero lo que de verdad hiere no es la ausencia, así sin más, sino es la sensación de pérdida que acompaña a cada gesto común, a cada bostezo matutino, a cada paseo un día cualquier de sol cuando la persona con la que tanto quisimos no está para compartirlo.
La directora debutante Lucía Aleñar Iglesias completa de la mano de una soberbia actriz protagonista un delicado y deslumbrante cuento de fantasmas sin fantasmas
La muerte, así sin más, es demasiado abstracta, lejana y hueca para doler. Además es fea. Y la ausencia, así sin más, demasiado grande y vacía para hacer daño. Además aburre. Lo decía Borges en un poema tan exageradamente fúnebre como amable y entusiasta con la vida. «Libre de la memoria y de la esperanza,/ ilimitado, abstracto, casi futuro,/ el muerto no es un muerto: es la muerte». Esta mal traducir versos a prosa, pero lo que de verdad hiere no es la ausencia, así sin más, sino es la sensación de pérdida que acompaña a cada gesto común, a cada bostezo matutino, a cada paseo un día cualquier de sol cuando la persona con la que tanto quisimos no está para compartirlo.
Sobre este precepto, se levanta Forastera con una gramática tan delicada como precisa y misteriosa. Llama la atención, la sabiduría de la cámara de la debutante Lucía Aleñar Iglesias a la hora de llenar vacíos, de profundizar en heridas, de abrazar sentimientos. Se cuenta la historia de una joven que de repente, en un verano caluroso y pleno, se ve sorprendida por una muerte. Su abuela fallece y detrás de ella deja, como todas las abuelas, además de recuerdos, muchos aromas de abuela pegados a su ropa, a su casa, a sus lugares, a sus decires y a sus manías. Por azares del azar, uno de los primeros días del duelo obligado, vestirá sus vestidos de otros tiempos y, así, como sin querer queriendo, dará con el secreto de una identidad en fuga. La máscara es la ausencia. Deslumbrante descubrimiento. Hasta el abuelo (magnífico Lluís Homar) querrá creer lo que no es en un juego que, en manos menos hábiles que las de Aleñar, podría haber acabado de cualquier manera.
Pero no, la directora debutante se las arregla para confeccionar un cuento de fantasmas sin fantasmas, un relato de misterio sin otro enigma que el de la memoria, una tragedia que, por momentos, se diría farsa. Más allá del gusto y sinceridad que demuestra en todo momento la puesta en escena de Forastera, lo que más llama la atención es la presencia para nada fantasmal (o un poco sí) de una actriz como Zoe Stein con una habilidad casi sobrenatural para moverse en el límite mismo de las cosas. Intriga por su mirada lejana, divierte por su brusquedad nada impostada, gusta por la manera tan natural y encantadora con la que, en efecto, se disgusta con su madre (A Nuria Prims se la ve poco, pero cada vez que aparece ya estamos echándola de menos). Sin Zoe, definitivamente, la película no es imaginable siquiera.
Bien es cierto que, deslumbrada por la premisa principal, la película se extravía ligeramente en unas subtramas (la del noviete, la de la hermana) que se antojan por desarrollar o que, directamente, aportan poco o nada. Sea como sea, lo que queda es, además de una muy brillante presentación para todos los largos que vendrán, la perfecta radiografía de lo que dejan los muertos, que no es tanto muerte, como la herida viva y muy presente de todo lo que quisimos con ellos. Terminaba Borges: «aquí está el patio que ya no comparten sus ojos,/ allí la acera donde acechó su esperanza./Aun lo que pensamos podría estar pensándolo él;/ nos hemos repartido como ladrones/ el caudal de las noches y de los días».Qué bonita crítica de Forastera escribió al argentino antes de verla siquiera.
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Directora: Lucía Aleñar Iglesias. Intérpretes: Zoe Stein, Lluís Homar, Nuria Prims. Duración: 97 minutos. Nacionalidad: España.
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