10 experiencias en el Matarraña para sacarle todo el jugo a la comarca aragonesa en septiembre

Wikipedia dice, todo el mundo repite —incluida la IA—, y será verdad mientras no se demuestre lo contrario, que el río mediterráneo mejor conservado del planeta es el Matarraña. Este afluente del Ebro, de casi 100 kilómetros de longitud, ha dado nombre a la comarca en la que Teruel se funde y confunde con Tarragona y Castellón, y ha labrado las rocas calizas de los Puertos de Beceite, donde nace, como si en vez de agua pura llevara carburo de silicio verde, abrasivo y cortante a más no poder. Aparte de fabulosos cañones y de pozas que piden a gritos bañarse hasta bien entrado el otoño, este rincón del noreste de la provincia de Teruel tiene muchas otras cosas que sorprenden al viajero.

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 Pedalear por la vía verde de la Val de Zafán, caminar por el Solo Sculpture Trail, dormir en un antiguo molino de papel y más pistas en esta zona de la provincia de Teruel que es tierra de cañones y, sobre todo, de buitres  

Wikipedia dice, todo el mundo repite —incluida la IA—, y será verdad mientras no se demuestre lo contrario, que el río mediterráneo mejor conservado del planeta es el Matarraña. Este afluente del Ebro, de casi 100 kilómetros de longitud, ha dado nombre a la comarca en la que Teruel se funde y confunde con Tarragona y Castellón, y ha labrado las rocas calizas de los Puertos de Beceite, donde nace, como si en vez de agua pura llevara carburo de silicio verde, abrasivo y cortante a más no poder. Aparte de fabulosos cañones y de pozas que piden a gritos bañarse hasta bien entrado el otoño, este rincón del noreste de la provincia de Teruel tiene muchas otras cosas que sorprenden al viajero.

La primera es que aquí no hablan como los demás turolenses, sino chapurriau, una variedad aragonesa del catalán cantarina y cadenciosa que, a los forasteros, salvo que sean de las provincias de al lado, les suena a valenciano. Matarraña —o Matarranya, como lo escriben también— es un no parar de sorpresas. Tomen nota de estas 10.

Penetrar en la comarca siguiendo a un tren loco

Por Matarraña pasó un tren hoy difícil de explicar, que iba de La Puebla de Híjar a Tortosa, del norte de Teruel al Bajo Ebro, y que pretendía llegar algún día hasta la orilla del mar. Un loco sueño ferroviario que duró 30 años (de 1941 a 1971) y que dejó este abrupto y solitario rincón del mapa aragonés lleno de puentes inútiles y de estaciones en mitad de ninguna parte.

Se esfumó el tren, pero su itinerario y su espíritu insensatos permanecen en la vía verde de la Val de Zafán. Una buena manera de hincarle el diente a la comarca es echarse a pedalear desde la que fue la estación de Valjunquera con las bicis y los guías de Senda. Salvo en un par de túneles, que no se ve nada, se va descubriendo un paisaje cada vez más ordenado de olivos y almendros y una luz cada vez más mediterránea. Hay una parada obligada en el alto viaducto que hay a 9,5 kilómetros del inicio, para saludar al río Matarraña. Al otro lado, en otra antigua estación, se halla el muy recomendable hotel La Parada del Compte.

Comer lo que comió Picasso

Pedaleando por una vía verde llana no es que se haga mucho ejercicio, pero hambre sí que se hace. Para calmarla, no hay mejor opción en toda la comarca que Fonda Alcalá. Ubicado en Calaceite, miembro de la Asociación Los Pueblos Más Bonitos de España, por esta casa de comidas algo más que centenaria —data de 1922— han pasado García Márquez, Álvaro Cunqueiro, Francesc Català Roca, Paco de Lucía, Serrat… No en este orden, lógicamente. El que no pasó, pero sí comió lo que aquí se hace, fue Picasso. Les perdius de Picasso, las perdices que le guisaron en esta casa y le llevaron enlatadas a Francia en 1967, y las judías blancas de Beceite con sardinas de cubo son dos platos legendarios, fundamentales. Pero el chef Ignacio Alcalá se inventa todos los días otros más excitantes y divertidos, que es lo que aprendió a hacer en las cocinas de Neichel y Can Roca.

Hacer senderismo en una galería de arte

He aquí sin duda lo más flipante de la comarca, naturaleza aparte: Solo Houses, una hermosa finca campestre de 200 hectáreas en el municipio de Cretas, donde llevan 13 años materializándose como naves alienígenas casas alucinantes de arquitectos de vanguardia que se pueden alquilar desde 850 euros por noche y donde pronto lo hará un hotel de habitaciones circulares exentas, con vistas al bosque diseñado por Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026. Obviamente, alojarse aquí es solo para amantes de la arquitectura y gente con pasta.

El resto debe contentarse con ver los ovnis de lejos, paseando entre las vides de la bodega Venta D’Aubert y las esculturas del Solo Sculpture Trail, un circuito creado por los propietarios de todo esto, los galeristas Christian Bourdais y Eva Albarrán, para exponer al aire libre y vender obras que tampoco parecen de este mundo. Se tarda hora y media en ver las 20 esculturas y solo cuesta cinco euros. También se puede visitar la bodega y catar cinco de sus vinos por 25.

Asomarse a la vecina Tarragona por un desfiladero

Si pasear por un sendero de pago entre esculturas carísimas parece algo pijo y rebuscado, en el pueblo de al lado, en Arnes, podemos hacerlo en un lugar verdaderamente salvaje, el desfiladero de Els Estrets, y bañarnos en las aguas inmaculadas del río que lo atraviesa —un afluente del río Algás, que a su vez lo es del Matarraña—, sin pagar un euro. Al llegar al aparcamiento donde arranca la senda, descubriremos estupefactos Les Gronses, unas formidables moles anaranjadas donde pululan escaladores, cabras monteses y buitres leonados.

Y nada más echarnos a andar, un cartel que dice: “Parc Natural dels Ports”. Estamos en Cataluña, concretamente en la Terra Alta de Tarragona. Otro cartel advierte que el baño solo está permitido en el Toll Blau (el charco azul). Allí veremos dos o tres humanos y, más adelante, si es que se dejan ver, alguna nutria y la libélula Macromia splendens, en peligro de extinción. Mucho más fácil de observar, libando en las lavandas, es la mariposa Cleopatra. El desfiladero se recorre, yendo y volviendo por camino evidente, en un par de horas.

Dormir en un antiguo molino de papel

Beceite, además de un bonito pueblo, con muchas de sus casas colgadas sobre el encañonado río Matarraña, es el campo base ideal para explorar la comarca, porque está cerca de su paraje más deseado —el Parrizal, donde nace aquél— y porque hay un hotelito familiar que es un hotelazo. La Fábrica de Solfa, que así se llama, fue un molino de papel: con la fuerza del río se trituraba ropa vieja y se obtenía la pasta necesaria. Ahora es una fábrica de actividades: todas las que se cuentan en este reportaje y algunas más. De amorosos cuidados que prodigan Javier y Alberto Moragrega a los que llegan exhaustos después de hacerlas. Y de ricos platos: el recapte de fesols de Beceite, el ternasco de Aragón, las texturas de té de roca y todo lo que se sirve en el restaurante Marca al Agua. Tampoco se desayuna mal, viendo a las nutrias jugar en el río saltarín. Lo único malo es que aparecen al rayar el sol, así que hay que madrugar.

Darse un baño de multitudes y otro en un ‘fish spa’ natural

A solo tres kilómetros de Beceite se encuentra el Parrizal (o Parrissal), el desfiladero que nadie que visita esta comarca deja de admirar y recorrer, a tal punto que hay que reservar onlinepara evitar mayores aglomeraciones de las que ya se forman sobre las tablas de dos palmos de ancho que hay instaladas en las paredes verticales del cañón, a buena altura sobre las aguas impolutas del recién nacido Matarraña. Avanzar nadando por el propio río, que sería lo deseable para librarse del sudor propio y de los atascos, está prohibido.

Donde sí está permitido mojarse y remojarse es en La Pesquera, en las pozas que forma el río Ulldemó, afluente del Matarraña, a tres kilómetros también de Beceite. Comparadas con las de otros ríos de montaña, estas aguas de hipnótico color verde jade son hasta cálidas. Y mucho más relajantes: metes los pies y acuden docenas de diminutos barbos y madrillas a limpiar tus células muertas. Esto es ictioterapia y La Pesquera, un fish spa natural, sin kimonos ni musiquillas new age.

Remar con el último sol en el pantano de Pena

A la misma distancia de Beceite que el Parrizal y La Pesquera, está el pantano de Pena, uno de los más antiguos de Teruel (de 1930) y el único de la cuenca del Matarraña. Si hubiera muchos pantanos, no sería el río mediterráneo mejor conservado del mundo. Ir allí a navegar en kayak al atardecer es una de las actividades que recomienda y organiza La Fábrica de Solfa. Desde el hotel se llega con una bici eléctrica en un cuarto de hora y, después de rodear el embalse en media más, se embarca y se rema hasta el centro para admirar cómo el penúltimo sol se duplica en la cabecera y el agua se vuelve de oro. Girando luego el kayak en redondo y apuntando con la proa hacia el noreste, se ve cómo los últimos rayos iluminan la Caixa, una cumbre que a los matarrañeses les parece que tiene forma de caja de caudales y por eso la llaman así. Si remando y girando se vuelca accidentalmente, o adrede para refrescarse, no pasa nada: aquí está permitido el baño.

Asistir al banquete de 500 aves carroñeras

En la sierra de Arca, donde está la Caixa, anidan multitud de buitres leonados. No es solo que allí hay cortados rocosos idóneos para ellos. Es que al pie de la montaña, en una masía de Valderrobres, vive José Ramón Moragrega, que lleva más de 30 años alimentándolos. Todos los días, Buitreman —así le llaman sale a las 9.15 con una carretilla llena de pulmones de cerdo y la vuelca ante una muchedumbre expectante de estas enormes carroñeras. Hasta 500 de ellas se reúnen para compartir de muy malos modos este desayuno, formando una monumental tremolina de polvo, chillidos e iracundos aleteos. Todo puede verse y fotografiarse en el Observatorio de Aves Mas de Bunyol, una masía que es también un formidable hide, con grandes ventanales orientados a los cuatro vientos para no perderse nada, desde el momento en que Buitreman vuelca la carretilla y se aparta a toda velocidad de sus pequeños de picos afilados como cuchillos —por esova con casco, porque más de una vez ha salido descalabrado—, hasta cuando aparecen los alimoches para disputarse las migajas de la tragantona.

Al despedirse de los visitantes, Moragrega les confía casi entre lágrimas su delicado estado de salud y que sus niños pueden quedarse pronto sin desayuno si alguna entidad pública o privada no asume la gestión del observatorio, que es también alojamiento rural. Es un negocio rentable, asegura.

Vuelta a las rocas huesudas del Masmut

Muchos buitres leonados que desayunan en Mas de Bunyol pasan el resto del día haciendo la digestión en las Rocas del Masmut, en Peñarroya de Tastavins, donde hay una importante colonia de ellos. El PR TE-157, uno de los Senderos Turísticos de Aragón, bien mantenido y señalizado, invita a rodear este manojo de peñas anaranjadas de más de 100 metros de altura, similares a los Mallos de Riglos, cuyo nombre se cree que viene de los masmuda, una tribu bereber que quizá estuviera asentada aquí cuando España era musulmana.

Es una ruta circular de poco más de tres horas, cuatro si el senderista se desvía a los tres kilómetros para subir al mirador del Masmut. Situado a 500 metros de las rocas y a similar altura, es un buen lugar para verlas como las ven los buitres, asomando como las falanges de un gigante muerto y enterrado bajo la costra caliza del Matarraña.

Un pícnic regenerativo para despedirse del Matarraña

La última sorpresa de esta ruta llena de ellas la puede dar Tel·lúric, una masía centenaria del municipio de Ráfels cuyos nuevos propietarios no es que respeten la tradición agrícola de los masos, de estas catedrales civiles del campo matarrañés, es que van un paso más allá. O un paso más acá, porque trabajan la tierra con tal cuidado que no solo no se agota, sino que se regenera. Los olivos, los almendros y las viñas que atiende Sorin Dragoman no son soldados invasores de ejércitos cuadriculados, sino pacíficos hermanos de los pinos, las carrascas, el tomillo, el romero, el té de roca y el poleo.

Con todo lo que aquí se produce (vinos, aceite y almendras con certificación ecológica y de agricultura regenerativa) dispuesto sobre un mantel a cuadros, y también con las carnes a la brasa que salen sin parar de la cocina, se organizan unos pícnics delante de la masía que son una manera estupenda de despedirse del Matarraña. El águila culebrera sobrevuela los cultivos de Tel·lúric sin sospechar que son cosa de humanos.

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