Es sabido que el Madrid eliminó en semifinales de la Copa 1942-43 al Barça con un aplastante 11-1, resultado producido por circunstancias extraordinarias. El 6 de junio el Barça ganó 3-0 en la ida y la crónica enviada al matutino madrileño YA por su jefe de deportes, Eduardo Teus (portero del Madrid en los años veinte), achacó la derrota a un ambiente feroz que habría arrastrado al árbitro, Fombona, a errores decisivos. Así que había que devolver la moneda. Un fabricante espabilado de pitos de hojalata multiplicó la producción para venderlos en la calle de La Victoria, frente a unas frecuentadísimas taquillas para el fútbol, los toros y el teatro. Se los quitaban de las manos. El público, agitado durante toda la semana, acudió febril el día 13, pito en mano, con la convicción de que había que vengar la ofensa. El Barça había sido tercero en la Liga, el Madrid, décimo, y ambos fijaban sus esperanzas en la Copa.
Una eliminatoria de Copa en 1943 abrió una herida entre Madrid y Barça que la concordia impuesta no cerró: el caso de un toledano de Ocaña convirtió un fichaje frustrado en otro motivo de ruptura entre los dos clubes
Es sabido que el Madrid eliminó en semifinales de la Copa 1942-43 al Barça con un aplastante 11-1, resultado producido por circunstancias extraordinarias. El 6 de junio el Barça ganó 3-0 en la ida y la crónica enviada al matutino madrileño YA por su jefe de deportes, Eduardo Teus (portero del Madrid en los años veinte), achacó la derrota a un ambiente feroz que habría arrastrado al árbitro, Fombona, a errores decisivos. Así que había que devolver la moneda. Un fabricante espabilado de pitos de hojalata multiplicó la producción para venderlos en la calle de La Victoria, frente a unas frecuentadísimas taquillas para el fútbol, los toros y el teatro. Se los quitaban de las manos. El público, agitado durante toda la semana, acudió febril el día 13, pito en mano, con la convicción de que había que vengar la ofensa. El Barça había sido tercero en la Liga, el Madrid, décimo, y ambos fijaban sus esperanzas en la Copa.
El partido se disputó en el viejo Chamartín, situado casi donde el actual Bernabéu, aunque girado unos 45 grados. (Paralelo a Padre Damián, no a La Castellana). En un ambiente amenazador y apasionadísimo, el Madrid sale en tromba y en el 6′ Pruden hace el 1-0. Su ritmo se remansa un poco, pero el sonido de los pitos aturde la atmósfera cuando el Barça coge o despeja el balón. Hay burlas a cada pase mal enviado por un culé. En el 28′ Barinaga marca el segundo y casi de inmediato el Barça se queda con diez por expulsión de Benito, una decisión compensatoria del árbitro, Celestino Rodríguez. Benito derribó a Alsúa y según pitaba la falta el colegiado, Barinaga marcaba el 3-0, que no dio por válido. La bronca fue terrible y no encontró mejor gatera que expulsar a Benito de forma exagerada. Diez contra once y en esa atmósfera, el Barça encajó seis goles más en dieciséis minutos. En el cuarto y en el quinto saltaron unos veinte hinchas al campo a abrazar a los madridistas. Al descanso se llegó 8-0.
Nogués, entrenador culé, harto, resolvió en el descanso que el equipo no saldría en la segunda mitad. En vista de ello, en el vestuario del Barça compareció un policía conminándoles a salir bajo amenaza de ser llevados al calabozo. (Esta intervención la ha convertido el imaginario culé en una orden previa al partido de dejarse golear). En la segunda parte el Madrid marcó tres goles más y finalmente el Barça hizo el suyo, acogido con rechifla.
Un joven Juan Antonio Samaranch, periodista de ‘La Solidaridad Nacional’, vespertino barcelonés, hizo una crónica doliente y a mi juicio bien medida, que no obstante le costó la inhabilitación para escribir en prensa hasta los JJ OO de Helsinki-1952.
Para el Régimen fue un desastre. Formaba parte de sus preocupaciones que el fútbol no alimentara recelos que fomentasen el separatismo y multó a ambos clubes. El presidente del Barça, Enrique Piñeyro, Marqués de la Mesa de Asta (militar franquista que desfiló entre los primeros que entraron en Barcelona), dimitió; y tras él, forzado por las circunstancias, su homólogo madridista, Santos Peralba. En el Barça, ‘El Mando’ impuso a Josep Antoni de Albert Muntadas, industrial textil, que a los 35 días lo dejó por la vicepresidencia de la Federación Catalana. Fue sustituido por José Vendrell, coronel en la reserva. En el Madrid el designado fue Santiago Bernabéu, exjugador y exsecretario del club. Funcionario de Hacienda y devoto monárquico, en la Guerra escapó del Madrid republicano y se incorporó al ejército franquista, ya con 40 años, sirviendo como cabo en la campaña de Cataluña.
Nada más llegar al cargo, el 15 de septiembre de 1943, propuso cerrar la herida con un doble amistoso entre ambos clubes. El 31 de octubre se disputó el primero en Madrid, presentado como homenaje a Monjardín, compañero de delantera del propio Bernabéu en los años mozos de ambos. Todo fue versallesco: el Ayuntamiento recibió y agasajó al Barça, que luego visitó El Alcázar de Toledo, acudió invitado por el Madrid al Hipódromo, hubo cena con regalo por parte de Bernabéu de un mechero de oro para cada jugador y un ánfora de plata para el club. El cordial partido acabó con empate a uno. El Barça devolvió las cortesías el 26 de diciembre, día de San Esteban, de tanta significación en la ciudad. El Madrid acudió a misa en la Mercè, fue paseado por el Pueblo Español de Montjuïc, visitó Montserrat, los dos equipos se entrenaron juntos en los pinares de Vallvidrera para los objetivos de los fotógrafos… En los prolegómenos del partido, homenaje al retirado Antonio Franco (tío del luego reputado periodista barcelonés del mismo nombre), el coronel Vendrell bajó al campo a saludar uno por uno a los jugadores del Madrid y regalarles un reloj. El Barça ganó 4-0 adjudicándose así la ‘Copa de la Concordia’, creada al efecto. Habían pasado seis meses del 11-1 y todo había vuelto a su cauce… en apariencia.
En el verano de 1944 el Madrid fichó a Rafael Yunta Navarro, Rafa, un toledano de Ocaña que había despuntado en la Ferroviaria y en el Toledo. Resultó muy bien, fue titular desde su llegada, como interior o medio de ataque. Había fichado como ‘amateur’, con una compensación muy baja, de modo que hacia el final de temporada empezó a lanzar el clásico «qué hay de lo mío». El Madrid le daba largas, se impacientó, supo de ello el Barça y, dado que para los jugadores con ficha ‘amateur’ no operaba el derecho de retención (que impedía a los profesionales salir de su club al final de contrato sin más obligación para retenerles que subírselo un 10%), entraron en contacto con él.
Yunta se lo dijo a Bernabéu para hacerse valer y éste concibió una trampa. Le dijo que se mostrara receptivo y organizara una cita con su contacto, Joaquín Labuena, secretario culé, para el 22 de junio. Le fijó el lugar: la cafetería ‘Dollar’, situada en la proa del edificio donde divergen Alcalá y Gran Vía, en el hoy llamado ‘Edificio Metrópolis’, entonces de ‘La Unión y el Fénix’. Bernabéu, que tenía allí tertulia los jueves, eligió la mesa del encuentro y en la contigua sentó a cuatro amigos, entre ellos un notario que levantó acta de la oferta, con la que se apresuró a denunciar el caso ante la Federación. Entre los acuerdos de paz estaba el de no tantearse jugadores sin conocimiento de la directiva rival. El 29 de noviembre de 1945, la Federación suspendió por dos años a Labuena sin llamarle siquiera a declaración, al tiempo que imponía a Rafa una multa y la prohibición de fichar por el Barça durante el mismo plazo.
Así terminó la paz. Para el madridismo, el Barça había incumplido un acuerdo; para el barcelonismo, Bernabéu había montado una trampa artera. Y las dos cosas eran verdad.
En cuanto a Rafa, cambió su suerte. En definitiva, había utilizado el Barça como palanca para mejorar su contrato, y en el feo asunto algunos no tuvieron claro su papel. Si en la 44-45 había jugado 23 partidos, en las siguientes se quedó en dos, diez y seis. Con 28 años pasó al Valladolid, en Primera, donde le fue bien y allí empezó su carrera de entrenador. Luego haría una larga carrera de no menos de 20 años dirigiendo equipos de tono medio de Segunda, con la perla del primer ascenso de la historia del Pontevedra a la máxima categoría, en la 1962-63. Tuvo largas presencias sobre todo en el Calvo Sotelo de Puertollano y la Cultural Leonesa y terminó afincado en León, donde falleció a los 91 años.
El polvo del tiempo ha enterrado su nombre, pero su caso hizo correr mucha tinta y dejó claro que entre Madrid y Barça la paz empieza nunca.
Noticias de Deportes


