Muere Antonio Vázquez, la sombra de Curro: adiós a un taurino de los que ya no quedan

Antonio fue la sombra de Curro, su hermano, su desvelo. A la vera del maestro Curro Vázquez cuajó como un taurino hecho en las fuentes clásicas de la profesión, un apoderado independiente labrado en el romanticismo de otro tiempo. Ese esmero en el trato, en el fondo y en las formas, marcó su carrera al otro lado de la barrera. Juntos formaron pareja en el campo del apoderamiento y los conocíamos como «los Vázquez». Cuando su hijo Fran entró en la edad adulta, se incorporó al equipo. Curro y Fran han buscado desesperadamente a Antonio sobre el terreno del fatídico accidente ferroviario de Urda (Toledo), durante las últimas 24 horas, con el corazón en la boca. Hasta hallarlo muerto en esta soleada mañana de los montes de Toledo.

 A la vera de su hermano, el maestro Curro Vázquez, cuajó como un taurino hecho en las fuentes clásicas de la profesión, un apoderado independiente labrado en el romanticismo de otro tiempo  

Antonio fue la sombra de Curro, su hermano, su desvelo. A la vera del maestro Curro Vázquez cuajó como un taurino hecho en las fuentes clásicas de la profesión, un apoderado independiente labrado en el romanticismo de otro tiempo. Ese esmero en el trato, en el fondo y en las formas, marcó su carrera al otro lado de la barrera. Juntos formaron pareja en el campo del apoderamiento y los conocíamos como «los Vázquez». Cuando su hijo Fran entró en la edad adulta, se incorporó al equipo. Curro y Fran han buscado desesperadamente a Antonio sobre el terreno del fatídico accidente ferroviario de Urda (Toledo), durante las últimas 24 horas, con el corazón en la boca. Hasta hallarlo muerto en esta soleada mañana de los montes de Toledo.

Antonio Vázquez viajaba en el vagón número 8 del AVE de Renfe que embistió al Iryo parado en vía, «uno de los más jodidos», según narraba ayer su vástago a EL MUNDO con la esperanza derrumbándose, pero asido a la fe de encontrarlo con vida. Antonio iba camino de Sevilla para repasar toros con el esmero de siempre por la materia prima a la que ha de enfrentarse su actual poderdante, el torero Pablo Aguado, la sevillanía en esencia. La felicidad ha presidido su último verano en la temporada recién acabada. Antonio Vázquez ha vivido con verdadera emoción, después del atragantón de Madrid, las glorias de Pablo que desembocaron, hace apenas un mes, por la Puerta del Príncipe, cuando se proclamó rey de la cadencia.

No imaginan cómo había gozado Antonio la inolvidable mañana de Curro en el festival de Antonio Chenel «Antoñete» que había organizado Morante de la Puebla en Las Ventas. Los dos sabían lo que ha significado Madrid en su carrera —absolutamente todo—, lo que significa la plaza de toros de Madrid, el peso del miedo —a los 74 años ni te cuento—y el nombre de Antoñete. Cuando aquel 12 de octubre de 2025 agitaban a Curro por la Puerta Grande junto a César Rincón, la nostalgia afloraba de nuevo en los ojos de Antonio. Un tiempo después volvió a llorar en el Senado durante la entrega del Premio Nacional de Tauromaquia. Y frente al azulejo venteño por toda una vida. Antonio Vázquez llevaba siempre la sensibilidad a flor de piel, la palabra gracias en la boca y el silencio cuando tocaba.

Curro y Antonio Vázquez también apoderaron, juntos o separados, a Morante o Alejandro Talavante, pero habían dividido sus caminos -no se puede afirmar que definitivamente- en los últimos años. El maestro de Linares —casado con Paty Dominguín, hija de Dominguito— se quedó a cargo de la carrera de Cayetano Rivera Ordóñez, su sobrino, hasta su sorpresivo adiós, y Antonio y Fran siguieron con Pablo Aguado por la misma senda que habían transitado con Curro. Esto es: las cosas hechas como los viejos taurinos las hacían, con elegancia en el trato y gusto para el toro.

Antonio Vázquez Ruano (Linares, 1951 – Urda, 2026) también soñó con ser torero. Vistió de luces como novillero con suerte esquiva. La primera vez en el pueblo de Pareja, en 1968, y poco después una vaca lo hirió de gravedad en un tentadero. Supuso una convalecencia de dos años. El 25 de julio de 1970 se presentó en la plaza carabanchelera de Vista Alegre (Madrid), en aquellos festejos nocturnos de La Oportunidad. Dice El Cossío que la cosa no fue lucida y que «muy pronto dejó de sonar su nombre».

Precisamente en el mismo coso de Carabanchel había tomado la alternativa su hermano Curro un año antes, el 12 de octubre de 1969. Cayó gravemente herido por un toro de la ganadería de Barcial, una corrida que, por fuerte y desproporcionada, en trapío y edad, nunca debió estar allí. Muchas veces he pensado que el difícil camino del maestro, tan duramente castigado por los toros, marcó luego la manera de hacer de ambos como taurinos, esmerándose en el cuidado del toro para sus toreros, a veces hasta el límite. Antonio tenía el alma torera. Como Curro. Como su sombra que era.

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