Cuando a las 21.45 de la noche sacaban a hombros a José María Manzanares y Roca Rey —dos y tres orejas, respectivamente—, Morante de la Puebla se marchaba andando para marcar la diferencia. De hecho, la había marcado para poner el toreo en una tarde de viento y faenas huracanadas, transfigurándose a tiempo. Ni comparación en los premios. Pero prima en esta tierra de fuego el tremendismo sobre lo tremendo. Y Morante estuvo tremendo frente al tremendismo de Roca Rey. A Manzanares, en un viaje a ninguna parte, sólo lo salvó la espada con el mejor lote de la corrida de Álvaro Núñez.
El peruano y el alicantino -con el mejor lote de Álvaro Núñez- salen a hombros con tres y dos orejas, respectivamente, en un festejo condicionado por el fuerte viento; el maestro de la Puebla pone el toreo
Cuando a las 21.45 de la noche sacaban a hombros a José María Manzanares y Roca Rey —dos y tres orejas, respectivamente—, Morante de la Puebla se marchaba andando para marcar la diferencia. De hecho, la había marcado para poner el toreo en una tarde de viento y faenas huracanadas, transfigurándose a tiempo. Ni comparación en los premios. Pero prima en esta tierra de fuego el tremendismo sobre lo tremendo. Y Morante estuvo tremendo frente al tremendismo de Roca Rey. A Manzanares, en un viaje a ninguna parte, sólo lo salvó la espada con el mejor lote de la corrida de Álvaro Núñez.
La plaza de toros de Alicante empataba con la cartelería de la feria de Hogueras, volcada en el homenaje a Luis Francisco Esplá con motivo del 50.º aniversario de su alternativa. No se trata de hacer mucho, sino de hacerlo con categoría: las pancartas con fragmentos del cartel de Miquel Barceló en las andanadas, el nombre del maestro ondeando por las barandillas, el nuevo albero que parecía a su vez el fondo de un cuadro de Barceló y la rica composición de la propia feria; antes de que el público abarrotara los tendidos en esta cita estrella —acabado el papel desde hace 20 días—, la plaza en sí misma era un cartel con la firma de Esplá. Nadie salió defraudado, aunque no se enteraran mucho de lo bueno.
No sonaron los clarines puntuales a las 19.00 horas, por pocos minutos, a la espera de que se ubicase demasiada gente impuntual. Cuando apareció Morante de la Puebla con el mismo vestido negro y gris del Domingo de Resurrección en Sevilla, se encendió el recuerdo de aquella tarde triunfal también junto a Roca Rey y un tercero distinto a José María Manzanares.
A las 19.17, Morante resopló camino del burladero tras el cambio de tercio de varas y, dos minutos más tarde, pedía la espada de verdad: el manso Campanito de Álvaro Núñez no había hecho nada en orden, con la fijeza absolutamente perdida, arrollando, desconcertante en su huida. El viento enredaba lo suyo. Apenas se puso el maestro para comprobar su nula condición, montó el estoque. Como en los viejos tiempos, se sentía ya la bronca como la tormenta. Un sablazo que hilvanó la piel y tronó el público. Se sucedieron las fallas y, cuando acabó con una estocada baja, los pitos se trasladaron al arrastre del toro.
A las 19.45, las mulillas enganchaban a Berlanguiano entre ovaciones y a José María Manzanares le entregaban una oreja que también tenía algo de berlanguiana, por el paisanaje o la estocada, quizá. El toro de Núñez tuvo muerte y comportamiento de bravo, y Manzanares no le exigió ni, por tanto, se acopló en serio hasta la última serie por la derecha. Sin el debido gobierno, con esos telonazos como remates por arriba, el ya veterano alicantino se sintió incómodo. Pues el toro tenía sus cositas —era bravo, ya digo—, pero también su capacidad de reducción. Que hasta el final no llegó.
El vendaval se desató en el turno de Roca Rey a quien, con una disposición bárbara, le entregaron las dos orejas a las 20.10 sin haber pegado, literalmente, ni un pase. Es posible que a estas alturas ninguno de los tres o incluso que ganara Manzanares. Puede que escriba una barbaridad al afirmar que hay toreros a quienes las condiciones climáticas adversas les favorecen. Por ejemplo, al torero que vino del Perú. El toro embestía, también, a trallazos, enrazado y con disparo. La muleta flameaba desde los cambiados que ya pusieron la plaza en pie de emoción. Sólo bajó cuando un señor se desmayó en el sol y Roca Rey paró la faena antes de seguir la guerra, entre molinetes de rodillas, con la faena huracanada. Mató con una contundencia demoledora.
A las 20.28, Morante de la Puebla atrapó en el aire el verso de Rafael Duyos para transfigurarse a tiempo delante del toro bravo. Y entonces apareció el toreo. Pasó la tarde del tremendismo a lo tremendo. Del huracán a la brisa. Morante salió, después de la merienda, arrebolado de duendes, arrebatado por faroles y barrocas chicuelinas. Hasta que aquel pasional torbellino de colores desembocó en dos verónicas y una media de otro planeta, siderales de compás, empaque y profundidad. El toro podía ser. Contaba con un cuello formidable y un modo esperanzador de colocarse. Y fue, pero no tanto. Lo suficiente, digamos. Morante abrió faena cerrado entre las rayas —donde sería la cosa— con dos trincheras monumentales y un pase de la firma de «ahí queda eso».
Brotó en su derecha el toreo en redondo, reunido y lento. Como si hasta entonces fuera imposible. Cuatro bien macizos y el obligado de pecho echándose todo el toro por delante. Fue la mano que meció la obra. Valiente por cuanto consintió al núñez en su bien torear según se apagaba; por el hecho mismo de ofrecer la izquierda entre los azotes del viento para tratar de hacer el toreo por su camino; por coger el pitón de manera tan torera; y, finalmente, por cuajar la última serie diestra de tremenda verdad con el toro durmiéndose. No cabía más ajuste, ni más pureza en el embroque. Aquel último desplante de majeza y la manera de meter el brazo con la espada lo elevaron hasta el premio de la oreja. Nada que ver. Si se compara con las otras labores de una oreja, era de dos.
José María Manzanares terminó de pasear otro trofeo —que le abría la puerta grande— a las 21.14. Rosito —nombre tan de la casa Cuvillo— compuso el mejor lote de la corrida de Álvaro. Pese a quedar dañado de los cuartos traseros en un volatín, su clase latía con categoría. Manzanares volvió a pelearse con el viento, a pelearse con el toro —lo embalaba— y puede que se peleara con su propia sombra. Otro espadazo, y de ahí la oreja.
Más o menos pasó lo mismo en el último —noble sin más y rajado antes de tiempo—, cuando Roca Rey, sin tanto viento, trató de ahormarse, diciendo tan poco como el toro. Justo antes de perfilarse, después de buscarle las vueltas con revueltas, hubo otro ruidoso desmayo en el tendido. Y Roca se distrajo de nuevo… Se le fue el toro a la puerta de toriles y allí lo despenó con una estocada trasera para embolsarse otra oreja más. Eran las 21.35.
PLAZA DE ALICANTE. Sábado, 20 de junio de 2026. Segunda de feria. Lleno de «No hay billetes». Toros de Álvaro Núñez, terciados, bonitos; de juego variado; destacaron el bravo 2º y el enclasado 5º; bueno sin final el 4º; enrazado y con disparo el 3º; manso el 1º; manejable sin duración en rajado 6º.
MORANTE, DE NEGRO Y GRIS. Sablazo que hilvana, pinchazo, pinchazo hondo y estocada caída (bronca); estocada (oreja).
JOSÉ MARÍA MANZANARES, DE AZUL MARINO Y COBRE. Estocada (oreja); estocada (oreja).
ROCA REY, DE BERENJENA Y ORO. Estocada (dos orejas); estocada trasera y rinconera (oreja). Salió a hombros con Manzanares.
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