La soledad de un Loco «tóxico» que se la juega ante España

Año 1998, recepción del Hotel Hesperia en el barrio barcelonés de Sarriá. Un asistente de Marcelo Bielsa recibe de un empleado un rollo interminable de papel: son fotocopias con artículos de los periódicos argentinos, enviadas vía fax para que el entrenador supiera todo lo que se escribía sobre él en el farragoso proceso de abandonar el Espanyol y desembarcar en la selección argentina.

 El técnico de Uruguay tiene a la Celeste al borde del abismo tras empatar con Cabo Verde y Arabia Saudí  

Año 1998, recepción del Hotel Hesperia en el barrio barcelonés de Sarriá. Un asistente de Marcelo Bielsa recibe de un empleado un rollo interminable de papel: son fotocopias con artículos de los periódicos argentinos, enviadas vía fax para que el entrenador supiera todo lo que se escribía sobre él en el farragoso proceso de abandonar el Espanyol y desembarcar en la selección argentina.

Veintiocho años después, Bielsa ya no necesita el fax, pero a los 70 años sigue pendiente de todo lo que se diga o escriba sobre su persona, muy especialmente tras empatar consecutivamente ante Arabia Saudí y Cabo Verde: a Uruguay, que se mide a España, le amenaza la eliminación.

Protagonista de una de las fotos del Mundial -mirada baja, postura desganada-, Bielsa tiene opiniones contundentes sobre muchos temas y es, también, un hombre idolatrado por la gran mayoría de sus jugadores, que dicen haber evolucionado futbolísticamente tras pasar por sus manos. Algunos, eso sí, lo detestan: es el caso de Hernán Crespo, que hasta el día de hoy no le perdona su decisión de privilegiar a Gabriel Batistuta como delantero centro.

En sus años de seleccionador de Chile, Bielsa tenía una costumbre: llamaba al crítico de cine del principal periódico del país, El Mercurio, para que le recomendara películas. Y se iba solo al cine. Solo vivía también en aquellos años en Chile. Cuando Harold Mayne-Nicholls, por aquel entonces presidente de la Federación, lo llevó al complejo deportivo de la selección, a las afueras de Santiago, el diálogo entre ambos fue así:

-¿A usted le molestaría que yo viva acá?

– Me da igual. Pero son 70.000 metros cuadrados en los que no hay nadie, y a la noche solo queda un vigilante a 300 metros de distancia.

-No importa. ¿Sabe lo que es levantarse todas las mañanas y ver esto?

Bielsa estaba señalando la Cordillera de los Andes, uno de los macizos más imponentes del planeta. En esos días había mantenido otro diálogo con Mayne Nicholls en el que demostró que tendrá convicciones de izquierda, pero que a la hora de negociar su contrato lo hace con la fuerza del mejor capitalista: «Del sueldo vamos a hablar al final. Yo antes le voy a explicar todo mi proyecto en detalle. Le voy a decir al final cuál es mi cifra. Si usted quiere negociarla o rebajarla, significa que no le interesa mi proyecto, y entonces se acabó todo».

Bielsa, poco antes del inicio del partido Uruguay - Cabo Verde.
Bielsa, poco antes del inicio del partido Uruguay – Cabo Verde.AFP

Al mismo tiempo, la paradoja, como tantas veces en Bielsa: el argentino, de cuyo sueldo salía el pago para todo su equipo, se olvidaba de pasar por la tesorería a cobrar.

El paso de Bielsa por Chile fue un antes y un después «para su fútbol», a tal punto que un amigo suyo, Fernando Saffie, dueño de una tienda de deportes en el centro de Santiago, dijo a EL MUNDO que, si el argentino se presentara como candidato a diputado o senador, ganaría.

Hermano de un ex ministro de Exteriores del peronista Néstor Kirchner y de una ex ministra del peronista Alberto Fernández, Bielsa tiene entre ceja y ceja a Estados Unidos. «Cuando sintió que sus intereses estaban siendo atacados, Estados Unidos creó el FIFA Gate, con el FBI», dijo.

Hace ya décadas que el argentino, que puede dedicar horas a leer cartas y mensajes de desconocidos que le escriben (y a contestarles), no da entrevistas. Lo suyo son las ruedas de prensa, en las que puede hablar sobre fútbol o lo que fuere. Ama el debate y puede ser a veces particularmente duro.

En Uruguay sigue presente la tensión generada con el goleador Luis Suárez, que acusó a Bielsa de maltrato a los jugadores, para luego retractarse. Uruguay también está polarizado: por un lado, los que creen que Bielsa sacudió la estructura mental y táctica de un fútbol demasiado atado al pasado; por el otro, los que creen que está traicionando la esencia de la selección.

Y como siempre, el periodismo como obsesión. «El medio de comunicación estafa», dijo Bielsa en su momento, antes de aclararle al periodista que no pretendía ofender. «Lo perverso que es el medio al que usted pertenece, que está obligado a mentir cada vez que escribe, porque se instaló un recurso donde vos lees un título que te invita a creer que vas a encontrar tal respuesta. Y cuando entrás a la nota, lo que te insinuaron que vas a leer no existe. Eso es una vergüenza. Y eso es una estafa», explicó.

Todo eso importa poco o nada a los aficionados del Newell’s Old Boys de Rosario, cuyo estadio lleva el nombre del entrenador, todo un dato si se piensa que de allí surgió Lionel Messi y que esa camiseta la vistió Diego Maradona. Y lo mismo puede decirse del Vélez Sarsfield, Athletic de Bilbao o Leeds United, equipos que crecieron con su estilo ofensivo y despliegue incansable. No duda en afirmar que la eliminación de Argentina en la primera fase del Mundial de Corea y Japón 2002 fue un fracaso histórico, ni tampoco en autodefinirse como «tóxico». Pero, contradictorio y agotador, nadie niega a Bielsa que, sin él, el fútbol sería peor.

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