La Revolución Z convence a una generación de que no tendrán nada y cambiarán el mundo

Ya tenemos las imágenes de la revolución Z: la bastilla tomada; la estatua de Marianne con el chaleco amarillo que dice «la policía mutila estudiantes secundarios»; el femboy argentino resistiendo con su faldita, sus orejas de conejo y la bandera el manguerazo de la poli en las protestas contra Milei; la Pantera Rosa haciéndoles la peineta a los policías y el Deadpool bailando delante de ellos; la orquesta del Nouveau Monde tocando a pesar de los gases lacrimógenos; el brasileño mazado sin camiseta y la cara tapada que agita las protestas contra Bolsonaro; las carreteras cortadas; los coches ardiendo; las llaves en alto; las acampadas.

 Esto es lo que pasa cuando a la juventud le robas el futuro  

Ya tenemos las imágenes de la revolución Z: la bastilla tomada; la estatua de Marianne con el chaleco amarillo que dice «la policía mutila estudiantes secundarios»; el femboy argentino resistiendo con su faldita, sus orejas de conejo y la bandera el manguerazo de la poli en las protestas contra Milei; la Pantera Rosa haciéndoles la peineta a los policías y el Deadpool bailando delante de ellos; la orquesta del Nouveau Monde tocando a pesar de los gases lacrimógenos; el brasileño mazado sin camiseta y la cara tapada que agita las protestas contra Bolsonaro; las carreteras cortadas; los coches ardiendo; las llaves en alto; las acampadas.

Lo único malo de ver las revoluciones en reels es que nunca sabes cuál de esas imágenes será IA. Pero, aunque alguna se cuele, es interesante que una generación tome a su principal enemiga (la IA) para crear los símbolos de su identidad.

Hace poco más de un mes escribí una columna sobre los chicos que farmeaban aura igual de paternalista que todas las columnas que se escribieron entonces. Por un lado, estaban las que romantizaban que los chicos hubieran salido a las plazas (¡por fin!, decían) (cómo se notaba que estaban escritas por madres y padres). Por otro lado, estábamos las que no entendíamos por qué los chicos gastaban su energía creativa en estar ahí y no en intentar hacer algo que influyera de verdad (cómo se notaba que no las escribimos madres ni padres). Yo veía potencia. Pero no imaginaba que un mes después una generación entera se fuera a enfrentar a los gobiernos y los policías de todo el mundo.

Una generación se hace grande cuando ya no tiene que seguir nada. No sé adónde van ni cómo acabará, pero ahora mismo eso no importa. Han salido a las calles porque no tienen nada que perder. Esto es lo que pasa cuando a la juventud le robas el futuro. Dadle a una generación la idea de que no tendrán nada y podrán cambiar el mundo.

Estos días, mirando las imágenes de las revueltas estudiantiles mundiales, recordé The Dreamers, de Bertolucci. La película donde un estudiante estadounidense llega a la casa de dos hermanos franceses e incestuosos y se encierran en una burbuja. Entre baños, tríos, hablar de cine, literatura y política se les va la vida. Hasta que una piedra rompe el cristal de su casa y los saca de la ensoñación. Esa piedra es el Mayo del 68. Los dreamers actuales se parecen mucho a ciertos influencers. Se han montado su burbuja idealista y creen que esta revolución no va con ellos. Se equivocan. Hasta la vida más ideal a veces hay que lucharla.

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