La parábola de Messi, del desprecio al amor eterno

Fue hace ya muchos años: un canal de televisión local de Barcelona salió a las calles de la capital catalana a buscar lo improbable, alguien que criticara a Lionel Messi. No era improbable, era imposible, la aventura se saldó con un fracaso total. Mucho mejor les hubiera ido si hacían ese recorrido por las calles de Buenos Aires, porque en los años de su apogeo barcelonista, los mayores críticos de Messi estaban en su propio país.

 El argentino se despide este martes de la selección, aclamado por una hinchada que le discutió durante años. Le perjudicaron la comparación con Maradona y jugar toda su carrera fuera del país.  

Fue hace ya muchos años: un canal de televisión local de Barcelona salió a las calles de la capital catalana a buscar lo improbable, alguien que criticara a Lionel Messi. No era improbable, era imposible, la aventura se saldó con un fracaso total. Mucho mejor les hubiera ido si hacían ese recorrido por las calles de Buenos Aires, porque en los años de su apogeo barcelonista, los mayores críticos de Messi estaban en su propio país.

Hoy no, hoy eso ya no es posible: aquel que se aventure por las calles de cualquier ciudad argentina a buscar un crítico de Messi morirá de angustia periodística. Ni hablar mañana, cuando el argentino aproveche un amistoso contra Benin en el estadio de River Plate para despedirse para siempre de la selección de su país.

¿Fue el título Mundial en Qatar 2022 el punto de inflexión? Sólo en parte, las raíces de la devoción por Messi hay que buscarlas también en torneos anteriores y, a su vez, en las razones de aquel desprecio, rechazo y burla que alcanzaba a un enorme porcentaje de los argentinos, probablemente la mitad del país.

Las dos mayores dificultades de Messi en la lenta evolución de su relación con los argentinos fueron el haber desarrollado toda su carrera fuera del país y la presencia de Diego Maradona en la memoria popular. A Messi lo acusaban de no ser lo suficientemente argentino, acusación que se anclaba en su parquedad, en el hecho de que ganaba «en euros» (!!) y en que fuera tan, pero tan diferente a Maradona. Si el Diego te contestaba con un análisis que incluía una hoja de ruta para el Papa, George Bush y Fidel Castro, Messi te contestaba con monosílabos. Si Maradona gritaba el himno nacional con el corazón a punto de salírsele del pecho, Messi optaba alguna que otra vez por no cantarlo. En el fondo era eso: Maradona hablaba, hablaba mucho, que es -cliché grosero, pero con fondo de realidad- lo que se espera de un argentino.

Y Messi callaba, porque él sólo hablaba en el campo, con el balón. Paradójicamente, otra contraposición con Maradona que terminaba siendo perjudicial para él. Si el ídolo del Nápoles exhibía un fútbol repleto de talento y agonía, la eterna batalla contra los poderosos, a Messi todo le salía tan fácil que su fútbol se volvía excesivamente frío para el gusto argentino. Faltaba sudor, sangre, drama, ¿cómo era posible que todo fuera tan perfecto y fácil?

Hubo, también, un problema político-social para el hombre que hoy juega en el Inter de Miami: el apogeo de Messi coincidió con el del kirchnerismo, la variante con tintes de izquierda populista del peronismo. En aquellos años el sentimiento patriótico y nacionalista estaba exacerbado, Messi era visto con sospecha por haberse ido del país a jugar a España. Los más recalcitrantes lo consideraban un traidor, un «antipatria».

Maradona era el emblema de ese sector político, fascinado por su amor por Fidel Castro y el Ché Guevara, personajes y asuntos sobre los que Messi no se expresaría ni en un millón de años, como bien saben también el Barcelona y el independentismo catalán, que nunca lograron que el argentino se manifestara a favor de su causa.

Parte de ese magma anti-Messi se vio en la eliminación en los cuartos de final de la Copa América 2011 jugada en Argentina, cuando el estadio de Colón de Santa Fe, su provincia, lo despidió con un sonoro abucheo, algo que por ese entonces Messi solo vivía en sus visitas al Bernabéu. Messi, como siempre, respondió jugando, aunque tropezara como en las finales de la Copa América 2015 y 2016 ante Chile, y en la del Mundial de Brasil 2014.

El clima político argentino comenzó a cambiar en 2015, aunque la selección seguía en crisis: necesitaría tocar su punto más bajo con el inclasificable Jorge Sampaoli al frente del equipo para renacer a partir de 2018 con Lionel Scaloni al mando. Ya la semifinal de la Copa América 2019 despertó ilusiones, y el título en ese certamen dos años después, con victoria en la final ante Brasil y en Maracaná dio la señal de inicio para el cambio de ciclo. ¿Cómo seguir negando a Messi?

Messi, junto a Lamine Yamal, en la final del Mundial de Estados Unidos.
Messi, junto a Lamine Yamal, en la final del Mundial de Estados Unidos.Bradley CollierGETTY

Llegarían la epopeya de Qatar 2022, otro título en la Copa América en 2024, la Finalissima sobre Italia y todo desembocaría en el Mundial para el infarto que fue el de 2026. En cinco años, Messi recibió multiplicado el cariño que le habían retaceado en los cinco previos. Aquel 20 de diciembre de 2022 en el que cinco o seis millones de personas se echaron a las calles de Buenos Aires (más del diez por ciento de la población del país) y la fiesta fue perfecta ante la anomia del gobierno del peronista Alberto Fernández, Messi y los argentinos se sacaron matrícula de honor. Ya nada los separaría.

Lo demostraron los días en torno a la última Copa del Mundo, una síntesis de la vida de Messi. A la dura derrota en la final tras un Mundial fabuloso se le sumó poco después la muerte de su padre, Jorge, y un par de semanas más tarde el anuncio de que dejaba la selección.

Una combinación de emociones que tuvieron la virtud de mostrar al Messi más humano, y cercano. A esa altura, nadie recordaba ya que alguna vez había sido despreciado y negado en su tierra. Hoy, es como si eso nunca hubiera sucedido.

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