La mejor grada del mundo

Sus ojos brillaban con la ilusión de los veinte años, con la firmeza de los hombres que confían. Me contó que tenía reservadas entradas para cuartos, para semifinales, para la final. Las cuentas no me cuadraban: «¿Se va a gastar más de 3.000 euros en tickets del Mundial?», pensé. Mi amigo alemán me aclaró entonces que, como fiel seguidor de su selección, tenía acceso a entradas con descuento, a 50 euros. Volví a acordarme de él estos días, con la eliminación de Alemania. Mis cálculos estaban tan errados como su sueño.

 Con entradas que ya alcanzan los 3.000 euros, este es el Mundial más caro de la historia. Pero las gradas cuentan otra cosa…  

Sus ojos brillaban con la ilusión de los veinte años, con la firmeza de los hombres que confían. Me contó que tenía reservadas entradas para cuartos, para semifinales, para la final. Las cuentas no me cuadraban: «¿Se va a gastar más de 3.000 euros en tickets del Mundial?», pensé. Mi amigo alemán me aclaró entonces que, como fiel seguidor de su selección, tenía acceso a entradas con descuento, a 50 euros. Volví a acordarme de él estos días, con la eliminación de Alemania. Mis cálculos estaban tan errados como su sueño.

Esta semana, las entradas del Portugal-Croacia se han disparado en reventa por encima de los 2.800 euros. Y continuarán subiendo a medida que avance el cuadro. Bienvenidos a «la locura de la funflaction«, como lo bautizó el Wall Street Journal.Diverflacción, el creciente coste de divertirse. Nunca había sido tan caro ir a un evento deportivo, un concierto o una película. Y no son solo los tickets. Si quieres una cerveza durante el partido, 20 euros en San Francisco; aparcar en el estadio de Boston, 150 euros…

Este Mundial es el «evento cultural más caro de la historia»según The Economist– y, sin embargo, las gradas no lo reflejan. Uno esperaría de un torneo con precios imposibles ver a Trump (Infantino ha asegurado que estará en la final), a Bezos o a Musk. Pero no hay rastro de los hombres más poderosos del mundo. Apenas han acudido unas cuantas celebrities (este jueves vimos a Rosalía, Penélope Cruz, Javier Bardem). La grada aún habla de un deporte popular: los vikingos noruegos, los eufóricos escoceses, los animosos caboverdianos…

Qué contraste con la primera semana de Wimbledon. En cinco días, hemos visto a Kate Middleton y a Bad Bunny. A Ben Stiller y a David Beckham. A nobles y empresarios. A actores y modelos. Las entradas de su Royal Box (el palco VIP más exclusivo del deporte) no tienen precio… porque solo se accede con invitación.

Mientras pensaba en el contraste entre ambas citas, caí en la ironía: dos deportes nacidos en el mismo país representan las dos caras extremas de su idiosincrasia. Confieso que me resulta más fascinante el aristocrático Wimbledon, pero me caen más simpáticas las alborotadas (y ahora esforzadas) aficiones mundialistas. Imposible decidir cuál es la mejor grada del mundo.

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