La milla, 1.609 metros, la distancia no olímpica de mayor prestigio, la carrera venerada por los mediofondistas más ilustres y los aficionados más entendidos, conoció en el estadio olímpico de Londres, en la Diamond League, ante más de 60.000 rugientes espectadores, el momento cronométrico más importante de la historia. Josh Kerr corrió en 3:42.66. Hizo trizas los 3:43.13 que Hicham el Guerrouj estableció en Roma el 7 de julio de 1999.
El escocés, con 3:42.66, consiguió batir en Londres el récord de Hicham El Gerrouj de Roma en 1999
La milla, 1.609 metros, la distancia no olímpica de mayor prestigio, la carrera venerada por los mediofondistas más ilustres y los aficionados más entendidos, conoció en el estadio olímpico de Londres, en la Diamond League, ante más de 60.000 rugientes espectadores, el momento cronométrico más importante de la historia. Josh Kerr corrió en 3:42.66. Hizo trizas los 3:43.13 que Hicham el Guerrouj estableció en Roma el 7 de julio de 1999.
Kerr, nacido en Edimburgo dos años antes, el 8 de octubre de 1997, estudiante en la Universidad de Nuevo México, 1,86 de estatura y 73 kilos de peso, ha logrado una meta, cumplido un sueño y satisfecho una obsesión. Campeón del mundo de 1.500 en Budapest y subcampeón olímpico en París, fijó en su cabeza un objetivo vital tanto como uno deportivo: batir el récord del mundo de la milla.
Para ello había recurrido a todas las armas posibles: las físicas, las mentales, las científicas y las supersticiosas, mentalizándose hasta la exageración, pasando 12 horas al día en una cámara hiperbárica, calzado con unas zapatillas especiales para la ocasión y vestido con un traje aerodinámico con perforaciones tratando de pasar de hombre a robot, porque lo humano parecía insuficiente para conseguir tamaña proeza.
Mucho de robótica tenía la «expresión inexpresiva» de un hombre con gafas oscuras que ocultaban sus ojos, convencido, en su impasibilidad pétrea, de alcanzar su objetivo. Era un iluminado que, en lugar de mostrar una imagen febril, ofrecía otra de hielo con un doble mandato hacia sí mismo: romper el récord y dejarlo por debajo de los 3:43.00. Era el «Proyecto 222 segundos». O sea, tres minutos y 42 segundos. No le bastaba la hazaña si no cruzaba, dinamitándola, una barrera.
Siguió a las «liebres» a un ritmo «imposible», antes de quedarse solo. Los 400 metros se pasaron en 54.75. Los 800, en 1:50.63. Los 1.500, en 3:27.51. Kerr corrió sin ataduras por la pista de 400 metros hacia un horizonte que, en su interior, veía lineal. Mientras sus adversarios (magníficos, sin embargo, con nueve de ellos por debajo de 3:50.00) se iban alejando a sus espaldas, él nunca se crispó. Nunca el esfuerzo le pasó exteriormente factura. Nunca mudó el gesto ni alteró la zancada. Cruzó, erguido, la meta como quien cumple ya de modo real y reconocible una misión resuelta de antemano.
El récord fue tan espléndido en la forma como en el fondo y reviste una enorme importancia simbólica. La milla para los británicos es algo tan suyo como la Union Jack o el Big Ben. Como Oxford o como Cambridge. La milla es Walter George, su primer plusmarquista. Y es Roger Bannister, el primero en correrla en menos de cuatro minutos. Y es Derek Ibbotson. Y Sebastian Coe, que estaba maravillado en la grada londinense. Y Steve Ovett. Y Steve Cram antes de que el récord se fuera al Magreb con el argelino Noureddine Morceli y el marroquí Hicham el Guerrouj.
Gran Bretaña ha recuperado un trozo de su historia y su naturaleza. La milla ha vuelto a casa.
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