Inspiradísima Puerta del Príncipe de Pablo Aguado, rey de la cadencia en Sevilla

A Pablo Aguado lo mecían por la Puerta del Príncipe ya con la noche a cuestas, siete años después, entre gritos de «¡torero!, ¡torero!, ¡torero!». Otros cánticos decían «¡Pablo Aguado, torero de Sevilla!». Y el Paseo de Colón se convirtió en una procesión como corolario para una tarde inspiradísima del rey de la cadencia y el tempo, el dueño de las supremas elegancias. Aguado contó con Iniciado y Peleador, el gran lote de Borja Domecq dentro de una gran corrida, para soñar el toreo con su primor y su exactitud. Y así Pablo lo soñó con el privilegio de los elegidos, entre la emoción incontenida de su tierra.

 Vuelve a conquistar la gloria de la Maestranza, siete años después de aquella esférica tarde de 2019, con un lote de Jandilla de ensueño; una oreja para De Justo y Roca; gran corrida de Borja Domecq  

A Pablo Aguado lo mecían por la Puerta del Príncipe ya con la noche a cuestas, siete años después, entre gritos de «¡torero!, ¡torero!, ¡torero!». Otros cánticos decían «¡Pablo Aguado, torero de Sevilla!». Y el Paseo de Colón se convirtió en una procesión como corolario para una tarde inspiradísima del rey de la cadencia y el tempo, el dueño de las supremas elegancias. Aguado contó con Iniciado y Peleador, el gran lote de Borja Domecq dentro de una gran corrida, para soñar el toreo con su primor y su exactitud. Y así Pablo lo soñó con el privilegio de los elegidos, entre la emoción incontenida de su tierra.

El suceso de Pablo Aguado e Iniciado aconteció a las 19:10 con una emoción desbordada. Cuando algo emociona en el toreo, conviene no preguntarse mucho más: la inspiración, la sevillanía y la naturalidad; una faena de otro tiempo. Aguado es el rey de la cadencia y el tempo, un virtuoso de las medias alturas, allí donde eleva lo suyo de categoría. Redondea con un aura donde habita el olvido del ajuste. Fluyó Aguado con el entendimiento exacto. El toro de Jandilla venía preciso y precioso, contado de poder, preñado de clase. A calidad, más calidad. Maravillosos mimbrecitos mansos, esos que abren la bravura. Marcó querencias, pero nunca se fue. Hubo un momento de quebranto cuando Emilio de Justo provocó un volatín con una chicuelina como un trallazo. Pidió perdón. Valió aquello por los dos puyazos señalados. Su muerte en los mismos medios equivocó a muchos. A mí me enamoró el toro de Borja Domecq, pero no me pareció esencialmente bravo. Casi mejor. Para que manase como un río de agua clara contó mucho el trato y el tacto de Pablo, las series cortas, la suavidad.

Tres derechazos dormido y una trinchera meciéndose iniciaron el recital con Iniciado; el pase de las flores, otros tres muletazos de algodón y un cambio de mano por delante a muleta girada pusieron la plaza en pie. Y así de nuevo para vaciar el pase de pecho a pies juntos por la hombrera contraria. Sonaba como una cascada el clamor de Sevilla. Surgió entonces la única serie con la mano izquierda, buena sin más. No tanto como el sensacional cambio de mano que abrochó la siguiente, el ayudado rodilla en tierra, una danza al paso que desembocó en un molinete zurdo con vocación de eternidad. La estocada al encuentro se hundió en lo alto; el toro, se fue a morir a la boca de riego, ya digo, con una muerte lenta y bella que puso culminación a tanta belleza exquisita. Lo exquisito y lo rotundo están reñidos, y de tal modo cayeron las dos orejas para Pablo Aguado.

Pablo Aguado en la Plaza de Toros de la Maestranza de Sevilla
Pablo Aguado en la Plaza de Toros de la Maestranza de SevillaEL MUNDO

A las 20:27, ya con los focos encendidos, regresó la luz del toreo ingrávido e inspiradísimo de Pablo Aguado. ¡Qué lote de jandillas completó Peleador! Otra vez lo grácil, la sutileza, las muñecas jugando con los vuelos. Aguado, siete años después de aquella Puerta del Príncipe de 2019, la atravesaría de nuevo. La obra emanó, otra vez, supremas elegancias: la cadencia, la filigrana y la sevillanía en vena. Los tres muletazos rodilla en tierra con los que remató la primera serie —tras el prólogo de fantasía— fueron la carta de presentación de su ambición. Quería Pablo ver de nuevo el Guadalquivir desde el cielo de Sevilla. Los naturales enfrontilados trajeron la danza y el ritmo etéreo del toreo. A la estocada delantera le faltaba muerte, y el toro empezó a recorrer el ruedo. Un aviso. El descabello no podía robar el sueño: un golpe, ¡ay!, y otros dos. «¡Es una suerte de matarifes!», me dije. Y se echó Peleador. Nada impidió que cayese la oreja; hubiera sido terriblemente injusto. Ya era de noche. Solo se escuchaban los gritos de «¡torero!, ¡torero!, ¡torero!». Ni siquiera había vencejos.

Roca Rey volvía a la plaza donde derramó su sangre, al sitio donde protagonizó una tarde épica y cuajó a un toro feroz de Victoriano del Río. La cornada fue, también, brutal. Aquel 23 de abril se convirtió en piedra angular de su temporada hasta que reconectó con esa misma dimensión de máxima figura en agosto, sostenido el año hasta entonces en triunfos aparatosos pero sin basamento. El tirón en taquilla nunca ha bajado. La Maestranza colgó el «No hay billetes» y, sin embargo, no contó con la memoria suficiente para sacarlo a saludar en su regreso a Sevilla.

Inicio de faena de Roca rey con el buen quinto
Inicio de faena de Roca rey con el buen quintoEfe

Pero dos horas después, a las 20:11, la plaza compensó su amnesia con una oreja para una faena firme que explotó por pases cambiados de rodillas y una arrucina terrorífica. Y ya con esa inercia emocional no bajó el diapasón el público: el jabonero tuvo nobleza y humillación, buen ritmo; y Roca quiso torear más relajado -con los antebrazos es difícil torear bien-, pero solo conectó su labor en el valiente arrimón final, que coronó con un espadazo. Paseó el trofeo entre opiniones divididas. El fondo del hechuradísimo toro anterior venía medido: una bondad sin la expresión del citado jabonero, algo recta. El peruano trató de administrarlo, pero no cogió vuelo ni duró el intento.

A las 18:12 sucedió el milagro de Emilio de Justo, quien, muy arrebatado, decidió parar al toro con el capote a una mano y por poco no lo cuenta. Aquel impulso chocó con un animal sin el suficiente desplazamiento para hacer la suerte. El jandilla enseñó entonces su bravura agarrada, su costoso pitón derecho y la importancia del izquierdo. La arriesgada apuesta acabó con un golpe frontal, al pecho, que derribó al torero. Abajo pudo asaetarlo, metiéndolo debajo de las tablas. Un milagro. De Justo se levantó con sangre en la mejilla, un impacto en el otro pómulo y la expresión de un resucitado. Otro arrebato por chicuelinas.

Natural de Emilio de Justo con el exigente primero
Natural de Emilio de Justo con el exigente primeroEfe

El toro exigió mucho y, aunque la mano fue la izquierda, había que hacérselo todo sin una sola duda. De Justo superó la única que le rondó, y desde entonces se creció al natural -dos series bárbaras- con mucha verdad, todo por abajo y emotivo: el toro embestía con una seriedad mayúscula, sin entregarse ni soltarse del todo. Los pases de pecho fueron monumentales, sello de la casa. Cuando presentó la derecha, las bocas se secaron. Libró con bien la batalla. El jandilla todavía a la hora de matar se colocaba ahí, engallado. Una estocada trasera, una oreja de ley.

La corrida de Borja Domecq alcanzó una nota muy alta, tanto por hechuras como por juego. El negro cuarto -como el segundo- no puntuó tanto: sin descolgar del todo, ofreció una nobleza de fondo rajado que se acabó antes de hora. Emilio de Justo se había ido a porta gayola cuando quedaba una hora para que Pablo Aguado saliese por la puerta de enfrente, ya con toda su gloria y la noche a cuestas.

PLAZA DE LA MAESTRANZA. Sábado, 26 de septiembre de 2026. Tercera de feria. Lleno de «no hay billetes». Toros de Jandilla, un cinqueño (3º); muy bien hechos y parejos; de extraordinaria clase el 3º; notable el 6º; de exigente bravura el 1º; bueno el 5º; 2º y 4º bajaron nota con su manejabilidad sin fondo.
EMILIO DE JUSTO, DE VERDE ESMERALDA Y ORO. Estocada pasada (oreja); estocada trasera (saludos).
ROCA REY, DE TABACO Y ORO. Estocada baja (silencio); estocada (oreja).
PABLO AGUADO, DE AZUL PASTEL Y ORO. Estocada al encuentro (dos orejas); estocada delantera y tres descabellos. Dos avisos (oreja). Salió por la Puerta del Príncipe.

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