<p><strong>Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970)</strong> pertenece a la rara, por poco común y hasta extravagante, especie de directores cada vez más parecidos no tanto a su cine como a sus propios personajes. El matiz importa. Cada uno de sus protagonistas pasea por la pantalla como sin querer, ajenos al drama que les consume, casi de espaldas. Y él, en correspondencia, atiende las entrevistas (ésta se realizó en el mes de septiembre en Venecia donde fue presentada la película) mientras (o eso parece) piensa en otra cosa. Podría parecer un gesto de descortesía, de mala educación incluso, y, sin embargo, y a medida que avanza la conversación, se antoja elegancia, saber estar sin nunca estar del todo. <strong>«El mundo es demasiado grave para no tomárselo con algo de ligereza»,</strong> dice. Ésta podría ser la máxima que lo resume todo. Su última película, <i>La Grazia,</i> devuelve a la pantalla al más pleno, profundo y, por ello, ligero de todos <i>sorrentinos </i>posibles. En ella, Toni Servillo, su actor fetiche y casi <i>alter ego</i> del cineasta, da vida a nada más y nada menos que al presidente de la República italiana. No es la primera vez que Sorrentino se ocupa de un político. Lo hizo ya con Andreotti, con Berlusconi (a los dos les daba vida también Servillo) y hasta con el papa, pero esta vez, un paso más arriba, su protagonista es algo más que simplemente un político. Es un símbolo. Es un hombre cabal y honesto que duda. Es un tipo que mira a la historia que le contempla con una profunda melancolía. Es un personaje que está ahí, en el centro de todos los debates (incluido el de la eutanasia), y que, sin embargo, preferiría no estar. Es, se quiera o no, el propio Sorrentino.</p>
El director, que regresa con La Grazia, su película más melancólica, reflexiona sobre la eutanasia, sobre la ligereza, sobre el aburrimiento, sobre la creación y sobre la posibilidad, «cada vez más lejana e irreal», de un político honesto, serio y con dudas
Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) pertenece a la rara, por poco común y hasta extravagante, especie de directores cada vez más parecidos no tanto a su cine como a sus propios personajes. El matiz importa. Cada uno de sus protagonistas pasea por la pantalla como sin querer, ajenos al drama que les consume, casi de espaldas. Y él, en correspondencia, atiende las entrevistas (ésta se realizó en el mes de septiembre en Venecia donde fue presentada la película) mientras (o eso parece) piensa en otra cosa. Podría parecer un gesto de descortesía, de mala educación incluso, y, sin embargo, y a medida que avanza la conversación, se antoja elegancia, saber estar sin nunca estar del todo. «El mundo es demasiado grave para no tomárselo con algo de ligereza», dice. Ésta podría ser la máxima que lo resume todo. Su última película, La Grazia, devuelve a la pantalla al más pleno, profundo y, por ello, ligero de todos sorrentinos posibles. En ella, Toni Servillo, su actor fetiche y casi alter ego del cineasta, da vida a nada más y nada menos que al presidente de la República italiana. No es la primera vez que Sorrentino se ocupa de un político. Lo hizo ya con Andreotti, con Berlusconi (a los dos les daba vida también Servillo) y hasta con el papa, pero esta vez, un paso más arriba, su protagonista es algo más que simplemente un político. Es un símbolo. Es un hombre cabal y honesto que duda. Es un tipo que mira a la historia que le contempla con una profunda melancolía. Es un personaje que está ahí, en el centro de todos los debates (incluido el de la eutanasia), y que, sin embargo, preferiría no estar. Es, se quiera o no, el propio Sorrentino.
- ¿Debemos entender al personaje de Toni Servillo como la encarnación melancólica del político que ya no existe?
- Sí, es el retrato de un político que cada vez cuesta más ver en el mundo. Y sí, creo que, de algún modo, es el retrato de un político perfecto. Sinceramente, estoy convencido de que la política debería ser exactamente todo aquello que él encarna.
- ¿Puede ser más preciso?
- Hablo de seriedad, de responsabilidad… Es un hombre que se mueve y acepta la duda. Al contrario de lo que vemos hoy todos los días, él es un político que elige dudar como un valor, como su fortaleza. Todos los hombres de poder ahora mismo jamás se permitirían aceptar que no saben algo. Las certezas de los políticos hoy dan miedo. Y tengo que reconocer que las certezas en general me producen escalofríos.
- Si no fallan las cuentas, es la sexta vez que colabora con Toni Servillo. Se podría decir que La Grazia es un reencuentro con él en la que podría ser su mejor versión desde La gran belleza. ¿Hay alguna razón específica que justifique esta pasión?
- No hay razón que explique ninguna pasión. En cualquier caso, para mí no es un reencuentro. Él siempre está ahí. En Fue la mano de dios no era el protagonista, pero estaba. Sencillamente es el actor con el que mejor me encuentro. Somos amigos, nos llevamos bien, trabajamos bien juntos… ¿Qué más puedo decir? Es un actor que se atreve a todo, muy valiente, y sé que siempre puedo contar con esta valentía.
- ¿Ha rechazado Toni Servillo algún proyecto que le haya propuesto?
- Sí, alguna vez. Nuestra complicidad no es militancia. Somos libres el uno del otro. Varias veces me ha dicho que no. De todas formas, no es algo que me afecte. He escrito tantas películas que han sido rechazadas por tanta gente que no tengo en cuenta una negativa más.
«Las certezas de los políticos hoy dan miedo. Y tengo que reconocer que las certezas en general me producen escalofríos»
- En películas anteriores como Il divo y Silvio (y los otros) se ocupó de las figuras de Giulio Andreotti y Berlusconi, ahora parecería que el espejo en el que se mira su personaje es el presidente Sergio Mattarella. ¿Qué une a estas tres figuras de la política italiana?
- Esta pregunta la esperaba. El personaje, pese a lo que pueda parecer, no está inspirado en Mattarella. Es un personaje completamente inventado y que, al contrario de los dos que ha citado, no tiene nada que ver ni con la realidad ni está basado en hechos reales. Dicho esto, para mí, como creador, el trabajo es muy similar sea un personaje inventado o uno histórico. Al fin y al cabo, todo es producto de la invención. La ficción tiene sus propias reglas que tienen que ver con la verdad esté o no inspirada en la realidad. Cualquier narración para ser buena tiene que ser veraz, da lo mismo su origen. La clave, de hecho, no es tanto la verdad como la verosimilitud. Pondré otro ejemplo: en la película aparece un papa negro. Es una posibilidad de la que se habla durante mucho tiempo y mi deber como fabulador es hacer creíble esta posibilidad.
- ¿Qué diría que ha aprendido personalmente tras la reflexión que propone La Grazia sobre la política y sobre el sentido de la misma?
- Nada.
- ¿Nada?
- Si la pregunta es sobre lo que he aprendido en referencia a la historia de Italia, la respuesta es nada. Todo lo que sucede es inventado. No he hecho, digamos, ningún descubrimiento más allá de lo que ya sabía. Desde otro punto de vista, siempre que creas algo aprendes cosas sobre la vida y sobre ti mismo. Pero creo que es pronto aún para saberlo. Todo lleva su tiempo.
- ¿Entiendo entonces que ningún político italiano ha tenido nunca el sobrenombre de Cemento armado?
- Ninguno.
- La película, a su modo, abre el debate de la eutanasia. Hablaba antes de su confianza en la duda y de eso trata la película, de la mayor de las dudas de un hombre de fe como su protagonista. ¿Cuál es su postura frente a la eutanasia?
- No es mi intención dar doctrina. Interesa poco lo que yo personalmente crea. Lo que espero es que, de algún modo, se abra el debate, porque en Italia existe un cuadro legislativo bastante confuso. El nudo de la cuestión es la eutanasia llamada activa, que es lo que se podría considerar el suicidio asistido. La eutanasia pasiva, la que consiste en detener la medicación o la alimentación, está regulada y, por lo que tengo entendido, hay menos problemas a la hora de aplicarla. Pero la activa lleva muchísimo tiempo desde que es solicitada hasta que se aplica finalmente y, lo peor, es muy complicado de obtener. Eso lo único que procura es un sufrimiento atroz para los implicados porque el cuadro legislativo que la ampara no existe como tal. Y eso no puede ser, las leyes o su ausencia no deberían favorecer el sufrimiento en ningún caso. Me sentiría muy feliz con solo conseguir que, gracias a la película, hubiera un debate.
- Una de las constantes de su personaje es la búsqueda desesperada de lo que podríamos llamar ligereza. Acosado como ésta por la enormidad del mundo y por dudas morales como la que le suscita la eutanasia, busca la forma de trascender tanta gravedad con ligereza. Se diría que esa actitud determina incluso su propio cine.
- El mundo es demasiado grave para no tomárselo con algo de ligereza. Tengo que decir que la ligereza la busco más en la vida que en el cine. Me identifico con el personaje de Servillo porque como él también busco esa misma sensación de ligereza. Si eso está o no en mi filmografía, prefiero no pensarlo. Prefiero no reflexionar demasiado sobre lo que hago. Hago cine porque, llegado a un cierto punto, me aburro de estar en casa. Después, cuando decido hacer una película, no encuentro el momento de volver a casa a aburrirme de nuevo lo antes posible.
- ¿Qué pueden tener en común, ya que confiesa que se identifica con su personaje, el presidente de una república y un director de cine?
- No sé, pero algo sí que hay en común. No me considero un hombre de poder, pero, aunque mucho menos que en el caso de un presidente, también mi trabajo acarrea algo de responsabilidad. Quiero y deseo ser una persona a la que no le afecten las cosas del mundo y no lo consigo por mucho que me esfuerzo. Por otro lado, como el presidente que imagino, soy una persona que me preocupo por todo y duermo poco pese a soñar con ser una persona despreocupada. Definitivamente, no es fácil ser una persona sin preocupaciones. A veces lo pienso y el propio trabajo de la creatividad lleva consigo una serie de cargas que impiden esa ligereza tan ansiada. Al fin y al cabo, crear consiste básicamente en hacerse preguntas constantemente. Y este continuo cuestionamiento es estresante. Y muy agotador.
Sobre la eutanasia: «Las leyes o su ausencia no deberían favorecer el sufrimiento en ningún caso»
- ¿Diría, y ya sabemos que no le gusta analizarse, que ésta es la más melancólica de todas sus películas? ¿Qué relación guarda con la melancolía? ¿Diría que es una persona melancólica?
- No sé, me cuesta tanto autoanálisis. Es algo más trivial que lo que plantea. Prefiero pensar que es una premisa que exige el propio personaje. Hablamos de un hombre a punto de jubilarse. No digo que se encuentre en una crisis tremenda, pero sí está desorientado… La melancolía surge de eso, de su no saber dónde está, de su aburrimiento.
- El aburrimiento, otra vez. ¿Tiene alguna idea de adónde le llevará su próximo aburrimiento?
- No lo sé aún. No estoy todavía lo suficientemente aburrido.
- ¿Qué le motiva a crear además del aburrimiento?
- La cuenta corriente. Digamos que hago cine cuando el aburrimiento es excesivo y la cuenta corriente demasiado escasa.
- Volviendo al principio: ¿cree que la política, en el mejor de los sentidos, es hoy día un oficio imposible?
- No, no creo que sea imposible, pero sí bastante difícil. En su esencia se trata de representar a la gente que te ha elegido. No debería ser complicado, debería ser un ejercicio de virtud, pero está claro que cada vez de forma más acusada, es menos lo que debería ser. Bastarían aptitudes tan sencillas e identificables como seriedad, sobriedad, responsabilidad… Pero, definitivamente, todas éstas son capacidades que ya no se ven en la clase política. El problema es que ahora mismo hay demasiados políticos que usan la política como un simple escenario para exhibirse. Todo lo que hacen no es más que una actuación decadente y, la verdad, no se requieren grandes cualidades ni morales ni intelectuales para hacer algo así. La política se ha abaratado mucho en los últimos tiempos.
Cultura

