Bodegas, un tesoro extraterrestre y un castillo medieval convierten a Villena en una alternativa al circuito turístico de Alicante

Desde las terrazas del castillo de la Atalaya de Villena (Alicante, 34.700 habitantes) se pueden contemplar cuatro provincias distintas pertenecientes a tres comunidades autónomas diferentes. Alicante, Valencia, Murcia y Albacete están al alcance de la vista, sin necesidad de prismáticos. Lo que no se divisa, sin embargo, es el Mediterráneo, que frena en la orilla a unos 60 kilómetros de distancia. Situado en el noroeste de la provincia, en la salida hacia Madrid, la lejanía de la costa aparta a este municipio de los circuitos turísticos más característicos de la Costa Blanca. Sin embargo, se ha convertido en un destino muy solicitado por los cruceristas procedentes de Estados Unidos. Los motivos principales son dos: la abundancia de bodegas bien nutridas de un programa enológico y el propio castillo, una fortaleza medieval construida por los árabes en el siglo XII. Para el resto de visitantes, españoles y europeos en su mayoría, hay una razón más: el hierro extraterrestre con que se forjaron dos piezas del Tesoro de Villena, un extraordinario conjunto de orfebrería en oro, plata y ámbar de la Edad del Bronce.

Seguir leyendo

 Los cruceristas procedentes de Estados Unidos se han convertido en el principal aporte de visitas a la ciudad, que ofrece itinerarios enológicos e históricos lejos del Mediterráneo  

Desde las terrazas del castillo de la Atalaya de Villena (Alicante, 34.700 habitantes) se pueden contemplar cuatro provincias distintas pertenecientes a tres comunidades autónomas diferentes. Alicante, Valencia, Murcia y Albacete están al alcance de la vista, sin necesidad de prismáticos. Lo que no se divisa, sin embargo, es el Mediterráneo, que frena en la orilla a unos 60 kilómetros de distancia. Situado en el noroeste de la provincia, en la salida hacia Madrid, la lejanía de la costa aparta a este municipio de los circuitos turísticos más característicos de la Costa Blanca. Sin embargo, se ha convertido en un destino muy solicitado por los cruceristas procedentes de Estados Unidos. Los motivos principales son dos: la abundancia de bodegas bien nutridas de un programa enológico y el propio castillo, una fortaleza medieval construida por los árabes en el siglo XII. Para el resto de visitantes, españoles y europeos en su mayoría, hay una razón más: el hierro extraterrestre con que se forjaron dos piezas del Tesoro de Villena, un extraordinario conjunto de orfebrería en oro, plata y ámbar de la Edad del Bronce.

Más de 1.500 estadounidenses recalaron en la Villena en 2025, un 10% del total de visitantes, la mayor afluencia tras la de los españoles. Su itinerario varía poco. Primero repasan la carta de vinos que se producen en las bodegas de su extenso término municipal y después exprimen la batería de sus cámaras y móviles frente a las piedras del castillo de la Atalaya. “Llegan al mirador, rodean los muros y enseguida se les distingue por el acento”, cuenta Jhonatan Suárez, un colombiano afincado en una de las viviendas del barrio inmediatamente inferior a la fortaleza. “Les fascina, porque en América no existen este tipo de construcciones”, certifica. Los guías les cuentan su evolución de nueve siglos. “Fue levantado por los almohades en el siglo XII”, explica Alejandra Muñoz, coordinadora del equipo de guías municipal, “y en el siglo XV fue reformado por Juan Pacheco, segundo marqués de Villena”. Desde entonces, se mantiene tal como se diseñó, con algunas restauraciones puntuales, y es la sede de un mercado medieval que se celebra durante un fin de semana a principios de marzo.

Tras la toma por asedio de las tropas de Jaime I, la fortaleza villenera cobró protagonismo en dos guerras. La de Sucesión, en el siglo XVIII, dejó la huella de “dos cañonazos visibles en la torre del homenaje”, detalla Muñoz. La de la Independencia arañó la mayor cicatriz, ya que las tropas napoleónicas detonaron una carga de pólvora que arrancó las cubiertas de la torre del homenaje y “destruyó casi totalmente sus dos bóvedas almohades de arcos entrecruzados”, de las que solo existen en España tres ejemplares: las dos de Villena, restauradas, y la del castillo del vecino municipio de Biar, según Muñoz. Las vistas de tierras murcianas, manchegas y valencianas y “una sala repleta de los grafitis rascados en la pared con objetos punzantes por prisioneros del siglo XVIII” completan el recorrido principal.

Los turistas estadounidenses suelen acabar aquí su visita. El resto, si se anima, puede bajar las empinadas escaleras de piedra que conectan con la calle Beata Medina, puerta de acceso al centro histórico, y que necesitan algo más que ánimo para subirlas a pie. Las laderas del monte de San Cristóbal, en el que se ubica el castillo, están entrecruzadas por calles estrechas y casas humildes construidas en terrazas. El camino desemboca en la plaza de Santiago, en la que se encuentran el Ayuntamiento, la Casa de Cultura y la imponente iglesia de Santiago, otro de los hitos turísticos de la ciudad. Comenzó a construirse en el siglo XIV y está considerada como “uno de los edificios gótico-renacentistas más importantes de la Comunidad Valenciana”, asegura la coordinadora de los guías municipales. “Destaca, sobre todo, por sus columnas helicoidales, semejantes a las de la Lonja de Valencia”, detalla Muñoz, “y por su pila bautismal, tallada por Jacobo Florentino, un discípulo de Miguel Ángel”. La pieza renacentista muestra “cuatro arpías en su base, que simbolizan el infierno”, un cuerpo central “con motivos vegetales en representación de la vida terrenal” y está coronada por “ocho ángeles que se identifican con el paraíso”.

Por esta zona de Villena, que de noche se convierte en un hervidero de terrazas y copas, sí se adentran franceses, británicos, alemanes y neerlandeses, siguientes pasaportes en el escalafón turístico de la ciudad alicantina. “Los estadounidenses van más dirigidos, los demás van generalmente en pequeños grupos o parejas”, más a su aire, “y fotografían todo lo que ven de piedra”, relata Sara Santos, empleada del bar Münich. Lejos de las tranquilas calles que suben hacia el castillo, ya con el trasiego habitual de toda ciudad, los turistas preguntan dónde y qué se puede comer. Los platos principales de la gastronomía local son los gazpachos manchegos, las pelotas de relleno y el trigo picao, un guiso de trigo machacado, alubias, carne de cerdo, cardos y nabos. De postre, pastas dulces. Y para la digestión, son célebres el cantueso y el herbero, dos licores.

También amplían su recorrido los rusos, que vienen en grupos pequeños, de unos ocho componentes y a los que “en ciudades como Villena, les gustan los itinerarios culturales”, asevera Iván Winter, de la agencia de viajes Dyadya Vania, afincada en Torrevieja. “Mar y sol hay por todo el mundo, pero nadie tiene tanta historia como España”, añade. En su programa entran las degustaciones de vino y las visitas a bodegas, pero también bajan de la fortaleza a la iglesia y de allí, tras la calle Puerta del Molino, cruzan la Corredera y continúan por la calle de la Trinidad, que conduce al Museo de Villena (MUVI), que en 2026 opta al premio al museo europeo del año. En este centro municipal, arqueológico y etnológico, se exhiben piezas “que muestran la historia de la ciudad, desde la Prehistoria hasta el siglo XX”, indica su directora, Laura Hernández. Con un protagonista indiscutible: el Tesoro de Villena.

En 1963, el albañil Paco García Arnedo desenterró en el terreno donde su cuadrilla estaba trabajando, al pie de la sierra del Morrión, a cuatro kilómetros del casco urbano, un brazalete con púas que parecía una pieza de motor. Finalmente, se lo llevó un compañero, que quiso regalárselo a su mujer previo paso por una joyería. Al limpiarlo, se comprobó que era oro puro. La Guardia Civil intervino y la pieza acabó en manos de José María Soler, el entonces arqueólogo municipal. La excavación posterior de la zona del hallazgo casual afloró una vasija de barro que contenía 59 objetos de oro, plata, hierro y ámbar de la Edad del Bronce, en torno al año 1250 antes de Cristo. “Es, sin duda, una muestra de poder de unas élites”, corrobora Hernández, “y demuestra que Villena siempre ha sido un punto de conexión comercial del Mediterráneo”.

El Tesoro cuenta con una sala propia que quiere sumergir al visitante en la oscuridad de una cueva repleta de joyas. Los frascos, cuencos y otros objetos de oro centran la atención de los visitantes, pero son un brazalete y un broche de hierro los que han dado una nueva dimensión al conjunto. Estudios de varias instituciones científicas, entre ellas el CSIC, han demostrado que el metal utilizado en ambas piezas procedía de un meteorito, material extraterrestre. Además, “es el más antiguo datado en la Península, y en aquellos tiempos apenas había empezado a utilizarse”, explica la directora del MUVI. Todavía era considerado un metal precioso, “un símbolo de poder”.

Otro conjunto de orfebrería prehistórica, el Tesorillo del yacimiento del Cabezo Redondo, y un extenso catálogo de piezas iberas, romanas e islámicas trazan la genealogía de Villena. En el siglo XIII, tras la Reconquista, encabezó el Señorío de Villena, un territorio de la Corona de Castilla, fronterizo con la de Aragón, que abarcaba la vega del río Vinalopó, hasta su desembocadura en Elche, concedido a don Manuel, hermano de Alfonso X El Sabio y padre de don Juan Manuel, el autor de El conde Lucanor. Desde entonces, la ciudad ha mantenido su espíritu de lugar de tránsito, su agricultura, cimentada en una considerable abundancia de acuíferos, y la industria del calzado, especializada en el infantil.

Los turistas españoles pueden añadir tres marcas más en el plano. El Teatro Chapí, dedicado al villenero Ruperto Chapí, compositor de zarzuelas como El tambor de granaderos o La Revoltosa. El Museo Festero, protagonizado por los Moros y Cristianos, que se celebran entre el 4 y el 9 de septiembre. Y el Museo Escultor Navarro Santafé, situado en la casa en que vivió el escultor que creó la estatua del Oso y el Madroño de Madrid, de la que se exhiben bocetos previos.

 Feed MRSS-S Noticias

Te puede interesar