Mantiene Nietzsche que es la contradicción lo que nos hace crecer, lo que nos convierte en seres productivos. Y Rafael Manuel, cineasta filipino con el pelo alborotado y la mirada clara, no puede por menos que darle la razón. Filipiñana, recién presentada en el Festival Cinemajove, es esencialmente una película contra sí misma, una película que se niega a cada paso que da, una película que abomina de la coherencia placentera de las fotos de Instagram. Toda ella discurre en un resort de lujo de, precisamente, Filipinas; toda ella se alimenta de imágenes milimetradas y se diría que perfectas, y todo el mundo en ella parece feliz en su plácida sumisión. Y, sin embargo, duele.
Rafael Manuel estrena en Cinemajove su particular visión de lo terrible de la mano de un prodigio de cine exacto
Mantiene Nietzsche que es la contradicción lo que nos hace crecer, lo que nos convierte en seres productivos. Y Rafael Manuel, cineasta filipino con el pelo alborotado y la mirada clara, no puede por menos que darle la razón. Filipiñana, recién presentada en el Festival Cinemajove, es esencialmente una película contra sí misma, una película que se niega a cada paso que da, una película que abomina de la coherencia placentera de las fotos de Instagram. Toda ella discurre en un resort de lujo de, precisamente, Filipinas; toda ella se alimenta de imágenes milimetradas y se diría que perfectas, y todo el mundo en ella parece feliz en su plácida sumisión. Y, sin embargo, duele.
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