Cinco ciudades en España para comer muy bien más allá de Madrid y Barcelona

Durante años, para comer muy bien en una ciudad de España parecía que se tenía que escoger entre Madrid y Barcelona. Después llegaron San Sebastián, Bilbao, Valencia o Sevilla para demostrar que el mapa gastronómico es mucho más grande. Ahora la revolución sucede un poco más lejos de las ciudades más visitadas del país: en enclaves donde la cocina se ha convertido en una razón para un viaje por derecho propio.

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 Málaga, A Coruña, Murcia, Logroño y Valladolid demuestran que el mapa gastronómico español se disfruta también en sus barras, mercados, restaurantes con estrella Michelin y casas de comidas  

Durante años, para comer muy bien en una ciudad de España parecía que se tenía que escoger entre Madrid y Barcelona. Después llegaron San Sebastián, Bilbao, Valencia o Sevilla para demostrar que el mapa gastronómico es mucho más grande. Ahora la revolución sucede un poco más lejos de las ciudades más visitadas del país: en enclaves donde la cocina se ha convertido en una razón para un viaje por derecho propio.

Málaga, A Coruña, Murcia, Logroño y Valladolid demuestran que el nuevo mapa gastronómico español se juega también en las barras, los mercados y las casas de comidas. Estas cinco ciudades tienen algo en común: una despensa extraordinaria, cocineros que han decidido mirar hacia fuera sin renunciar al territorio y, sobre todo, una cultura gastronómica que no termina cuando se abandona el restaurante. Aquí conviven menús degustación con mercados, bares de toda la vida, tabernas, vinos por copas, pinchos, tapas y platos que llevan décadas formando parte de la memoria local.

La Guía Michelin es un buen termómetro de este fenómeno, pero no el único. Para entender de verdad estas nuevas capitales foodie hay que combinar el restaurante de alta cocina con la barra donde los vecinos siguen pidiendo lo mismo desde hace años.

Málaga cocina su relación con el Mediterráneo desde Andalucía. A Coruña mira al Atlántico. Murcia reivindica una huerta que durante décadas alimentó media España sin recibir demasiados focos. Logroño demuestra que una ciudad asociada históricamente al vino puede convertirse también en un laboratorio gastronómico. Y Valladolid ha conseguido algo todavía más difícil: convertir el humilde pincho en una auténtica industria cultural. En todas ellas hay restaurantes donde sentarse durante tres horas ante un menú degustación. Pero también quedan lugares donde la gente de la ciudad sigue comiendo como siempre. Una marinera en Murcia. Un champiñón en Logroño. Una croqueta en Valladolid. Un pulpo en A Coruña. Un espeto en Málaga.

Málaga: el Mediterráneo se cocina a fuego lento

Málaga ha dejado de ser únicamente una ciudad de pescaíto frito, espetos y terrazas frente al mar —aunque sería un pecado viajar hasta aquí y no entregarse a ellos—. El gran cambio está en la aparición de una escena gastronómica sofisticada que utiliza el producto andaluz como punto de partida y mira hacia el Mediterráneo, Asia y Latinoamérica.

Hay que sentarse, por ejemplo, en Palodú. El restaurante de los cocineros Cristina Cánovas y Diego del Río apuesta por una cocina contemporánea en la que el producto andaluz se transforma sin perder su identidad. La llegada de su primera estrella Michelin en 2026 confirmó el momento dulce que vive la casa. La propuesta encaja con la nueva personalidad gastronómica de la ciudad: técnica, producto local y una cierta libertad para jugar con sabores que no necesariamente pertenecen al recetario tradicional.

Pero reducir la ciudad a sus restaurantes de alta cocina sería perderse la mitad de la historia. Su cocina sofisticada sigue teniendo los pies en el mercado, donde siguen estando expuestos sus pescados, verduras, salazones o productos de temporada. Imprescindible la visita al Mercado Central de Atarazanas, que permite entender la despensa malagueña. El edificio histórico ya merece una visita, pero lo importante está dentro. Y para quien quiera salirse de la ruta turística más evidente están también el Mercado de Salamanca o el de Huelin, que ofrecen una mirada más cotidiana.

La ciudad andaluza presume especialmente de sus barras: para una versión mucho más informal, una parada clásica es La Tasquita de en Medio, en pleno centro, que sigue siendo una buena barra malagueña: tapas, raciones y producto para compartir. También merece una visita La Farola de Orellana, una taberna de ambiente local en un callejón típico, perfecta para descubrir esa Málaga de pequeños platos que no necesita ceremonias. Y para quien busque una dirección de tapas con muchísimo movimiento, Picas Bar Tapas, junto a la plaza de la Merced, es otra de las barras populares. En cualquiera de ellas hay que pedir platos sencillos pero irrenunciales: espetos de sardinas, boquerones, concha fina, ensalada malagueña y, si aparece en la carta, algún buen plato de pescaíto del día.

Para fortuna de los que disfrutan de la buena mesa, aún quedan casas de comidas, como el Restaurante Casa Carlos 1936, una auténtica casa de comidas con historia, en La Malagueta, que funciona desde 1936 y continúa en manos de la familia del fundador: cocina tradicional malagueña donde probar un buen gazpachuelo, callos con garbanzos o unas buenas croquetas. Otro clásico es el Mesón Mariano, abierto desde 1969 y famoso por sus alcachofas y sus platos tradicionales.

A Coruña: el Atlántico llega directamente al plato

Esta ciudad juega con ventaja. Tiene uno de los mejores mercados naturales de España a pocos kilómetros de sus cocinas: el Atlántico. Pescados, mariscos, algas, carnes gallegas y una huerta cada vez más reivindicada forman una despensa que permite cocinar con enorme personalidad. A Coruña cuenta con una pequeña pero potente oferta gastronómica, con restaurantes como Árbore da Veira, Taberna 5 Mares, Terreo Cocina Casual o El de Alberto, que combina con una gran tradición de tabernas.

En lo alto del monte de San Pedro, con el océano y la ciudad extendiéndose a los pies del comedor, Árbore da Veira juega con una de las grandes ventajas de A Coruña: aquí el paisaje también alimenta. El chef Luis Veira construye una cocina creativa profundamente atlántica, combinando productos del mar y de la montaña y revisitando sabores gallegos desde una perspectiva contemporánea en una constante búsqueda de equilibrio entre tradición y creatividad.

Pero en A Coruña hay otra manera, mucho más democrática, de acercarse a la gastronomía. Para empezar, está la lonja. El Mercado de San Agustín es el más céntrico, y una buena puerta de entrada al producto coruñés: pescado, marisco, carne, frutas y verduras. Para una visita más vinculada al día a día de la ciudad merece la pena acercarse también al Mercado Municipal de Elviña, más alejado del circuito turístico.

Coruña es también la ciudad de las tabernas. A Taberna de Cunqueiro es una buena opción a la cocina gallega tradicional en pleno centro. Es el tipo de establecimiento que funciona tanto para una comida pausada como para una ronda de raciones. Para algo todavía más informal, La Bombilla representa la tradición de la tapa sencilla y económica que sigue siendo parte esencial de la vida coruñesa. Y para una cocina gallega algo más reposada, Anosa Taberna Coruña puede ser otra dirección que merece la pena llevarse apuntada en la agenda.

Una ruta por la Ciudad Vieja y la zona de Pescadería permite, además, descubrir la red de tabernas históricas que mantiene vivos platos como el pulpo á feira, la empanada, las zamburiñas o el lacón con grelos.

Murcia: la huerta que decidió ponerse seria

Durante mucho tiempo, Murcia fue uno de los secretos mejor guardados de la gastronomía española. Quizá porque su cocina parecía demasiado cotidiana para llamar la atención: verduras, arroces, salazones, pescados, cítricos y productos de una huerta extraordinaria. Hoy aquello ha cambiado. La Región de Murcia suma varios restaurantes reconocidos por Michelin, entre ellos La Cabaña Buenavista, en El Palmar; Magoga, en Cartagena; Odiseo, Almo o Frases, los tres últimos en la ciudad de Murcia.

Un buen punto de partida puede ser el Mercado de Verónicas, el gran mercado de abastos de Murcia. De arquitectura modernista, reúne un impresionante despliegue de frutas y verduras de la huerta, además de salazones, pescados, carnes o mariscos, y con pequeñas cantinas que cocinan los productos adquiridos en los propios puestos.

En la gama alta de la restauración, Almode Juan Guillamón, en el centro de Murcia, representa bien esa nueva generación que no necesita escoger entre tradición y modernidad. Su cocina parte del recetario y del producto mediterráneo para llevarlos hacia una interpretación contemporánea. El resultado es una experiencia gastronómica ambiciosa que ayuda a explicar por qué Murcia está dejando de ser una parada secundaria para convertirse en destino culinario.

Murcia también reivindica su cocina de mesa y mantel: arroces, guisos, carnes, pescados y verduras. Cocina tradicional como la que se encuentra en Casa Pacoche, Salcillo, Morales o El Churra. Para conocer su tapeo, es imprescindible acercarse a la zona de las plazas de las Flores, Santa Catalina y San Juan. Entre las paradas que merecen la pena están Los Zagales y la cercana La Pequeña Taberna, uno de los establecimientos tradicionales de la zona de San Juan. Bodegón Los Toneles es otra buena dirección para entender la tradición del tapeo murciano, que incluye desde la imprescindible y humildemarinera (ensaladilla rusa, rosquilla y anchoa) hasta michirones o zarangollo.

Para una experiencia todavía más vinculada al territorio, merece la pena desplazarse hasta Cartagena y sentarse en Magoga, el restaurante de María Gómez y Adrián de Marcos. Su filosofía gira alrededor de la unión entre mar y campo, con pescados y mariscos del Mediterráneo y el Mar Menor, productos de la huerta del Campo de Cartagena y arroz de Calasparra.

Logroño: la capital del vino que también quiere ser capital de la mesa

Logroño siempre ha sabido comer bien. La diferencia es que ahora también ha aprendido a contarlo. La capital riojana combina una de las grandes tradiciones vinícolas de España con una escena gastronómica sorprendentemente sofisticada. Y lo interesante es que no todo gira alrededor de la cocina tradicional: Japón, México, Ecuador y otras influencias han encontrado aquí un lugar para dialogar con el producto local. La ciudad cuenta actualmente con cuatro restaurantes con estrella Michelin: Ajonegro, Kiro Sushi, Ikaro y Juan Carlos Ferrando, que figuran entre las direcciones destacadas de la ciudad.

Kiro Sushi puede ser lagran sorpresa para quien llegue a Logroño buscando solo chuletillas al sarmiento: de repente podemos estar en una barra japonesa para apenas seis comensales. El cocinero, Félix Jiménez, se formó en Japón con el maestro Yoshikawa Takamasa y trasladó a Logroño la precisión de la tradición Edomae y el protagonismo absoluto del arroz y el pescado. Un menú basado en sushi y distintos bocados de pescado y una cocina en la que el ritual tiene tanta importancia como el resultado.

Ikaro ofrece la otra gran vía de la gastronomía logroñesa contemporánea: la mezcla. Carolina Sánchez, ecuatoriana, e Iñaki Murua, riojano, combinan las raíces de ambos con la despensa local y mezclan los productos de La Rioja y los sabores ecuatorianos.

Pero por si algo es famoso Logroño es por sus pinchos: la ciudad se puede recorrer prácticamente comiendo:un pincho, una copa de Rioja, otro pincho, otra copa y, cuando llega la hora de sentarse, una buena casa de comidas. Las calles Laurel y San Juan son la ruta clásica, con direcciones como el Bar Soriano, parada imprescindible en Laurel para quienes quieran entender la tradición del pincho riojano. Su fama se debe a una preparación tan sencilla como reconocible: champiñones a la plancha. Otra dirección clásica es Bar Lorenzo “Tío Agus”, también en Laurel, donde el pincho que da nombre al local se ha convertido en una de las referencias de la ruta. Y para completarla, La Taberna de Baco ofrece una opción más reposada en la calle San Agustín.

La idea es sencilla: aquí la alta gastronomía no compite con los pinchos. Convive con ellos. La cocina riojana de cuchara la encontramos en sitios como La Cocina de Ramón, con platos tradicionales como pochas, caparrones o patatas a la riojana, que explican el territorio desde la cocina.

Para los amantes de los mercados locales, el de San Blas (plaza de Abastos), lleva casi un siglo en el corazón de la ciudad, y allí siguen conviviendo producto, comercio tradicional y vida ciudadana, con producto de temporada y verduras extraordinarias.

Valladolid: la ciudad que convirtió el pincho en competición

Valladolid quizá sea la incorporación más evidente a este nuevo mapa foodie. Su fortaleza no está únicamente en los restaurantes de alta cocina, sino en una cultura del pincho que ha alcanzado una dimensión casi deportiva. La ciudad celebra el Concurso Nacional de Pinchos y Tapas —la próxima edición es el 9 y 10 de noviembre— y ha convertido la cocina en miniatura en una de sus grandes señas de identidad. Esta ciudad se entiende mejor de pie, con un vino en una mano y un pincho en la otra.

Para ver hasta qué punto se ha tomado en serio el formato pequeño basta con acercarse a Los Zagales. Aquí han convertido el pincho en una disciplina propia. Su célebre Tigretostón es uno de los clásicos y el restaurante acumula varios premios nacionales. El local continúa siendo una de las paradas fundamentales para cualquiera que quiera estudiar la evolución de la tapa española.

Otro nombre imprescindible es Restaurante Jero, cuya barra permite hacer una ruta de pinchos muy variada sin salir del centro. El Corcho es otro de los imprescindibles, con su clásicas croquetas de bacalao, que se puede completar con más bares de tapas comoBar Postal, La Sepia, Handy, La Mejillonera o La Bodeguita. El plan de tapeo puede empezar en la plaza Mayor, continuar por las calles Pasión y Correos y terminar en torno a la plaza Martí y Monsó.

Y si se quiere entender la vertiente más tradicional, hay que entrar en La Criolla. Su propuesta combina cocina castellana, vinos y una barra con tapas y raciones; entre sus platos aparecen productos tan vallisoletanos como las chuletillas de lechazo. Y en línea también tradicional, en plan casa de comidas, podemos encontrar un buen asador, El Figón de Recoletos, contrapunto perfecto a la tapa contemporánea con su lechazo asado en horno de lecha, el imprescindible plato castellano.

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