Calpe, renovarse a la sombra del Peñón

Siempre que vuelvo a Calpe (cosa que pasa menos veces de las que querría) me sorprende y me exalta la colosalidad irredenta del peñón de Ifach. Esta paquidérmica protuberancia, ocasionalmente envuelta de nubes como la aureola de un santo, parece siempre a punto de saltar sobre el mar, que le es refugio y no abismo. Y, en efecto, ese tosco poliedro es una prolongación de la cordillera Bética, que se sumerge audazmente bajo las olas para dirigirse a Mallorca. Un tótem prodigioso, una ofrenda desmesurada y, quizás, en su priapismo cósmico, un tabú.

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 Además de por su paquidérmica y famosa formación rocosa, la ciudad alicantina merece una visita por las Salinas, el conjunto arqueológico Baños de la Reina y una gastronomía en la que destaca la gamba blanca  

Siempre que vuelvo a Calpe (cosa que pasa menos veces de las que querría) me sorprende y me exalta la colosalidad irredenta del peñón de Ifach. Esta paquidérmica protuberancia, ocasionalmente envuelta de nubes como la aureola de un santo, parece siempre a punto de saltar sobre el mar, que le es refugio y no abismo. Y, en efecto, ese tosco poliedro es una prolongación de la cordillera Bética, que se sumerge audazmente bajo las olas para dirigirse a Mallorca. Un tótem prodigioso, una ofrenda desmesurada y, quizás, en su priapismo cósmico, un tabú.

El parecido de esta gran roca con la de Gibraltar ha propiciado teorías diversas, normalmente descabelladas pero siempre amenas. Que Gibraltar e Ifach estuvieron unidos físicamente antes de abrirse el Estrecho es una de esas leyendas. Sí que es cierto que, en la antigüedad, el nombre Calpe designaba al peñón de Gibraltar. En un tiempo tan dado a las supercherías y otros golpes en el pecho de la ignorancia suprema me extraña que nadie haya propuesto que este titánico pedrusco pueda ser una ofrenda a algún dios. O quizás un monumento obra de los extraterrestres, como algunos partidarios desaforados del delirium tremens dicen que son las pirámides de El Cairo. Ajeno a todas nuestras elucubraciones, el Peñón sigue aquí, como el dinosaurio de Monterroso: una erección ciclópea, una insurgencia calcárea insolente y retadora, un desorbitado capricho morfológico.

Con este atractivo paisajístico, la ciudad alicantina necesita poco más para atraer visitantes. Y, sin embargo, las calidades de su oferta no dejan de aumentar. Ya se sabe que desde hace décadas recibe un elevado número de turistas extranjeros (muchos, hoy, residentes permanentes), principalmente procedentes del Reino Unido, Alemania, Bélgica y los Países Bajos. Este carácter cosmopolita no le ha hecho perder personalidad. Su casco antiguo con restos de los muros medievales resulta muy evocador, con sus calles estrechas, sus plazas tradicionales y edificios históricos como la iglesia Antigua (del siglo XV) y el Torreó de la Peça (baluarte defensivo de la antigua muralla). A esto une una variada oferta de restauración y comercio, amén de las actividades náuticas de su puerto deportivo o el senderismo que puede practicarse en el Peñón.

Entre sus atractivos naturales están las Salinas y el conjunto arqueológico Baños de la Reina. Las Salinas son parte de una antigua bahía cerrada por una barrera de dunas que unía el Peñón con el continente. La explotación de sal se cerró en 1988, así que, clausurada la industria, ha florecido la biodiversidad: allí viven 173 especies diferentes de aves. En cuanto a Baños de la Reina, es un yacimiento arqueológico, anexo a las Salinas, donde debió vivir un noble romano. Además de su lujosa villa, incluye una piscifactoría (donde se llevaba a cabo la salazón del pescado), unas termas, una noria y cuatro aljibes.

Esta antigua actividad pesquera ha llegado hasta la actualidad. A diferencia de otros destinos muy orientados exclusivamente al turismo, Calpe ha mantenido una flota de arrastre significativa. Su puerto alberga una de las lonjas más importantes de la zona, donde se realiza la ancestral e imprescindible subasta del pescado y el marisco locales.

Su gran tesoro marino es la gamba blanca. Aunque la gamba roja de su vecina Dénia tiene una fama más consolidada, las propiedades de la blanca (su dulzura natural, su carne firme y sedosa, el suave aroma a yodo acabada de pescar) no son precisamente despreciables. Desde 2025, este fruto del mar goza de marca de calidad propia. Según el Portal Agrari de la Generalitat, ese año se capturaron y comercializaron más de 1.600 toneladas de gamba blanca en la Comunidad Valenciana (casi toda en la costa de Alicante). Es la tercera especie local en número de capturas (después del boquerón y de la sardina): genera 13,5 millones de euros, superando a la gamba roja y al boquerón, que hace años lideraban el ránkingmarino. Y ahora ese tesoro, que era cuantitativo, ha empezado a volverse cualitativo.

Es precisamente en la gastronomía donde Calpe ha afinado más su renovación en los últimos tiempos. La versatilidad culinaria de ese prodigioso crustáceo ha llamado la atención de los chefs más reputados de la zona. Dos ejemplos: los restaurantes Onami y Beat.

Onami abrió este pasado mes de junio en el hotel A.R. Diamante Beach. Este imponente establecimiento ya disponía de otros dos locales de restauración, el Audrey’s (el primer local con estrella Michelin de Calpe) y el Amas. Onami comparte chef con Amas: Diego Laso. La diferencia entre los dos —inspirados ambos en la cocina japonesa— es que en Onami no hay carta y se come en la barra. El servicio está concebido como un menú degustación al estilo kaiseki-ryori: la forma más refinada y tradicional de la alta gastronomía japonesa. Onami es un juego de palabras entre ona (ola, en valenciano/catalán) y umami. Esto da la medida de su filosofía: ofrecer un diálogo entre la cocina valenciana y la nipona. De aquí la receta de gamba blanca en Amas (curada con sake y servida con crema inglesa y algas de Galicia), o el nigiri de este mismo crustáceo en Onami, simplemente pelado y servido sobre arroz.

Segundo ejemplo: el restaurante Beat (una estrella Michelin), ubicado en The Cookbook. Este hotel acaba de renovarse en profundidad. En Beat reina desde hace diez años José Manuel Miguel, el único cocinero valenciano que ha obtenido estrellas Michelin en Francia y en España. Si en Onami dialogaban la cocina local con la nipona, aquí la fusión está protagonizada por lo valenciano y lo francés. El gran referente de José Manuel Miguel es Paul Bocuse, emblema de la nouvelle cuisine gala. El bogavante lo cocina a la manera de la Salade de homard à la française de Bocuse, pero la gamba blanca no requiere mayor transformación: su hechizo radica en la ausencia de cocción.

Con todo esto ya se puede volver a visitar Calpe y saborear algo más que la siempre imponente vista de su Peñón. Tradición y modernidad, lo llaman.

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