Así es visitar hoy la mítica Babilonia

A Babilonia se llega en poco más de una hora desde Bagdag. Un pequeño salto desde una metrópoli de tráfico caótico a la paz de la capital fundada por el rey Hammurabi hacia el año 1792 antes de Cristo. Lo primero hoy es atravesar la Puerta de Ishtar, la diosa sumeria del amor y la guerra. El color de sus ladrillos es de un potente lapislázuli. Ahí se esparcen relieves de animales portentosos. Como el toro de las tormentas, dragones discretos del supremo dios Marduk y, sobre todo, el león andante, rey de la imaginería babilónica. Lejos de ser un león rampante, o feroz como tantos otros, el león de Babilonia muestra su cachaza al caminar como un rey del mundo. La Puerta de Ishtar es de buen augurio, aunque no se trata de la original, que fue trasladada a Berlín y recompuesta en 1930 como joya principal del Museo de Pérgamo.

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El Ministerio de Exteriores desaconseja viajar a Irak, pues la región de Oriente Próximo se encuentra afectada en la actualidad por un conflicto de alcance regional, y recuerda que el espacio aéreo del país está cerrado.

 En este arruinado enclave se mantiene en pie un único palacio y sobrevive una gran estatua original, pero queda ingente trabajo arqueológico por hacer. Además, cerca está la pequeña maravilla de Birs Nimrud  

A Babilonia se llega en poco más de una hora desde Bagdag. Un pequeño salto desde una metrópoli de tráfico caótico a la paz de la capital fundada por el rey Hammurabi hacia el año 1792 antes de Cristo. Lo primero hoy es atravesar la Puerta de Ishtar, la diosa sumeria del amor y la guerra. El color de sus ladrillos es de un potente lapislázuli. Ahí se esparcen relieves de animales portentosos. Como el toro de las tormentas, dragones discretos del supremo dios Marduk y, sobre todo, el león andante, rey de la imaginería babilónica. Lejos de ser un león rampante, o feroz como tantos otros, el león de Babilonia muestra su cachaza al caminar como un rey del mundo. La Puerta de Ishtar es de buen augurio, aunque no se trata de la original, que fue trasladada a Berlín y recompuesta en 1930 como joya principal del Museo de Pérgamo.

Ya estamos en el primer patio de la actual Babilonia y no nos topamos con lo que más nos gustaría. Ni rastro de los Jardines Colgantes. Tampoco, de existir, se colgaban, sino que tal vez cubrían los pisos de un altísimo zigurat. Hay quien sostiene, como Stephanie Dalley, arqueóloga de la Universidad de Oxford, que tales Jardines Colgantes pudieron estar más bien en la ciudad norteña de Nínive.

En el centro de ese primer patio han puesto un parterre con flores de manzanilla y macizos de jazmín. No evocan ciertamente el acuático licio espinoso que daba la inmortalidad a Gilgamesh, el literario rey sumerio de la ciudad de Uruk. Aquí lo que es real, al menos en su reproducción en la cercana muralla, es el mapa más antiguo del que se tenga noticia. Se ha copiado de la tablilla del siglo VI a.C. que se exhibe en el Museo Británico de Londres. Es un primer mapa del mundo visto como dos círculos concéntricos y cuyo ombligo —más bien un rectángulo— correspondía a Babilonia.

Seguimos luego por la Calle Ceremonial, pasando bajo arcos cada vez más escorados respecto a un eje. Así nadie podría flechar al rey de un solo disparo. Otra cosa es cómo acabó Sadam Husein, responsable de la reconstrucción masiva de la antigua ciudad de Babilonia en los años ochenta del pasado siglo. Enseguida te enseñan uno de los ladrillos que lleva grabado este texto en árabe: “Sadam Husein, el protector de Iraq, reconstruyó la civilización y reconstruyó Babilonia”. Mandó poner hasta 60 millones de nuevos ladrillos. A partir de la restauración de 1987-1988, Husein usó su nueva Babilonia para festejos de glorias y trompetas.

Queda ingente trabajo arqueológico serio por hacer en Babilonia. Muchas ruinas siguen enterradas esperando al otro lado de las verjas que las separan del circuito de la visita. Hay que imaginarse lo que fue este sitio en su apogeo, cuando Nabucodonosor II, el gran monarca y el gran villano, levantó aquí la capital más esplendorosa del mundo conocido. Sin olvidar que en el año 587 a.C. no solo destruyó el Templo de Salomón en Jerusalén, sino que convirtió en esclavos a los judíos y los deportó aquí. Y aquí, si no el viento, la memoria traía la nostalgia: “Vuela, pensamiento, con alas doradas,” como canta el coro del tercer acto del Nabucco de Verdi.

También nos interesa preguntar por Alejandro Magno, que se cree que murió en Babilonia tras conquistarla. No hay tumba ni resto alguno de Iskander, como fue llamado en Oriente el conquistador macedonio. Un guía indica que una plataforma, junto al posible palacio de Nabucodonosor II, tal vez sirvió para depositar su cadáver. La verdad es que Alejandro Magno no fue sepultado aquí. Lo llevaron a Egipto y acaso a un mausoleo en su amada Alejandría.

¿Y dónde está la Torre de Babel? Hay quien la busca aún con drones, al menos sus cimientos. A lo mejor la Torre de Babel solo existió en el Génesis. Y en la asociación que algunos historiadores quieren hacer con un zigurat como el de Etemenanki, donde habría estado el mítico templo de la “Creación del cielo y de la tierra”, quizás también del siglo VI a.C. Más bien eso fuese un zigurat de siete pisos, tampoco excesivo para celebrar a su advocación, la de Marduk, el supremo dios babilónico. Las tablillas de arcilla, con su escritura cuneiforme, aún tienen mucho que hablar.

La historia reciente va por el mismo camino. En 2003 no pareció inconveniente poner aquí el Camp Babylon para alojar a las tropas estadounidenses, incluidas las de élite como los Recon Marines. No escasearon los daños a lugares arqueológicos y los robos de piezas valiosas.

Tras visitar las ruinas de Babilona, los vigilantes pueden permitir a tu vehículo el acceso al único palacio que sigue en pie. Se conoce como el Palacio de Verano de Sadam Husein y se alza sobre la loma que domina, no solo la Babilonia reconstruida, sino la zona arqueológica por excavar. Vastas ruinas de color arcilla que se confunden con el suelo y parecen cocerse sin fin a la intemperie. En el interior del palacio, con todas sus puertas abiertas, se siente la frescura que trae el cercano canal del Éufrates. Luego está el frío que da todo el mármol que ha quedado en suelos, columnas y muchas paredes. En realidad solo resisten aquí los mármoles, ni una lámpara ni un enchufe, ni un solo mueble. Algunas pintadas son la estridente decoración. En lo que fue el salón del trono —no otra cosa era donde recibía Sadam— hay espacio para un batallón. En el suelo está el redondel de mármol donde, dando un taconazo de pleitesía, la bóveda que hay encima propaga el eco.

Pero por fortuna sí sobrevive en la arruinada Babilonia una gran estatua original. Es el León de Babilonia, que tiene la cara rota, no así el cuerpo poderoso sobre un enemigo que se debate bajo sus zarpas. Una escultura de basalto que era símbolo de la diosa Ishtar y ahora sale hasta en los billetes de 25.000 dinares (unos 17 euros).

A solo 18 kilómetros de Babilonia queda una pequeña maravilla llamada Borsippa, hoy más conocida como Birs Nimrud. Ya en el segundo milenio antes de Cristo era una ciudad santa consagrada a Nabu, hijo del dios mesopotámico Marduk. No es lo grandioso de sus ruinas lo que se admira aquí, sino su posición, como si fuera una isla en medio de un lago seco recubierto de leves placas de sal. Y en medio, en lo alto de una colina que evocaría un volcán apagado, se alza un zigurat. Y sobre él, una torre que parece una lengua bífida, como partida en dos por un rayo. Dicen que son incontables las tablillas por desenterrar y revelarnos sus secretos.

El lugar da calma con solo abrir los ojos. Lejos ya de la posesión que inspiró Babilonia en los milenios. Aquí se eleva, firme y modesta, una colina a cuyos pies llegan peregrinos en coches y autobuses. Pero la gente, más que subir rumbo a las ruinas de su antiguo y sagrado zigurat, reducido a un esqueleto de ladrillos, visita en la explanada la mezquita de Ibrahim (Abraham), bajo dos grandes cúpulas de color azul celeste. Pues en un tiempo, que vemos como a través de un espejo de sal, habría sido ahí donde el rey Nimrod quiso quemar vivo al profeta Abraham. Pero no pudo hacerlo, pues les separaban siete generaciones. Sin embargo, los peregrinos no dudan de que este sitio porta fortuna, o mucha baraka.

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