Tenemos un problema: las ganas de ver a Fernando Alonso luchando por podios, victorias y títulos van a mucha más velocidad que las mejoras que Aston Martin introduce en su AMR26. Nos puede la impaciencia. En nuestra calidad de «creyentes», mantenemos una fe ciega en que todavía es posible, en que el piloto conserva el talento, la experiencia, la ambición y las ganas para luchar por cualquier objetivo. Sin embargo, el inexorable paso del tiempo también nos asusta. Nos habíamos hecho un cálculo mental para que nos salieran las cuentas.
Tenemos un problema: las ganas de ver a Fernando Alonso luchando por podios, victorias y títulos van a mucha más velocidad que las mejoras que Aston Martin intr
Tenemos un problema: las ganas de ver a Fernando Alonso luchando por podios, victorias y títulos van a mucha más velocidad que las mejoras que Aston Martin introduce en su AMR26. Nos puede la impaciencia. En nuestra calidad de «creyentes», mantenemos una fe ciega en que todavía es posible, en que el piloto conserva el talento, la experiencia, la ambición y las ganas para luchar por cualquier objetivo. Sin embargo, el inexorable paso del tiempo también nos asusta. Nos habíamos hecho un cálculo mental para que nos salieran las cuentas.
Construimos un castillo de naipes conjeturando cuánto tardaría Adrian Newey en darle a Fernando un coche ganador, y ese castillo resultó arrasado cuando descubrimos en Baréin que el proyecto 2026 era un fiasco. Pero lo de Aston Martin no fue un fiasco cualquiera: fue un descalabro sideral, histórico, pocas veces visto. Un desastre multiorgánico causado principalmente por el motor Honda, que no estaba en condiciones de terminar la distancia de una carrera, pero al que se sumaban otros problemas como el chasis, el sobrepeso o la caja de cambios. La hecatombe ha sido de tal magnitud que salir de ella va a costar esfuerzo, dinero y tiempo.
Aston Martin agachó la cabeza en Australia y se puso a trabajar. Optó por una filosofía de desarrollo poco convencional: no evolucionar nada en el coche hasta que no hubiera una confirmación empírica de que el salto podría ser importante. Así, se arrastraron sin poder competir contra nadie durante diez grandes premios. En Hungría introdujeron la primera evolución, un paquete de soluciones aerodinámicas que lo cambió todo. Por primera vez, Alonso pudo entrar en la Q2; se dejó definitivamente atrás a Cadillac, que antes era inalcanzable; se recortó la distancia con la zona media; y Fernando pudo, al fin, empezar a competir.
Nos fuimos de vacaciones con la ilusión del segundo gran salto, que llegaría en Países Bajos con un nuevo motor de Honda, aprovechando el primer escalón del sistema ADUO. Pero el segundo salto no ha sido, ni mucho menos, como el primero. Es posible que exista una mejoría, pero es difícil, al menos para nosotros, discernir cuánto es del nuevo motor y cuánto del nuevo chasis. Solo tenemos el diagnóstico de los pilotos. Fernando habló de problemas de freno motor, y Lance Stroll fue mucho más lejos al decir que la mejoría de Honda era pequeña e insuficiente.
Sea el motor o sea el chasis, lo cierto es que en Zandvoort el Aston Martin fue el tercer equipo por la cola: dos saltos de posición que eran impensables hace un mes y que, sinceramente, creo que todavía es mejorable cuando desarrollen y le saquen más rendimiento al nuevo motor.
Una vez más, la mejor evolución del coche volvió a ser el piloto. Es imposible explicar cómo, con un Aston Martin que en Zandvoort fue el tercer peor monoplaza en curva lenta, el segundo peor en curva rápida y el peor en curva media y en las rectas, Alonso fuera capaz de terminar noveno, sumar dos puntos y dejar por detrás a todos los pilotos de la zona media excepto a Nico Hülkenberg. Fue capaz de aguantar al Alpine de Pierre Gasly en las vueltas finales con un neumático mucho más gastado, un coche más lento, un motor menos potente y sin velocidad para defenderse en las rectas.
Sí, somos impacientes: queremos más y lo queremos ya, porque sabemos que si Aston Martin le da un coche decente a Fernando, nos vamos a divertir. Ojalá que todavía estemos a tiempo.
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