Arbaso, un hotel en el centro de San Sebastián para adentrarse en la cultura vasca a través de los detalles

El Hotel Arbaso se presenta a sí mismo como el alojamiento ideal para los amantes del diseño y la arquitectura que se hospeden unos días en San Sebastián, pero no hace falta serlo para notar su embeleso. Uno puede entrar sin sentirse especialmente amante de estas artes y convertirse en ello dentro. Son detalles. Algunos vienen de serie, como que este alojamiento esté ubicado en un edificio más que centenario ―construido en 1917― que franquea la catedral neogótica del Buen Pastor, con la consiguiente sensación de nobleza que provoca si uno es afortunado y sus ventanas dan a este edificio religioso, el más grande de toda Gipuzkoa. Otros han sido minuciosamente pensados, perfectamente hilados para que todo encaje, para transmitir a los huéspedes una reconfortante armonía que entra por la vista, el tacto y hasta el olfato. “Sí, hemos desarrollado un aroma propio”, confirma orgullosa Elena Narbarte, directora de comunicación del hotel e impulsora del aroma.

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 El alojamiento donostiarra, situado en una ubicación privilegiada junto a la catedral del Buen Pastor, refleja la esencia de las raíces de su entorno gracias al trabajo minuciosamente hilado de artesanos, diseñadores, artistas y arquitectos  

El Hotel Arbaso se presenta a sí mismo como el alojamiento ideal para los amantes del diseño y la arquitectura que se hospeden unos días en San Sebastián, pero no hace falta serlo para notar su embeleso. Uno puede entrar sin sentirse especialmente amante de estas artes y convertirse en ello dentro. Son detalles. Algunos vienen de serie, como que este alojamiento esté ubicado en un edificio más que centenario ―construido en 1917― que franquea la catedral neogótica del Buen Pastor, con la consiguiente sensación de nobleza que provoca si uno es afortunado y sus ventanas dan a este edificio religioso, el más grande de toda Gipuzkoa. Otros han sido minuciosamente pensados, perfectamente hilados para que todo encaje, para transmitir a los huéspedes una reconfortante armonía que entra por la vista, el tacto y hasta el olfato. “Sí, hemos desarrollado un aroma propio”, confirma orgullosa Elena Narbarte, directora de comunicación del hotel e impulsora del aroma.

San Sebastián es la ciudad más lluviosa de España ―187 días de lluvia en 2025―, pero eso no frena a los turistas que quieren empaparse de su variada belleza, gastronomía y cultura. En 2024, por primera vez, se superó la barrera del millón de entradas de turistas ―1.029.670 en total, que en 2025 bajó ligeramente hasta 1.019.260― en los más de 150 hoteles que hay en la ciudad vasca. El Arbaso no es para todos, empezando porque el precio de la habitación en temporada baja parte de los 157 euros, más otros 49 euros si se incluye su desayuno degustación ―eso sí, ¡menudo desayuno!―, pero desde luego sabe fidelizar a quienes lo escogen para que vuelvan y, de paso, lo recomienden. Repito, son detalles.

Mesas de artesanos que cosen madera

La premisa del Hotel Arbaso parece sencilla. Su nombre significa antepasado en euskera y es el homenaje de las tres hermanas propietarias a su padre, pero también una pista de que lo que se esconde en este edificio refleja la esencia de los orígenes, la tradición y la cultura vasca. “La diferencia con otros hoteles, y es lo que nos encomendó la propiedad, es que cuando un cliente se despierta aquí, sabe que está en el País Vasco”, explica su director, Raúl Fernández Acha. En la práctica no es tan fácil. El propio director reconoce que, por ejemplo, en más de una reunión intentó convencer a la propiedad de usar chimeneas eléctricas “que dan el pego” para minimizar riesgos y optimizar recursos, pero en Arbaso todo desprende autenticidad, así que si en la habitación hay una acogedora chimenea, esta se enciende con leña y fuego.

La madera es la gran protagonista del alojamiento y su presencia destaca desde la sencillez más refinada. Las salas de estar de las habitaciones ―hay 50 en total― cuentan con potentes troncos de madera de roble a modo de mesa y los dormitorios con un escritorio de madera maciza de nogal europeo, ambos obra de los artesanos de Arkaia (división de Mosel) en su taller de Vitoria-Gasteiz. Les caracteriza usar troncos raros, rotos e imperfectos, con muchos contrastes, diferentes tonos y nudos, que luego convierten en muebles únicos gracias a originales procesos ancestrales. En el hotel está muy presente el llamado tximeleta (mariposa, en euskera), que se remonta a la carpintería egipcia. “Es una doble cara de milano para que las grietas no se separen más”, lo describe Diego Álvarez, CEO de Arkaia. También abundan los detalles resultado del proceso erreka (arroyo, en euskera), una especie de costura con palitos para cerrar los grandes huecos de la madera; o los que consiguen con el proceso konikoa, que consiste en producir a mano conos de distintas medidas para insertarlos en el tablón hasta rellenar sus agujeros. “Arbaso es el cliente que más compradores nos ha traído en los 63 años de historia de la empresa. Muchos nos buscan después de hospedarse porque les han encantado las mesas”, celebra Álvarez.

Uniformes que fusionan al ‘harrijasotzaile’ y el pelotari

Hay otra mesa, y esta no es de Arkaia, que también se ha convertido en símbolo del hotel. Se trata de las mesillas de noche inspiradas en las pesadas piedras que levantan los harrijasotzailes en este tradicional deporte rural vasco. Son una de las apuestas del estudio de arquitectura Fiark para las habitaciones, donde conviven con modernas lámparas de lectura con diseño original de Norman Foster o la lámpara flotante de Ilmari Tapiovaara. Todo es sobrio, discreto… agradable. Un poco como el carácter vasco, según defiende el hotel.

Este hilo conductor se plasma también en el personal y, por supuesto, en sus uniformes. “No querían que fuera, literalmente, lo que a todos nos viene a la mente cuando hablamos de la cultura vasca, es decir, trajes tradicionales de baserritarra [habitante de caserío]con delantal, falda y enaguas”, explica la diseñadora donostiarra Irati Guarretxena, directora artística de la marca Letitare y encargada del diseño de los uniformes de Arbaso. Ella decidió proyectarlo “de una forma más vanguardista” e inspirarse en los chalecos de los harrijasotzailes, jugando con colores neutros, texturas rugosas y formas ergonómicas. “Creo que funciona muy bien porque es muy práctico en el día a día”, cuenta Guarretxena, que también se ha encargado de los uniformes de Narru, el delicioso restaurante que convive con el hotel. El atuendo se completa con una camisa de cuello mao y un gerriko (cinturón)de piel del que cuelgan cuerdas de algodón, aludiendo al traje de los pelotaris o jugadores de pelota vasca. “Son guiños muy sutiles, pero que nos pueden evocar a materiales y sensaciones de aquí de una manera más conceptual”, apunta.

Muros de luz sacados de la cantera

Dentro de las habitaciones uno se siente como en casa ―y eso que en casa uno no acostumbra a tener alfombras de fibra de palmera, cortinas de lino, cabeceros de cuero, mesas de acero o suelos de roble―, pero en los espacios comunes también. La recepción emana calor tanto por el trato del personal como por la chimenea central que abriga a los huéspedes que se topan con las características lluvias donostiarras. Y esa sensación de refugio se acentúa con la intervención del reconocido artista bilbaíno Aitor Ortiz, Gran Premio de Honor de la Bienal de Arte de Alejandría en 2001. Los suelos de mármol negro de la entrada se mezclan con su obra Muros de luz, parte de una serie del fotógrafo inspirada en las canteras de Markina ―colección permanente del Guggenheim― y la posición fluctuante de sus muros. “Lo que me gusta de la relación de la obra con el hotel es que surgió un poco del origen primigenio del refugio, que se mostraba en estos espacios horadados en la piedra, en estos espacios de luz donde, sin decirte nada, te llevan a lugares primitivos, pero que al mismo tiempo te transmiten esa sensación de calor, de confort o de hogar”, describe Ortiz.

Él nunca se ha hospedado aquí, a diferencia de Guarretxena, que estuvo cuando abrió sus puertas a principios de 2020, cuando desconocían todavía que estaba a punto de estallar una pandemia mundial. El turismo se paró, pero les dio el margen necesario para perfeccionar su apuesta. “A nivel estético, de diseño, de materiales, para mí es una auténtica gozada. En cualquier esquina que mires, todo está muy cuidado”, define Guarretxena su experiencia desde dentro. El director del hotel insiste en que la calidad se percibe estando, tocando las sábanas, la madera, las plantas… Viendo cómo la luz inunda la estancia ―cuando sale el sol―. Aquí no hay nada porque sí, todo tiene sentido. Y funciona.

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