Cuando España gana y golea, sonríe. Da igual quién marque los goles, qué jugadores acaparen los focos y quién sea elegido el mejor del partido. Rodrigo se transforma en el camarero que sale del vestuario cargado de pizzas, Zubimendi con una sonrisa para ocultar que, con el capitán recuperando sensaciones de Balón de Oro, va a jugar poco, y Pedro Porro flotando porque ha marcado por su primer gol internacional delante de su familia. Hasta a Lamine, que sale con una gafas que no necesita de la marca californiana Chrome Hearst (más de 2.000 euros), se le olvida que no ha marcado.
La selección recuperó su mejor versión gracias al enfado de Lamine, foco de atención haga lo que haga, y a los discretos Oyarzabal y Unai Simón
Cuando España gana y golea, sonríe. Da igual quién marque los goles, qué jugadores acaparen los focos y quién sea elegido el mejor del partido. Rodrigo se transforma en el camarero que sale del vestuario cargado de pizzas, Zubimendi con una sonrisa para ocultar que, con el capitán recuperando sensaciones de Balón de Oro, va a jugar poco, y Pedro Porro flotando porque ha marcado por su primer gol internacional delante de su familia. Hasta a Lamine, que sale con una gafas que no necesita de la marca californiana Chrome Hearst (más de 2.000 euros), se le olvida que no ha marcado.
Lamine estaba enfadado. Lo demostró ante los micrófonos. Estaba enfadado porque no había marcado gol y él quiere ser, ya, como el resto de estrellas. Sólo cambió el gesto serio por el de la felicidad cuando le enseñan cómo su hermano Keyne había celebrado en la grada los goles. «Es como mi hijo. Estoy enamorado de él», dijo la estrella, que se llevó el trofeo de MVP. Si no, no hubiera hablado, pero claro, FIFA obliga. «Estoy feliz por ver a mi madre vivir la vida que siempre ha querido vivir», concedió.
El 19 de España siempre es noticia. Empezó a serlo antes del partido, cuando apareció con una cinta en el pelo donde se leía: «Ego Yamal». Al parecer, tiene que ver con cómo le llaman sus detractores en redes sociales. ¿No quieres caldo? Pues toma tres tazas.
Así que resulta que el secreto de esta España que acaba de despertar en el Mundial es esa mezcla entre el ‘Ego Yamal’ y la impasibilidad con que asimilan sus éxitos otro jugadores, y en esta categoría nadie mejor que Oyarzabal o Unai Simón.
El delantero, que suma cuatro goles y una asistencia en su primer Mundial, porque no estuvo en Qatar tras una grave lesión de rodilla, es un producto ‘made in’ Luis de la Fuente. El riojano le vio como falso 9, un killer invisible que aparece en el área para ajusticiar rivales, pero que también reparte ocasiones. «A los números no les hago mucho caso. La mitad son de Cucu«, decía quitándose importancia un jugador que se aparta de todo lo que rodea al fútbol más allá de la pelota. En este Mundial está acompañado de sus padres, su hijo de dos años, Martin, que ya le vio ganar la Eurocopa siendo un bebé, y su novia, Ainhoa, de nuevo embarazada. Por eso su celebración fue un clásico: balón a modo de panza y pulgar a la boca.
El mismo poco protagonismo quiere Unai. Aunque analice los partidos como un entrenador, destripando cómo salieron de la presión de Austria, no quiere serlo. De momento, ha dejado su nombre en la historia al convertirse en el portero que acumula más minutos imbatido en la Copa del Mundo: son 519 y subiendo. El mítico cancerbero italiano Walter Zenga ha perdido su récord 36 años después, pero el vasco no se lo atribuye sino que lo reparte. «Los récords individuales están muy bien, pero esto es mérito de todo el equipo. Dejar la portería a cero es fruto del trabajo de los 26, de cómo presiona Oyarzabal, Dani Olmo o Lamine para que no llegue limpio el balón a la delantera rival. Y ahí, nuestros defensas son espectaculares», confesó. «La clave de este equipo es que en ataque y en defensa trabajamos todos por el mismo objetivo», añadió.
A ese trabajo se van a sumar, ya en octavos, Yeremy Pino, que incluso calentó en la banda después del susto de su luxación de clavícula ante Uruguay, y se espera que esté también Nico Williams. Ambos pasaron por la zona mixta. El canario dijo que ya estaría para octavos, seguro, y el vasco lo solventó con un «ojalá».
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