Viajar a Mongolia es emprender un viaje fascinante a uno de los países más desconocidos y menos poblados del mundo. Es casi cuatro veces más grande que España y alberga parte de uno de los mayores desiertos del planeta —Gobi—, cuyo territorio mongol equivale a toda la península Ibérica y Francia juntas. Mongolia solo tiene 3,5 millones de habitantes, de los cuales prácticamente la mitad vive en la capital del país, Ulán Bator.
Una ruta con inicio y final en Ulán Bator pasando por enormes superficies esteparias, extensas cordilleras montañosas, impresionantes dunas, lagos y monasterios
Viajar a Mongolia es emprender un viaje fascinante a uno de los países más desconocidos y menos poblados del mundo. Es casi cuatro veces más grande que España y alberga parte de uno de los mayores desiertos del planeta —Gobi—, cuyo territorio mongol equivale a toda la península Ibérica y Francia juntas. Mongolia solo tiene 3,5 millones de habitantes, de los cuales prácticamente la mitad vive en la capital del país, Ulán Bator.
Rodeada por Rusia y China, estas dos gigantescas potencias han condicionado y condicionan política y económicamente la existencia moderna del país; aunque, paradójicamente, en su día el vasto territorio que hoy ocupan ambas naciones fue parte del colosal imperio terrestre conquistado por Gengis Kan y sus descendientes. Mongolia es un inmenso y maravilloso territorio vacío; una infinita extensión de naturaleza intocada —en muchos casos, virgen— en la que, en contra de lo que pueda pensarse, solo una parte es desierto. Tiene enormes superficies esteparias; extensas cordilleras montañosas; infinidad de lagos; sorprendentes y profundos valles surcados por ríos de aguas cristalinas; grandes sistemas dunares…
De alma nómada y hospitalaria, el mongol acoge y agasaja al viajero al identificarse con él por la atávica complicidad que siente al haber sobrevivido, generación tras generación, en constante desplazamiento, en un entorno solitario y, a menudo, hostil.
En esta ocasión, nuestro programa de viaje parte de Ulán Bator y se concentra en recorrer la Mongolia central y meridional, penetrando en el mítico y grandioso desierto de Gobi.
Ulán Bator
Ulán Bator (Ulaanbaatar) merece una tranquila visita, que nosotros realizaremos en el primer día de estancia en el país y en el último, al regresar del periplo estepario.
Esta es una urbe descomunal y de grandes contrastes, que aúna mucho del mundo del pasado más ancestral con las manifestaciones culturales más actuales y modernas. Lo material de una sociedad en pleno desarrollo desaforado convive con las prácticas religiosas más espirituales e intimistas; todo en medio de un tráfico caótico, y un polvoriento ambiente que lo inunda todo.

Para hacerse una primera idea de las costumbres mongolas y conectar con el espíritu e identidad del país, nada como visitar el Museo Nacional de Mongolia. Luego ya, para tomar el pulso a la capital, lo mejor será darse un largo paseo por ella, empezando por la plaza Sükhbaatar, donde se encuentra el Parlamento, cuya fachada la adornan grandes esculturas que representan a Gengis Kan y otros líderes históricos. La ruta urbana continuará haciendo un alto en la animada plaza de Los Beatles, así conocida por el conjunto escultórico dedicado al famoso grupo británico que la preside. El lugar está lleno de bulliciosos restaurantes y locales comerciales. En un lateral de la plaza se encuentran los Grandes Almacenes Estatales —los más antiguos y mayores de Mongolia—, donde es fácil encontrar, a buen precio, recuerdos del país.

Lo siguiente que conviene hacer es acercarse al monasterio o gran complejo budista Gandan. Reúne un conjunto de diversos patios y templos —algunos con monumentales esculturas y altares budistas— y es uno de los pocos monasterios que subsisten de los más de 100 que había en Ulán Bator a inicios del siglo XIX, y que fueron destruidos en las purgas religiosas producidas en 1937 bajo el régimen comunista de la órbita soviética.
Para disfrutar de una vista panorámica del conjunto de Ulán Bator lo mejor es subir al monumento de Zaisan; un gigantesco mosaico circular construido por los rusos, con clara estética soviética, en una elevada colina al sur de la ciudad.

Primera jornada de ruta: Ulán Bator – Baga Gazriin Chuluu (250 kilómetros, cinco horas)
Iniciamos la ruta hacia el centro y sur del país dirigiéndonos primero hacia a la Reserva Natural Baga Gazriin Chuluu, que significa “rocas en un lugar pequeño”; enclave considerado como la puerta de Gobi. El monumento natural lo constituyen unas espectaculares formaciones graníticas rojizas que emergen en mitad de una inmensa llanura. En época de lluvias, el enorme páramo yermo reverdece creando un llamativo contraste cromático entre las rojas montañas, el luminoso e inmenso azul celeste y las verdes praderas. Haciendo una corta caminata es posible recorrer varios grupos rocosos desde los que disfrutar de unas magníficas vistas de este raro sistema granítico de más de 15 kilómetros de largo y 10 de ancho. Antes de volver al todoterreno veremos también las viejas ruinas de un antiguo monasterio tibetano.
Durante el primer día viajaremos a través de una de las escasas carreteras asfaltadas del país; aunque buena parte de la ruta la haremos ya a través de pistas de tierra. En este punto es interesante comentar que quien decida emprender un viaje en grupo a Mongolia, lo más probable es que le planteen hacerlo en furgonetas 4×4 rusas UAZ. Tienen un diseño soviético de los años setenta y, aunque no es el vehículo más confortable, resultan un transporte fiable y fácil de reparar gracias a su sencilla mecánica. Si la idea es hacer el viaje por cuenta propia alquilando un coche, hay que ser consciente de que, en muchas zonas del país, viajar es como navegar en el mar, sin rutas, ni caminos claros. Nosotros nos inclinamos por una opción independiente, pero más cómoda y segura: contratamos una guía, un experimentado conductor, y alquilamos un moderno 4×4.

Nuestra primera comida mongola la tenemos en el que podríamos considerar el último restaurante de carretera antes de adentrarnos en la profundidad esteparia. Probaremos un plato a base de pasta con verduras y uno de los productos más extraños a la vista y al paladar occidental, pero una verdadera exquisitez para el gusto mongol: la grasa de cola del cordero. Y es que las ovejas de la estepa, al igual que hacen los camellos en sus jorobas, acumulan en sus enormes colas cantidad de grasa, a modo de reserva de cara a épocas de escasez alimentaria.
En nuestra primera noche en ruta nos alojamos —como haremos a lo largo de todo nuestro viaje— en un campamento de gers o yurtas; las típicas tiendas de campaña circulares que fueron, y siguen siendo, las tradicionales viviendas de los nómadas mongoles. Los gers suelen tener de dos a cuatro camas en un espacio sobrio, generalmente dotado con una pequeña mesa, un par de sillas o taburetes, algún palanganero, y, en ocasiones, una estufa de leña con la que mitigar los rigores nocturnos propios de algunas épocas del año y algunas zonas del país. En estos campamentos, el comedor y las zonas de aseo son siempre comunes.
Segunda jornada: Baga Gazriin Chuluu – Tsagaan Suvarga (280 kilómetros, seis horas)
La segunda jornada de itinerancia esteparia nos conducirá hacia Tsagaan Suvarga, un espectacular monumento rocoso de arenisca multicolor.
En distintos puntos del recorrido —generalmente, en promontorios o cruces de caminos— se ven pequeños montículos o acumulaciones de piedras (Ovoo) que señalan puntos que honran al cielo o las montañas. Existe la costumbre de que el caminante, o el viajero, rodee tres veces el altarcillo, y, después, deposite en él alguna piedra o roca que lo recrezca para así asegurarse un viaje seguro. Paramos en mitad de la nada para hacer un alto y comer.

Tsagaan Suvarga es una elevada formación rocosa de compactadas tierras areniscas de unos 400 metros de longitud que, desde los bordes de sus acantilados, o desde los fondos de ellos, regala a quien la contempla soberbios panoramas de gargantas, terraplenes y barrancos multicolores. La milenaria erosión producida por vientos y lluvias ha dejado a la vista espectaculares vetas púrpuras, verdosas, azulonas, amarillentas… que adornan el inclinado terreno que desciende desde lo alto de la meseta rocosa hasta la interminable estepa que se extiende a sus pies.
A escasos 20 kilómetros al sudeste de Tsagaan Suvarga se halla uno de los lugares más notables del pasado histórico y cultural de Mongolia; se trata de la montaña Del Uul, que se extiende 25 kilómetros de este a oeste. Alberga más de 5.000 petroglifos grabados en rocas de pizarra —algunos de más de 4.000 años de antigüedad—, que representan animales salvajes, plantas, escenas de caza y de la vida agrícola de la Edad de Bronce.
Tercera jornada: Tsagaan Suvarga – cañón Yoliin Am (240 kilómetros, cinco horas)
El tercer día seguirá dirección sur, teniendo como objetivo llegar y recorrer el cañón Yoliin Am.
Hacia mediodía, después de cinco horas de viaje y de instalarlos en el campamento, dedicamos la tarde a visitar el desfiladero de Yoliin Am; un largo cañón recorrido por un río sinuoso. Estamos en el parque nacional de Gobi Gurvan Saikhan, al final de la famosa cordillera Altai, un extenso macizo montañoso que recorre territorios de Kazajistán, Mongolia, China y Rusia. Visitamos un pequeño museo etnográfico y de naturaleza y, después, realizamos una larga caminata bordeando el río hasta llegar a un punto donde el desfiladero se estrecha en una angosta garganta por la que el agua se precipita. La ruta puede hacerse a pie o a lomos de los pequeños y briosos caballos mongoles. En las crestas más inaccesibles y abruptas del cañón anidan buitres y quebrantahuesos.

De vuelta en el campamento, y aunque me habían advertido que las puertas de los gers eran peligrosamente bajas, ansioso como estaba por dejar los trastos, coger la toalla y darme una buena ducha, no tuve la precaución de fijarme en la altura del dintel de entrada y me di un fuerte golpe en la cabeza, produciéndome una pequeña brecha. El consejo para el viajero es doble: primero, que sea siempre consciente de la baja altura de las entradas de las yurtas y que vaya pertrechado de un buen botiquín porque los campamentos no siempre tienen los mínimos recursos de primeros auxilios; y el centro médico más cercano puede estar a centenares de kilómetros.
Cuarta jornada: cañón Yoliin Am – dunas Khongoryn Els (180 kilómetros, cuatro horas)
La idea es llegar a la siguiente meta antes de caer la tarde para poder disfrutar de la puesta de sol desde lo alto de la gran duna Duut Mankhan —una de las más elevadas del sistema dunar Khongoryn Els— que, en pleno desierto de Gobi, se extiende a lo largo de más de 100 kilómetros, con zonas que alcanzan los 300 metros de altura. Esta cordillera de montañas de arena esta circundada en su parte más oriental por un río que fertiliza y crea frescos y verdes humedales al pie de las grandes masas arenosas.

Pero antes de alcanzar nuestro objetivo, la jornada depara gratificantes e inesperadas experiencias. Para llegar al gran desierto de dunas se deben cruzar antes las estribaciones de la cordillera Altai, a través de suaves desfiladeros que son lechos arenosos de ríos que dejaron de serlo hace tiempo y vuelven a parecerlo en épocas de lluvias. A lo largo del camino encontraremos grandes grupos de camellos y caballos, a veces solos, y, en ocasiones, pastoreados por hábiles jinetes o intrépidos motoristas de la estepa. Veremos ignorados grabados rupestres de animales prehistóricos, y disfrutaremos de la exhibición al volante de nuestro conductor, que, como gran experto en el pilotaje estepario, para ahorrarnos incómodos baqueteos y vibraciones, sabe evitar hábilmente las engorrosas estrías de las pistas, circulando sobre los bordes de las roderas, o, sencillamente, conduciendo of the road; porque, como dice: “Si no hay pistas, hazlas tú”.
La estepa mongola, y más concretamente Gobi, es todo lo contrario a un paisaje repetitivo y monótono; hay momentos que parece el típico desierto del Oeste norteamericano, con escasísima vegetación y fondo de montañas lejanas o de curiosas formaciones rocosas; otras veces remeda un clásico desierto pedregoso australiano; y, en ocasiones, un dorado y arenoso desierto dunar sahariano. Lo que no verás nunca en los desiertos de Mongolia, son cactus o palmeras; la razón es el frío extremo que sufre el páramo mongol.
A mitad de ruta buscamos algún rincón del desfiladero para improvisar nuestra comida de campaña. Después de comer retomamos ruta hacia el sistema durar Khongoryn Els, recorriendo una zona de densos arenales en los que tenemos que auxiliar a un grupo de coreanos que viaja en un vehículo ruso 4×4 y se ha quedado atascado. Concluido el rescate, alcanzamos la base de la cordillera dunar. Estamos solos. Frente a nosotros, las plateadas aguas de un río; el verde intenso del gran humedal; las anaranjadas e inmensas masas dunares; y, al fondo de todo, las lejanas montañas de color grafito de la cordillera Altai. Desde lo alto de la duna más grande disfrutamos de un majestuoso Sol que va descendiendo serenamente sobre la lejana China.
Quinta jornada: dunas de Khongoryn Els – Bayanzag (160 kilómetros, cuatro horas)
Las dunas de Khongoryn Els son el punto más meridional de este viaje. Después de desayunar nos dirigimos hacia el norte, en dirección a Bayanzag, un conjunto de espectaculares colinas y caprichosas formaciones arcillosas rojizas, que también se conocen como Acantilados Jurásicos, debido a que, en 1920, el aventurero americano Roy Chapman Andrews, quien inspiró la figura de Indiana Jones, junto a su equipo, descubrió en la zona los primeros huevos de dinosaurios al sur de Gobi, y desenterró más de 100 esqueletos de estos enigmáticos seres prehistóricos. El lugar está perfectamente acondicionado para poder ser recorrido cómodamente a través de pasarelas que salvan los desniveles del terreno y que permiten disfrutar de espectaculares vistas sobre el inacabable páramo mongol.
Después visitamos Khavtsgait, un excepcional conjunto de petroglifos datados entre el año 8000 y el 3000 antes de Cristo. El yacimiento se halla a una hora de Bayanzag, y se encuentra repartido en las laderas y en la cumbre de un empinado y solitario cerro. Cada recodo de la montaña, cada roca… exhibe un asombroso grabado que retrata un mundo, una comunidad humana y una fauna de hace milenios… Y allí está todo, ante ti, sin más protección que la dificultad de llegar.

Sexta jornada: Bayanzag – monasterio Ongiin (160 kilómetros, cuatro horas)
Nos ponemos en marcha muy temprano en dirección al monasterio Ongiin Khiid. A lo largo de las cuatro o seis horas que duran los desplazamientos diarios, en los que raramente se coincide con algún otro viajero, es posible encontrarse en mitad de la nada de la inmensidad esteparia un precario puesto en el que algún nómada te venda piedras raras, puntas de flecha o monedas antiguas.
Hacia media mañana llegamos a Ongiin Khiid. En su momento, fue uno de los centros religiosos mayores de Gobi, y llegó a albergar, entre los siglos XVIII y XIX, más de 28 templos y cuatro universidades budistas. Pero fue completamente destruido, y masacrados los más de 200 monjes que allí residían, en las purgas comunistas de 1939. Hoy, de aquella ciudad consagrada a la oración y a la meditación, y que se extendía a lo largo de ambas riberas de un tranquilo meandro del río Ongiin, solo quedan unas tristes y grisáceas ruinas y un modesto museo con algunos enseres, objetos y materiales originales hallados en el lugar. También puede verse un pequeño templo reconstruido a principios del siglo XX en el que realizan sus rezos y prácticas religiosas un reducido grupo de monjes.

Séptima jornada: monasterio Ongiin – Karakorum (260 kilómetros, seis horas)
Después de coincidir en el desayuno con un animado grupo de moteros que está recorriendo Gobi, partimos en dirección a Karakorum (hoy Kharkhorin); la antigua capital del Gran Imperio Mongol en el siglo XIII.
Soyloo, nuestra guía, nos había prometido que intentaría que una familia de nómadas nos acogiese y diera de comer algún día, y ese día parece haber llegado. Los nómadas mongoles se desplazan en todas las estaciones del año y pueden estar 20 o 30 días en itinerancia hasta encontrar el lugar más idóneo para pasar una temporada; un lugar lo más cálido y abrigado posible, con agua cercana y buenos pastos para su ganado. Aunque no nos resulta fácil, finalmente localizamos el pequeño campamento de nuestra familia de acogida, que resulta ser una mujer viuda que tiene con ella a su hija y a su nieta recién nacida. Poseen dos gers; uno que hace las funciones de cocina, espacio de estar y dormitorio, y, el otro, que se utiliza como almacén y lugar donde se conserva la carne, se hacen los quesos y se fermenta la leche de yegua para elaborar el kumis o airag (un popular licor con ligero contenido alcohólico). La dieta tradicional de los nómadas se compone, sobre todo, de leche de camella, oveja, yegua o jack, y del requesón y los quesos derivados de ella; así como de carne de los mismos animales, bien sea cocida y acompañada de pasta o arroz, salteada con fideos y verduras (tsuivan), o servida dentro de empanadillas (buuz), preparadas al vapor. El nómada mongol considera como verdaderas exquisiteces las vísceras, intestinos y cabezas de animales.
Después de disfrutar de la hospitalidad de la familia nómada, y antes de llegar a Karakorum visitamos el monasterio Shankh Khiid, uno de los dos únicos que sobrevivieron en la zona a la purga de 1937.
La actual ciudad de Kharkhorin es una anodina urbe de corte soviético que tiene en común con la antigua Karakorum únicamente el emplazamiento que ocupa. La grandeza y prosperidad de Karakorum duró menos de medio siglo, hasta que Ögedei, hijo de Gengis Kan, decidió trasladar la capital a Khanbalik (después conocida como Beijing). No obstante, a Kharkhorin debe dedicársele una detenida parada para conocer el magnífico museo dedicado a la edad dorada de la gran ciudad de Karakorum, y visitar el que fuera el primer y mayor monasterio budista del país: Erdene Zuu Khiid.
El museo merece una detenida visita porque, además de innumerables piezas y objetos de los siglos XIII y XIV hallados en la zona, exhibe una detallada y enorme maqueta que recrea la ciudad en sus años de mayor auge.

Erdene Zuu Khiid data de 1586, y está situado dentro de un inmenso recinto amurallado cuadrangular de casi dos kilómetros de extensión, con 108 estupas situadas cada 15 metros a lo largo de todo el perímetro de la enorme muralla. En su momento de mayor esplendor albergó entre 60 y 100 templos, más de 300 gers y hasta 1.000 monjes. Después de las purgas y la destrucción de la época comunista, únicamente quedaron en pie tres templos que son los que se pueden visitar. En el exterior de la muralla hay dos de las cuatro grandes tortugas de piedra que en su día señalaban los límites de la antigua Karakorum.
Octava jornada: Karakorum – Bayangobi (280 kilómetros, siete horas)
La penúltima jornada, de más de siete horas, nos llevará de Karakorum a Bayangobi para visitar el conocido como “pequeño desierto de Mongolia”, el Elsen Tasarkhai, situado junto a un extenso humedal repleto de fauna avícola (gansos, cisnes, patos…) y multitud de caballos salvajes. Para quien lo desee, en la zona se organizan rutas que se adentran en el desierto de dunas a lomos de camellos bactrianos.

Novena jornada: Bayangobi – Ulán Bator (280 kilómetros, cinco horas)
Día de retorno a Ulán Bator. Tiempo para visitar el resto de la capital ciudad.
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