Jarocho se agiganta con una corrida brutalista de Pedraza en Las Ventas

La corrida de Pedraza de Yeltes ocupó podio en la báscula de San Isidro con sus 3.622 kilos, un promedio de 603. No se trataba tanto de los kilos como de su gigantismo, unas estructuras propias de la arquitectura brutalista. Bloques de hormigón armado, sin un átomo de flexibilidad pero con una movilidad muy cabrona, por mentirosa y desagradecida. Cuando perdían las inercias, no había entrega. Es decir, no había bravura. No cabían los toros en los avíos o se salían de ellos. Fue más dura la guerra de lo que pareció. El contraste de los gigantes con la pequeña escala de Isaac Fonseca y Roberto Martín «Jarocho» se hacía abismal. Ni aposta. Jarocho, a la postre, se agigantó con los gigantes y se erigió en el protagonista de la tarde, con el viento del sorteo soplando a su favor dentro de un orden.

 El pequeño torero burgalés se erige en el protagonista de la tarde con los enormes y duros toros dela ganadería salmantina, pero emborrona con la espada su decidida actuación ante el lote de más opciones  

La corrida de Pedraza de Yeltes ocupó podio en la báscula de San Isidro con sus 3.622 kilos, un promedio de 603. No se trataba tanto de los kilos como de su gigantismo, unas estructuras propias de la arquitectura brutalista. Bloques de hormigón armado, sin un átomo de flexibilidad pero con una movilidad muy cabrona, por mentirosa y desagradecida. Cuando perdían las inercias, no había entrega. Es decir, no había bravura. No cabían los toros en los avíos o se salían de ellos. Fue más dura la guerra de lo que pareció. El contraste de los gigantes con la pequeña escala de Isaac Fonseca y Roberto Martín «Jarocho» se hacía abismal. Ni aposta. Jarocho, a la postre, se agigantó con los gigantes y se erigió en el protagonista de la tarde, con el viento del sorteo soplando a su favor dentro de un orden.

A las 20:07, Jarocho se clavó en los medios, puesto en la vía, y se dejó venir de lejos a aquel tren al galope con una determinación suicida: todo lo que había hecho el toro por el pitón derecho —siempre por dentro— invitaba a la tragedia. Los pitones silbaron un ¡ay! a milímetros de los muslos. Pero el susto no restó un ápice a la disposición de un tipo que ya había lucido a la bestia en el caballo con enorme generosidad. Un huracán de más casta que bravura, pues para que haya bravura tiene que haber entrega. Allí la entrega corría de parte del pequeño gran hombre, que encontró una cierta veta por la mano izquierda. Por ahí parecía que el toro lo hacía mejor con sus 624 kilos a cuestas, y Jarocho le enjaretó algunos naturales meritísimos cuando más le cogió la cara con la muleta por delante. Remontó el burgalés un violento desarme para seguir al natural y colocarse en la frontera de un posible trofeo que la espada arruinó. Volvió a brillar con la mano izquierda ante el último toro de blandos apoyos y cierto estilo que sólo admitía el toreo de uno en uno. Jarocho extendió la receta con listeza, adornándola de gusto, pero volvió a irse a los blandos con el acero tras un pinchazo.

Cuando el reloj tocó las 20:28, Isaac Fonseca quiso cambiarle el viaje por la espalda a un cuarto enorme que galopaba por fuera. Aquello fue un atropello, un violento bofetón. El mexicano, que había hecho el paseíllo con el capote de paseo de la Virgen de Guadalupe, se levantó milagrosamente intacto. Y se puso de rodillas: en la valiente serie de derechazos Fonseca lo dio todo y el toro también, que se desfondó a plomo. El banderillero Raúl Ruiz, que reaparecía de su cornada del 1 de mayo, hizo un quite providencial cuando su matador perdió pie a la hora de matar; el espada no ejecutó la suerte con efectividad.

Hablando de toros que se salían de las muletas, Tontillato, un aparato con hechuras de buey, iba fuera de los engaños siempre, incapaz de humillar, tremendamente distraído; las telas quería pisarlas, ni siquiera cogerlas. José Fernando Molina lo pasó como pudo y lo pasaportó con contundencia. Esa cosa de abandonar los engaños la repitió un quinto que había cogido a Víctor Manuel Martínez en banderillas —hasta para esto fueron complejos los Pedraza—, un politraumatismo considerable, nada más. Molina estuvo firme —no perdonó un quite— y buscó siempre el pitón contrario para acallar las voces que le imputaban a él la colocación y no al toro, que se abría de los engaños.

Cuatro cinqueños adornaban la brutal corrida de Pedraza, entre ellos el primero, un toro que salió andando de chiqueros y nunca galopó, tan agarrado al piso y sobre las manos desde que Isaac Fonseca lo paró con el capote, cambiándole los terrenos. Fue mal picado y bien banderilleado por Iván García, cómo no. Fonseca le sacó todo, que no fue mucho, apretándolo en el final de faena. Lo mató de forma muy cabal. Una gran estocada.

MONUMENTAL DE LAS VENTAS. Miércoles, 27 de mayo de 2026. Décimo séptima de feria. Tres cuartos largos de entrada. Toros de Pedraza de Yeltes, cuatro cinqueños -1º,2º,3º y 6º-; muy grandes y serios; de mentirosa movilidad; el encastado 3º se prestó más por el pitón izquierdo y el blando 6º, con cierto estilo

ISAAC FONSECA, DE AZUL COBALTO Y ORO. Gran estocada. Aviso (saludos); tres pinchazos y estocada baja. Dos avisos (silencio).

JOSÉ FERNANDO MOLINA, DE AZUL MARINO Y ORO. Estocada. Aviso (silencio); media estocada. Aviso (silencio).

ROBERTO MARTÍN «JAROCHO», DE TABACO E HILO BLANCO. Pinchazo y bajonazo (saludos); pinchazo y bajonazo (silencio).

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