Centenarias iglesias de madera y el alegre cementerio de Săpânța en la Rumanía más secreta

Es domingo y en la pequeña localidad de Leud, al norte de Rumanía, sus habitantes salen a la calle vestidos con la indumentaria tradicional. Ellas lucen chalecos negros de lana con coloridos bordados, faldas de llamativos estampados y floridos pañuelos cubriendo sus cabezas. Ellos, más sobrios, pantalón negro y camisas blancas de holgadas mangas sobre las que llevan también un chaleco de lana, a veces simplemente negro y, en otros casos, con bordados y pompones rojos. Los niños y jóvenes visten como sus mayores. Todos se dirigen al mismo lugar: la biserica de lemn (iglesia de madera) de la localidad, en cuyo patio un sacerdote está a punto de oficiar misa.

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 La región de Maramureş, al norte del país y lejos de los recorridos turísticos más concurridos, custodia un sorprendente patrimonio en sus pequeños pueblos  

Es domingo y en la pequeña localidad de Leud, al norte de Rumanía, sus habitantes salen a la calle vestidos con la indumentaria tradicional. Ellas lucen chalecos negros de lana con coloridos bordados, faldas de llamativos estampados y floridos pañuelos cubriendo sus cabezas. Ellos, más sobrios, pantalón negro y camisas blancas de holgadas mangas sobre las que llevan también un chaleco de lana, a veces simplemente negro y, en otros casos, con bordados y pompones rojos. Los niños y jóvenes visten como sus mayores. Todos se dirigen al mismo lugar: la biserica de lemn (iglesia de madera) de la localidad, en cuyo patio un sacerdote está a punto de oficiar misa.

Leud es una de las localidades de Maramureş, una región rumana fronteriza con Ucrania por cuyo paisaje rural de almiares de paja y onduladas colinas parece no haber pasado el tiempo. Hasta esta zona se llega desde la ciudad norteña de Baia Mare tras superar los montes Gutâi por una carretera que se retuerce en un ascenso siempre flanqueado de frondosos árboles. Alejada de la capital del país, la señorial Bucarest, y fuera del influjo de las turísticas ciudades de Transilvania que inspiraron al escritor irlandés Bram Stoker a escribir su célebre novela Drácula, Maramureş conserva tradiciones ancestrales. Sobre todo, se apega a la religión, ya sea la mayoritaria ortodoxa rumana o la grecolatina. El mejor ejemplo de ello son, precisamente, iglesias como la de Leud, a la que todavía acuden los fieles cada domingo. Construidas completamente con la madera de los bosques cercanos y con afilados campanarios que señalan al cielo, hay decenas repartidas por las localidades asentadas en los tres grandes valles de la región. Ocho fueron declaradas patrimonio mundial por la Unesco en 1999.

Una de estas últimas surge, precisamente, poco después de superar las montañas, en Desești, una localidad que reparte sus casas a un lado y otro de la carretera, que después de tantas curvas empieza a estirarse. Su iglesia fue levantada en el siglo XVIII en madera de roble y de abeto, y se asienta sobre una elevación del terreno por cuyas laderas se desparrama desordenado el cementerio. Espectacular en su sencillez exterior, con su tejado cubierto de lo que parecen escamas leñosas, aún lo es más su interior. A través de un humilde pórtico se penetra en una nave con el suelo cubierto de rústicas alfombras donde la oscuridad solo es rota por la luz que logra penetrar por sus pequeñas ventanas y la puerta. Dentro, las pinturas cubren casi completamente los muros y la bóveda, representando pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento como si de un arcaico cómic se tratara, en el que los superhéroes han dejado su lugar en las viñetas a sencillas y descoloridas figuras de Cristo, la Virgen y los santos.

De vuelta a la carretera, el camino enfila hacia el norte, para atravesar la ciudad de Sighetu Marmației, donde permanece en pie una antigua cárcel del régimen comunista de Nicolae Ceaușescu reconvertida en museo, como doloroso recuerdo del terror sufrido por los rumanos durante aquellos años del siglo XX.

Poco después se llega a Săpânța, célebre por su alegre cementerio. Sí, alegre. Sus peculiares estelas esculpidas en madera fueron ideadas hace 90 años por el artista local Stan Ioan Pătraș, fallecido en 1977, pese a lo cual la tradición que impulsó continúa. Lo que en otros camposantos son sobrias estelas, aquí se convierten en irónicos epitafios en los que se rememora a cada fallecido con un bajo relieve un tanto naíf que recuerda el oficio que tenía, cómo murió o algún conocido episodio de su vida, hasta casi lograr eliminar cualquier dramatismo a la muerte. Perfectamente alineadas, con el característico tejadillo estrecho a dos aguas que protege las estelas en Rumanía, su riqueza cromática luce incluso en los días nublados.

Tras desandar el camino para tomar la carretera que lleva hacia el este, se llega a la localidad de Bârsana, donde se levanta otra centenaria iglesia de madera. Injustamente opacada por un complejo monástico cercano más moderno, al que acuden los fieles rumanos a rezar, comprar iconos y buscar el favor divino, este sencillo templo cobija pinturas con una riqueza de detalles que no está presente en ningún otro templo de Maramureş. No es su única particularidad. Recientes estudios aseguran que su actual emplazamiento no es el original y que, de hecho, en sus varios siglos de historia fue desplazada en dos ocasiones para evitar que fuera destruida por las guerras que durante siglos azotaron la zona.

Por el camino se suceden los pueblos y, en ellos, las preciosistas portaladas de madera que dan paso a los recintos privados de muchas de las casas. Algunas son auténticas filigranas cinceladas en las que se mezclan los motivos religiosos, como cristos crucificados, con otros paganos, como el sol y la luna, o simples dibujos geométricos. Son obras de arte al servicio de la cotidianidad que sirven de preludio a las iglesias. Una de estas es, precisamente, la de la Natividad de la Virgen María, en Leud, considerada una de las más antiguas del país y cuya construcción algunos remontan al siglo XIV y otros retrasan al XVII. Aquí, el templo está enclavado a los pies de una ladera y son las tumbas del camposanto que la rodean las que intentan mirar por encima de su torre.

Si se vuelve hacia el oeste, no se tarda mucho en llegar a la localidad de Poienile Izei, cuya iglesia contiene en su interior pinturas de finales del siglo XVIII con una intensidad cromática que va del rojo al ocre, pasando por el verde o el gris azulado, y que no está presente en el resto de estos centenarios templos.

Aún al norte de los montes Gutâi está la iglesia de Budești, dedicada a San Nicolás. De mediados del siglo XVII, conserva en el exterior la llamada “mesa de la herencia”, grandes losas de piedras donde se celebraban los funerales y en las que todavía se distinguen los nombres grabados de antiguas familias de la localidad. Aún hoy, las familias de los difuntos aguardan cerca de ella con grandes cestos de comida a la espera de que termine la misa en honor del fallecido para dar de comer a quienes les han acompañado en ese triste momento.

Al otro lado de la cordillera, y tras pasar la estación invernal de Cavnic, surge la iglesia de Șurdești —cuyo campanario se eleva 72 metros por encima del suelo, convirtiéndola en el templo de madera más alto de Europa— y la de Plopiş, ubicada en la cima de una colina.

La última gran sorpresa se encuentra algo más al sur, en la localidad de Rogoz. Allí, su iglesia de madera de olmo del siglo XVII, levantada bajo la advocación de los Santos Arcángeles Miguel y Gabriel, muestra bajo su alero la llamada “mesa de los ancestros”, dos largas maderas ante las que se sentaban los lugareños para pedir y ofrecer ayuda. Pese a ello, recibe pocos visitantes y, por eso, la puerta permanece cerrada salvo cuando se celebra un oficio religioso. Un cartel en rumano e inglés promete que, si se llama al número de teléfono que aparece en él, Ioan, el sacerdote, se acercará con las llaves. Pasan poco más de 15 minutos cuando el religioso llega en un vehículo todoterreno para franquear el paso. En el silencio del interior, las pinturas murales, de finales del siglo XVIII, vuelven a tomar la palabra para contar historias bíblicas. Junto a la puerta, una pequeña hucha metálica recoge donativos con los que financiar el mantenimiento del templo. Al echar unas monedas, suena casi vacía. No todos los días llegan viajeros hasta este rincón secreto de Rumanía que es Maramureş.

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