La Historia, con mayúscula, atrapará con certeza a cualquier desprevenido que se aventure hasta la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en pleno corazón de Ciudad de México. En este mismo sitio se explayó uno de los núcleos comerciales más grandes y organizados del mundo indígena. Hoy, reconstruir su ambiente trepidante requiere un ejercicio de imaginación. Basta andar unos pasos y asomarse al foso vecino en el que una sucesión de estructuras misteriosas aún resisten: allí se ven, quizás, los templos ceremoniales, allá los altares y palacios mexicas que se presume dominaron este paisaje. Hoy solo queda el silencio. Y los muros de tezontle, esa piedra volcánica, rojiza o negruzca, característica de la época prehispánica.
La plaza de las Tres Culturas guarda el recuerdo a las víctimas del movimiento estudiantil de 1968, ruinas indígenas o una escondida sala de arte público con un mural de Siqueiros
La Historia, con mayúscula, atrapará con certeza a cualquier desprevenido que se aventure hasta la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en pleno corazón de Ciudad de México. En este mismo sitio se explayó uno de los núcleos comerciales más grandes y organizados del mundo indígena. Hoy, reconstruir su ambiente trepidante requiere un ejercicio de imaginación. Basta andar unos pasos y asomarse al foso vecino en el que una sucesión de estructuras misteriosas aún resisten: allí se ven, quizás, los templos ceremoniales, allá los altares y palacios mexicas que se presume dominaron este paisaje. Hoy solo queda el silencio. Y los muros de tezontle, esa piedra volcánica, rojiza o negruzca, característica de la época prehispánica.
El arquitecto Rodrigo Torres es vecino de Tlatelolco y dirige el centro creativo Mirador. Cuenta que el gran mercado funcionaba como un rastro, con la estructura de materiales efímeros: “En el Museo del Templo Mayor, al lado del Zócalo, se han encontrado restos de alimentos, como crustáceos o mariscos, que no se explica cómo llegaron a Tenochtitlan. La respuesta parece indicar que había un intercambio comercial entre los dos grupos locales”. El ojo avezado de Torres también descubre el contorno de lo que fue, al parecer, un espacio ceremonial.
“Se ve el basamento piramidal, como en otras estructuras arqueológicas mesoamericanas”, detalla. Pero lo que a ojos del arquitecto es evidente, para el turista a duras penas constituye el rumor de un bosquejo posible. Los datos básicos señalan que la iglesia de Santiago Tlatelolco, pegada a las ruinas y a la plaza que funciona como eje de la visita, fue inaugurada en 1610 por la orden franciscana. Para su construcción, de hecho, fueron utilizados bloques de piedra de los templos enterrados en la zona arqueológica. En su interior, el artista germano-polaco Mathias Goeritz instaló una serie de vitrales que bien merecen una visita.

De esta forma se empiezan a entretejer capas y capas de historia de tres Méxicos distintos. Todo depende de cuánto tiempo se disponga para indagar. Porque allí mismo recala a la vista un enorme complejo popular, de gran valor arquitectónico, proyectado a mediados del siglo pasado: la Unidad Habitacional Nonoalco-Tlatelolco. “La idea de insertar estos bloques de vivienda en un área histórica ha sido un proceso difícil de comprender. De hecho, para el resto de la ciudad, vivir en Tlatelolco aún se percibe como algo negativo”, explica el arquitecto. Se refiere a la masacre, a manos de la policía y el Ejército mexicano, de un número aún indeterminado de estudiantes que se manifestaban contra la opresión del Gobierno y por un país más democrático en la plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968, a apenas unos días de inaugurarse los Juegos Olímpicos en la capital. Las cifras oficiales hablan de una treintena de muertos. Un informe universitario independiente aumenta la cifra a 350.

“A cuatro años de su inauguración, en 1964, ocurre la matanza y muchos vecinos dejan el barrio. Luego, con el terremoto de 1985, quedó casi vacío. Y en las últimas décadas el deterioro de la seguridad ha marcado la percepción ciudadana sobre este espacio”, concede Torres. El cerebro detrás del diseño, el reconocido arquitecto y urbanista Mario Pani, nunca habló del proyecto una vez finalizado. “Es curioso, porque aquí sintetiza todas sus ideas previas sobre la arquitectura como herramienta de convivencia y de progreso. Su preocupación se centraba, precisamente, en cómo ocupar los espacios públicos y para ello concibió una serie de unidades cuyo corazón radica en la organización vecinal”, explica Torres.
Era una idea revolucionaria, signada por la estética industrial del racionalismo moderno: tres enormes secciones de torres de vivienda para alojar a miles de familias, espaciadas por zonas verdes, y servicios como guarderías o centros deportivos y sociales. Algo de aquel espíritu popular aún se percibe al recorrer los corredores techados que unen el complejo. Las huertas vecinales y la exuberancia de los jardines dan buena cuenta de los pilares de una arquitectura abierta a la ciudad y con enorme sentido colectivo.

Al este de la plaza de las Tres Culturas, sobre el paseo de la Reforma, se halla una pequeña sala escondida con aires de capilla. David Alfaro Siqueiros (México, 1896-1974) trasladó hasta allí, a mediados del siglo XX, un mural titulado Cuauhtémoc contra el mito (1944). Se trata de un espacio de acceso gratuito donde el artista representa en clave política la resistencia del último emperador azteca frente a la conquista española. “Este es un ejemplo de una técnica que él llamó escultura-pintura, en el que justamente incorpora volúmenes de madera, relieves en la composición. Más allá de sus ideas comunistas, lo fascinante en su vocación de llevar el arte, de incorporarlo, en la vida pública”, argumenta Torres.
Hoy algunos artistas y escritores han vuelto a interesarse por Tlatelolco. En ocasiones instalan allí sus estudios. Otros se animan a habitar el barrio. El arquitecto y guía reconoce que ya se presienten aires de presión inmobiliaria. Y relata: “Esta fue siempre una zona de trabajadores. Por su cercanía a la estación de trenes de Buenavista, tristemente convertida en centro comercial, tuvo una presencia muy fuerte del sindicato de ferrocarrileros. También hay que pensar que con los cambios demográficos de los años cincuenta, el que llegaba a la capital en tren se iba asentando hacia los bordes de estos terrenos que eran en aquel entonces baldíos”.

Para concluir la crónica de la jornada es aconsejable visitar el Museo Memorial del 68. Otra muestra gratuita que desanda el conflicto social y la semilla del movimiento estudiantil: la protesta contra la estructura del poder en el México del todopoderoso PRI. Carlos Monsiváis, uno de los grandes cronistas del país, escribió: “El 2 de octubre, en la plaza de las Tres Culturas, se efectúa otro acto, que se supone rutinario y al que asisten cerca de cinco mil personas. Los oradores hablan desde el tercer piso del edificio Chihuahua. A las 18.15 un helicóptero lanza una luz de bengala verde. En ese momento la tropa entra en la plaza a bayoneta calada…”. Luego se hizo silencio. Y sobrevino el terror. De todo aquello ha sido testigo Tlatelolco. Un rincón cargado de memoria y esperanza en el centro de Ciudad de México.
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