The Blood Countess: Isabelle Huppert se atreve con todo, ahora como la más sangrienta reina ‘queer’ de los vampiros (****)

<p>Si hacemos caso al mito popular y literario, el vampiro está del lado de la individualidad moderna y sus impulsos liberadores; del lado del <i>amour fou</i> contra la hipocresía y el engaño de las religiones. El conde Drácula igual es un falócrata decadente que habita un castillo y oprime por igual a mujeres y siervos, que la encarnación de la posmodernidad libertaria siempre refinado, culto (hipnotiza, pero se deja hipnotizar por el arte como posibilidad de eternidad) y exquisito. Pero, ¿y las vampiras? ¿Están acaso ellas condenadas por siempre a la servidumbre del gran narcisista? Digamos que hasta hoy, digamos que hasta Isabelle Huppert. De repente, la intérprete de nunca acabar es elevada a los altares de la gran vampira de la mano de la directora alemana octogenaria y de culto Ulrike Ottinger. <strong>En una alianza antipatriarcal, antiheteronormativa y antivampírica incluso con la escritora Elfriede Jelinek,</strong> las tres (cineasta mítica de los tiempos del Nuevo Cine Alemán, premio Nobel austriaca y actriz eterna) acaban de presentar en la Berlinale <i>The Blood Countess.</i></p>

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 La octogenaria directora de culto Ulrike Ottinger se alía con la escritora y premio Nobel Elfriede Jelinek para componer una estridente, festiva y muy disparatada refutación del mito vampírico  

Si hacemos caso al mito popular y literario, el vampiro está del lado de la individualidad moderna y sus impulsos liberadores; del lado del amour fou contra la hipocresía y el engaño de las religiones. El conde Drácula igual es un falócrata decadente que habita un castillo y oprime por igual a mujeres y siervos, que la encarnación de la posmodernidad libertaria siempre refinado, culto (hipnotiza, pero se deja hipnotizar por el arte como posibilidad de eternidad) y exquisito. Pero, ¿y las vampiras? ¿Están acaso ellas condenadas por siempre a la servidumbre del gran narcisista? Digamos que hasta hoy, digamos que hasta Isabelle Huppert. De repente, la intérprete de nunca acabar es elevada a los altares de la gran vampira de la mano de la directora alemana octogenaria y de culto Ulrike Ottinger. En una alianza antipatriarcal, antiheteronormativa y antivampírica incluso con la escritora Elfriede Jelinek, las tres (cineasta mítica de los tiempos del Nuevo Cine Alemán, premio Nobel austriaca y actriz eterna) acaban de presentar en la Berlinale The Blood Countess.

La cinta imagina lo que ocurriría si, de repente, la temible condesa Elizabeth Báthory viajara en su inmortalidad que no cesa desde el siglo XVI al presente siglo XXI. Allí (que es aquí) se daría de bruces con asuntos tan disparatadamente anacrónicos como los teléfonos móviles, la moda del veganismo, las redes sociales y hasta Eurovisión. ¿Qué motivos tendría para semejante trayecto al infierno? Ninguno desde luego. Salvo que unos cazavampiros hayan dado (o estén cerca) con el libro definitivo que lleva necesariamente a la extinción de los chupasangres.

Con este argumento, que en verdad es broma boba o contraargumento, Ottinger confecciona una especie de Gran Guiñol disparatado, desquiciante, exageradamente grimoso, desvergonzado y sin sentido del ridículo. La primera escena pone en sobreaviso. A modo de mascarón de proa ella misma, Huppert, navega en un barco de terciopelo rojo por el lago subterráneo de Seegrotte en Viena. Luce, como todos en la cinta, un vestido de Jorge Jara Guarda tan irreal y lujoso como enorme. En lo que sigue, casi en formato de cómic, veremos que la ineptitud de los cazavampiros tiene su réplica debida en la incompetencia de los policías. Y los números de cabaret solo adquieren gracia y altura cuando la protagonista es la mismísima Conchita Wurst.

Isabelle Huppert en la presentación de 'The Blood Countess'.
Isabelle Huppert en la presentación de ‘The Blood Countess’.CLEMENS BILANEFE

La vampira que encarna Huppert -la Huppert de La pianista de Haneke, la Huppert de Elle de Verhoeben, la Huppert de Hong Sang-soo, la Huppert que se atreve con todo- es lo contrario al vanidoso, cruel e impotente que siempre fue Vlad el Empalador. La condesa sangrienta de Huppert es la reina de los desheredados, la divina majestad de lo nocturno, de lo rebelde, de lo frívolo, de lo iconoclasta, de lo libre y de lo furiosamente queer. The Blood Countess son dos horas largas de persecuciones a ninguna parte, de vestuario voluptuoso casi pornográfico, de chistes de gracia muy limitada, de lujo de colores ofensivos, de diálogos declamados contra el buen gusto y de la majestuosa presencia de, ya se ha dicho, Huppert.

Digamos que la película de Ottinger no está ahí para añadir una coma a la mitología relamida del conde, sino para refutarla, para darle la vuelta hasta dejarla exangüe, libre por fin de todos los tics machistas, rancios y patriarcales. Y en medio, Huppert como nunca antes. Huppert como siempre.

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