<p><strong>Antonio Ramallets Miró</strong> fue un niño pequeño y gordito al que mandaban a la portería (hecha de libros o abrigos), en los partidos callejeros en el barrio barcelonés de Gràcia, donde se crio a caballo de la guerra (nació en 1924). El prestigio en la pandilla se lo ganaba porque era el mejor confeccionando balones de trapo, con una piedra en el núcleo para darle peso, y mondas de naranja en una capa intermedia. Estiró, adelgazó e insensiblemente fue rompiendo en un buen portero. Primero en los equipos de barrio, de menor a mayor, hasta que ya con 20 años le fichó el Europa, uno de los diez fundadores de la Primera División pero que a la sazón estaba en Tercera. Un año de suplencia, otro de titularidad y luego la mili. Le tocó hacerla en Marina, y el periodo de instrucción lo hizo en San Fernando, en cuyo equipo jugó algunos partidos hasta que le destinaron a Mallorca.</p>
Dos de los grandes guardametas de la historia del equipo nacional llegaron al puesto tras un montón de circunstancias sobrevenidas. La irrupción del guardameta del Barça abre la duda de cuál será su camino
Antonio Ramallets Miró fue un niño pequeño y gordito al que mandaban a la portería (hecha de libros o abrigos), en los partidos callejeros en el barrio barcelonés de Gràcia, donde se crio a caballo de la guerra (nació en 1924). El prestigio en la pandilla se lo ganaba porque era el mejor confeccionando balones de trapo, con una piedra en el núcleo para darle peso, y mondas de naranja en una capa intermedia. Estiró, adelgazó e insensiblemente fue rompiendo en un buen portero. Primero en los equipos de barrio, de menor a mayor, hasta que ya con 20 años le fichó el Europa, uno de los 10 fundadores de la Primera División, pero que a la sazón estaba en Tercera. Un año de suplencia, otro de titularidad y luego la mili. Le tocó hacerla en Marina, y el periodo de instrucción lo hizo en San Fernando, en cuyo equipo jugó algunos partidos hasta que le destinaron a Mallorca.
El equipo titular de la isla militaba entonces en Segunda. Le probó, le incorporó y una lesión del titular, Sureda, le permitió asentarse y jugar temporada y media a satisfacción. El Barça, atento, le fichó en plan promesa en cuanto se licenció y nada más llegar le cedió a modo de prueba al Valladolid para una fase de ascenso de Tercera a Segunda. El equipo castellano ascendió y pretendió prorrogar la cesión, pero no hubo acuerdo.
Así, en la temporada 1947-48 quedó incorporado a la plantilla del Barça, si bien como quinto portero, tras Velasco, Quique, Valero y Font, así que pasó dos años jugando amistosos menores. El panorama se le fue despejando porque salieron Valero y Font, con lo que ascendió dos peldaños, aunque seguía sin jugar. En la 49-50, Quique tuvo una lacerante lesión de rodilla («si no me llega a pasar eso nunca hubieran oído hablar de Ramallets», solía decir) y el joven de Gràcia pasó a ser el primer suplente del consolidadísimo Velasco. Ramallets ya tenía 25 años, pero a esa edad aún se consideraba inmaduros a los porteros. Se estimaba que el conocimiento pleno del puesto sólo llegaba tras mucho tiempo de práctica. Pero al menos viajaba con el equipo y en el viejo campo de Les Corts se sentaba en el banquillo junto al entrenador, y no en la grada. No estaban autorizados los cambios, salvo el del portero y sólo en caso de lesión, así que era el único suplente en los viajes y en el banquillo.
En esas estábamos. Velasco se lesionó el 20 de noviembre de 1949 en Balaídos, en una salida temeraria a los pies del céltico Germán Waidele, un impetuoso delantero hijo de alemán y gallega al que apodaban Mekerle. La valentía para tirarse de cabeza, en modo zambullida de piscina, a los pies del delantero que llegaba sólo era una de las características de Velasco, que luego prolongaría Ramallets, siempre muy atento en sus tres temporadas de aprendiz a lo que hacía el titular. Es una suerte ya olvidada, por cierto. Ahora los porteros prefieren plantarse a la argentina, como innovó Gatti, pero en aquel tiempo muchos porteros volaban de frente cuando percibían que el balón se le escapaba un poco largo al atacante. Era una jugada que producía escalofríos y daba lugar a lesiones, repartidas entre delanteros (el que metía la pierna se exponía a fractura de tibia por efecto palanca cuando le caía sobre la pierna el cuerpo del guardameta) y porteros, que se exponían a golpes en la cabeza o fracturas de clavícula. En esta ocasión una bota de Mekerle, que intentó saltar a última hora, impactó con un ojo de Velasco, con grave consecuencia. Sufrió un desprendimiento de retina, estuvo de baja bastantes meses y cuando regresó nunca fue el mismo. No llegó a recuperar la plena visión.
Eso dio oportunidad a Ramallets de jugar el resto de la Liga, y cumplió. El Barça terminó quinto, el mismo puesto en que lo dejó Velasco. Era rápido y elástico, seguro en el blocaje (otro aspecto hoy olvidado) y reproducía exactamente las valerosas zambullidas de Velasco. Después de la Liga se jugaba la Copa, y en ella se comió cinco goles en El Sardinero que hicieron que el Barça cayera en octavos, pero no se le culpó de ninguno de ellos.
Ese verano se iba a disputar el Mundial Brasil 1950, primero de la posguerra, segundo al que acudía España, que de los tres anteriores sólo había jugado el de 1934, y también en el equipo nacional se iban a producir alteraciones en la meta. Venía siendo titular el formidable Iñaki Eizaguirre, donostiarra, hijo de Agustín Eizaguirre, portero de la Real Sociedad en la preguerra. Iñaki empezó en el equipo familiar, pero pronto saltó al Valencia, muy fuerte en esos años. El número dos de la selección venía siendo el madridista Bañón, y también contaba mucho Acuña, del Deportivo, espectacular y más arrojado todavía que Velasco. Había un cuarto, Lezama, del Athletic, un niño de la guerra hecho futbolista en Inglaterra.
Justo esa temporada 49-50, Quincoces, entrenador valencianista, prefirió para la portería a Antonio Pérez, un ex del Atlético Aviación, y relegó a la suplencia a Iñaki Eizaguirre, ya algo fondón. Pero, paradoja, la selección siguió contando con él, que pese a su inactividad de club jugó los dos partidos con Portugal que nos clasificaron para Brasil. El seleccionador era Guillermo Eizaguirre, sin parentesco con Iñaki, pero también ex portero, coetáneo del padre, Agustín, lo que quizá influyó. Guillermo había sido célebre por sus elegantes vuelos y sus llamativos jerséis coloreados, con dibujos geométricos, rareza en la época. También fue un gran meta, suplente de Zamora en la selección. Bañón, por su parte, sufrió una tuberculosis que le hizo perder la portería del Madrid y le retiró con 27 años.
Como preparación para el Mundial se programó un viaje a México para jugar dos partidos con la selección de allá. En las fechas de la gira quedaban pendientes las semifinales y la final de Copa y, por supuesto, no viajó ningún jugador de los cuatro semifinalistas (Athletic de Bilbao, Valladolid, Valencia y Madrid). Se confeccionó un grupo que mezclaba internacionales cuajados con jóvenes emergentes merecedores de una oportunidad. Había dos porteros: Dauder, del Tarragona, comprometido ya para la siguiente temporada por el Atlético (flamante campeón de Liga) y Ramallets, al que la prensa madrileña aún citaba como mallorquín. Dado que había empezado a sonar en el Mallorca, se pensaba que era de allí, tan poco se sabía de él. Lo previsto era que jugara Dauder, pero se dislocó un hombro en el primer entrenamiento, así que la portería fue para Ramallets, que hizo dos estupendos partidos, uno empatado y el otro ganado por los nuestros.
A eso siguieron, ya terminada la final de Copa, dos partidos de preparación en Madrid ante el Hungaria, el equipo de exiliados del comunismo en el que apareció Kubala en España, al final de los cuales se hizo la lista definitiva de 22 jugadores, según el tope establecido por la FIFA. La mayoría de selecciones duplicaba los 11 puestos, pero Guillermo Eizaguirre pensó que lo prudente era llevar tres porteros a costa de ir con un solo extremo izquierda, Gaínza. Los dos primeros eran, según lo previsto, Iñaki Eizaguirre y Acuña. Para tercero se optó por Ramallets mejor que Lezama, reciente campeón de Copa con el Athletic, en la idea, que aún persiste, de que es mejor para ese puesto un joven sin pretensiones de titularidad que un veterano poniendo caras.
El día de la partida se produjo un curioso y feo incidente en el aeropuerto de Barajas. Guillermo Eizaguirre comentó: «Las maletas se dejan ahí y que las recoja el gallego». Lo de «el gallego» era un genérico que aludía a los cargadores de maletas del aeropuerto de Madrid, en la época en general gallegos, del mismo modo que los serenos eran asturianos o los propietarios de restaurantes baratos, zamoranos. En ciertos oficios, paisanos tiraban de paisanos y acababan por regionalizar un oficio. Acuña entendió que iba por él, se encaró con el seleccionador y éste, que tenía todas las características de señorito infatuado y había hecho la guerra como capitán de la Legión, se encampanó en vez de aclarar el equívoco y tuvieron una bronca de órdago. Hubo que agarrarles y exigió que Acuña no viajara. A duras penas pudieron convencerle entre el presidente, Muñoz Calero, y el entrenador, el sabio y prudente Benito Díaz, y para evitar el escándalo consintió.
Llegados a Brasil, Iñaki Eizaguirre dejó en los entrenamientos una sensación de falta de forma. Pese a ello, y dado que a Acuña no lo quería ver ni en pintura Guillermo Eizaguirre y que Ramallets sólo había jugado hasta entonces 16 partidos en Primera, se decidió que el veterano ocupara la portería el primer día ante Estados Unidos. Estuvo mal en el gol de los norteamericanos (España llegó al 81′ perdiendo 0-1, y luego marcó tres goles en serie), y dio otras muestras de inseguridad. Así que en el segundo partido, ante Chile, Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz convinieron en que lo conveniente era tirar de Ramallets (aún el mallorquín en las páginas de la prensa) pese a que en su ataque estaba un reputadísimo delantero llamado Robledo, criado en Inglaterra, delantero del Newcastle y célebre por sus poderosas cargas a los porteros. Ganamos 2-0 y Ramallets estuvo impecable. Así que repitió ante Inglaterra, que acudía a su primer Mundial, ganamos 1-0 y el novato estuvo cumbre. Ese día Matías Prats le llamó El gato con alas, toda España supo que no era mallorquín, sino de Gràcia, y el Barça y la selección tuvieron portero para 10 años. Las aguas se habían ido abriendo ante él, como las del Mar Rojo ante Moisés, y en unos meses pasó del anonimato a la gloria.
Parecido fue el más reciente y conocido caso de Casillas. Llegó al Madrid en la 99-00 por una lesión de Illgner y una pésima racha de Bizzarri, mientras el club, consciente del problema, había fichado a César para el curso siguiente. Cumplió, ganó la Champions y viajó como tercer portero, tras Molina y Cañizares, a la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos 2000. En su segunda temporada aguantó la titularidad, pero en la parte final de la 01-02 la perdió. A la final de Champions en Glasgow viajó como suplente de César. Pero éste se lesionó, le tocó salir en el 68′ e hizo tres paradas milagrosas.
Para el Mundial de Corea y Japón 2002 habían sido seleccionados Cañizares, Ricardo y Contreras. Cañizares se rompió accidentalmente el tendón del dedo gordo del pie, fue llamado Casillas de urgencia gracias a esa lesión de César y a su fantástico final de partido, convenció en los entrenamientos, pasó por delante de Ricardo y Contreras, y tres penaltis detenidos ante Irlanda (uno en el partido, dos en la tanda) le elevaron a héroe nacional un mes y un día después de Glasgow. La moraleja sería que el talento superior siempre acaba por abrirse camino. Y la pregunta ahora es si Joan García necesitará también que se vayan abriendo las aguas ante él, o si no le hará falta.
Deportes


