El célebre verso de Gertrud Stein sobre la rosa que es una rosa que es una rosa aspiraba a convocar en la imaginación del lector no solo la imagen de la flor nombrada sino su esencia misma; su ser completo y perfecto sin adjetivos, desnudo y con el olor profundo que ya no tienen ni las rosas ni el pan. Se diría que con el cine de Hong Sang-soo sucede algo parecido. Hong Sang-soo vuelve y uno tiene la sensación de que, en verdad, sigue ahí. Nunca se fue. Sang-soo es Sang-soo es Sang-soo. Como siempre sucede con el director coreano, su cine es tan idéntico a sí mismo, tan claro y reconocible, que no admite ni sorpresa ni recriminación. Pocos cineastas viven en el entusiasmo sostenido en el que levitan él y su gente. Y así, su última película es él y es todo su cine en su más íntima substancia, sin un calificativo que entorpezca su aroma limpio, puro y, admitámoslo, algo alcohólico.
El director coreano alcanza un raro momento de plenitud sostenida entre la ironía, la poesía y la simple evidencia
El célebre verso de Gertrud Stein sobre la rosa que es una rosa que es una rosa aspiraba a convocar en la imaginación del lector no solo la imagen de la flor nombrada sino su esencia misma; su ser completo y perfecto sin adjetivos, desnudo y con el olor profundo que ya no tienen ni las rosas ni el pan. Se diría que con el cine de Hong Sang-soo sucede algo parecido. Hong Sang-soo vuelve y uno tiene la sensación de que, en verdad, sigue ahí. Nunca se fue. Sang-soo es Sang-soo es Sang-soo. Como siempre sucede con el director coreano, su cine es tan idéntico a sí mismo, tan claro y reconocible, que no admite ni sorpresa ni recriminación. Pocos cineastas viven en el entusiasmo sostenido en el que levitan él y su gente. Y así, su última película es él y es todo su cine en su más íntima substancia, sin un calificativo que entorpezca su aroma limpio, puro y, admitámoslo, algo alcohólico.
¿Qué te dice esa naturaleza? es el título de su último y como mínimo anual trabajo (en 2021 fueron tres y el año pasado, dos). Intentar señalar las diferencias con su filmografía anterior se antoja tan improcedente como valorar las litografías de Warhol por lo que las distingue unas de otras. En un caso y otro, en el coreano y el neoyorkino, con la prudencia y la distancia debidas, lo que importa es la repetición casi serial de un principio que busca precisamente lo distinto en lo idéntico, en lo mínimo, en la certeza del reflejo del espectador en cada uno de los personajes esencial y exageradamente humanos. El cine de Sang-soo se alimenta de la casualidad, de lo arbitrario, del capricho de una vida que dicta los guiones el día anterior al rodaje en un proceso continuo de reelaboración. Siempre en directo, siempre vivo, siempre Sang-soo.
Ahora se cuenta la historia de un joven poeta que, sorprendido por el tamaño de la casa de los padres de su novia, termina por quedarse a pasar el día con los que quizá acaben por ser sus suegros. Y con su cuñada también. Lo que sigue son ocho capítulos que van desde comedia bufa a la meticulosa descripción de una tragedia invisible y muy cotidiana. Se pasea, se bebe, se come sin parar, se recitan poemas (algunos muy malos), se contempla el atardecer y, mientras, ladran los perros. Sang-soo vuelve a ser él, que es una forma de avisar que también somos nosotros. Sang-soo destila lo mejor de su forma de mirar en una película irónica, lírica a su modo y solo parecida a sí misma.
El resultado es exactamente lo que tiene que ser con sus borracheras, sus zooms insospechados, su textura granulada tan cerca de la más real de las irrealidades y su profundo aroma a vida vivida; una película pensada, diseñada y rodada no tanto para simplemente ver como para vivir directamente en ella. Sang-soo es Sang-soo es Sang-soo.
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Director: Hong Sang-soo. Intérpretes: Ha Seong-guk, Kwon Hae-hyo, Cho Yun-hee. Duración: 108 minutos. Nacionalidad: Corea del Sur.
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