Pero de quién se está riendo usted

<p>Reírse de <strong>David Uclés</strong>, test de antígenos ideológico, es ya de cobardes. Si se le veía venir. Incluso sin los perendengues que se coloca sobre la melenita. Siguen burlándose al unísono de su épica afectada los mismísimos que resuellan cuando se activa en las teles y columnas lo que llaman <i><strong>La (opinión) sincronizada</strong></i>. Se chotean aún de él, el preferido del profe, sensible y ¡antifascista!, cuando ya se ha revelado como retoño de <strong>Ned Flanders</strong>. Adultos hechos y derechos, más cerca de la jubilación que de la baja paternal, de zurribanda contra la encarnación de <strong>Todd y Rod</strong>.</p>

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 Como cuando Fortunata se obsesiona con la santidad de Jacinta, quizá la fijación de los analistas patrios se explique por cosa sencillísima y humana. Tal vez todo es culpa del pelo. Unos tienen y otros no  

Reírse de David Uclés, test de antígenos ideológico, es ya de cobardes. Si se le veía venir. Incluso sin los perendengues que se coloca sobre la melenita. Siguen burlándose al unísono de su épica afectada los mismísimos que resuellan cuando se activa en las teles y columnas lo que llaman La (opinión) sincronizada. Se chotean aún de él, el preferido del profe, sensible y ¡antifascista!, cuando ya se ha revelado como retoño de Ned Flanders. Adultos hechos y derechos, más cerca de la jubilación que de la baja paternal, de zurribanda contra la encarnación de Todd y Rod.

Oliver Laxe carbura otro de los chistes favoritos de la temporada. Contaba el director que ya no necesita volver a terapia. Con todos los memes que han hecho sobre él, está de sobra psicoanalizado. Sucede que si una persona atractiva renuncia a proclamar que Confucio inventó la confusión y se empeña en justificarse, en quebrar el prejuicio que asumen sobre su propia belleza, a menudo acaba envolviéndose en una pedantería que la manda al grupito de los cursis.

En las salas de cine, cuando los actores salían volando por los aires como palomitas, al público de Sirat se le escapaba una carcajada. La tensión se atornilla con tal vehemencia en algunas escenas que, como en la zona de espera de un tanatorio, a punto de recibir las cenizas del muerto en una bolsita térmica con correa regulable, estalla en forma de risa. Sirat, seguro que se han pispado ya en el comité de los Oscar y los Bafta, es una comedia. Como cuando Fortunata se obsesiona con la santidad de Jacinta, quizá la fijación de los analistas patrios se explique por cosa sencillísima y humana. Tal vez todo es culpa del pelo. Unos tienen y otros no.

Cristina Mariani lo luce larguísimo, más que Laxe, a veces con gorra, como Uclés, siempre despeinado. Se dedica al stand-up. El preferido del público: «He descubierto que el racismo se transmite de generación en generación, que se interioriza. Tiene sentido. La otra noche iba de vuelta a casa, era tarde, y vi que un chico negro se me acercaba. Por instinto, me llevé de inmediato la mano al bolso… aunque por lógica sabía que no iba a poder comprarlo. Me robó la cartera, eso sí».

El cine, como el otro, satisface cuando no se espera demasiado a cambio, cuando uno se dispone a acompañar. El curioso siempre vuelve con algo en el bolsillo.Quien se estima en la guerra, tensa la espalda, listo para sobreintelectualizar, acaba consumido. Si el espectador cree que se burlan de él, que se ría del niño que se despeña en el desierto por culpa del mendrugo de su padre. Siempre será mejor que despiporrarse con Leo Harlem.

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