Pedaleando por el barrio de Poblenou en Barcelona hasta el mar

De la plaza de Glòries a la playa. Aquí va un recorrido sobre dos ruedas por el Poblenou, el barrio de Barcelona que se extiende entre la Diagonal y el mar, con buenos carriles bici, calles peatonales y una insólita mixtura de usos difícil de encontrar en otras partes: vivienda vieja y nueva, las oficinas del 22@ (el distrito tecnológico), patrimonio industrial, espacio público agradable y comercio de barrio superviviente, aunque la gentrificación ha arrasado notablemente con las tiendas tradicionales.

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 Entre sus calles convive una insólita mezcla de patrimonio rehabilitado, vivienda nueva y comercio que ha disparado su atractivo. Un paseo en bici por zonas peatonales, plazas y hasta un cementerio  

De la plaza de Glòries a la playa. Aquí va un recorrido sobre dos ruedas por el Poblenou, el barrio de Barcelona que se extiende entre la Diagonal y el mar, con buenos carriles bici, calles peatonales y una insólita mixtura de usos difícil de encontrar en otras partes: vivienda vieja y nueva, las oficinas del 22@ (el distrito tecnológico), patrimonio industrial, espacio público agradable y comercio de barrio superviviente, aunque la gentrificación ha arrasado notablemente con las tiendas tradicionales.

Con un innegable atractivo, el Poblenou también ha sufrido una preocupante expulsión de vecinos desde la llegada de inversores y profesionales extranjeros con sueldazos (sean expats o nómadas digitales). Llevan razón sus vecinos cuando lamentan la pérdida de patrimonio y memoria obrera o cooperativa (en una zona que se conoció como el Mánchester catalán), la sangría de comercio de proximidad y claman contra los precios imposibles de la vivienda. Pero sería injusto negar que el barrio tiene solera.

La plaza de Les Glòries es una buena entrada a la zona. Nadie diría que lo que ahora es un parque hace poco era un nudo viario. Recorrerla en bici desde el centro es una gozada y se puede bajar por la calle de Álava, dejando a un lado el Mercat dels Encants —con raíces en el siglo XIV, se instaló aquí en 2013 en un edificio diseñado por el arquitecto Fermín Vázquez— y, a otro, el Museo del Diseño, el DHub. Un poco más abajo, en Pere IV, que atraviesa el barrio en diagonal, está el BiciHub, en Can Picó, patrimonio histórico donde una iniciativa, desde la economía cooperativa, vela por la movilidad sostenible y acoge proyectos, formación vinculada a la bici y actividades.

Hasta Pere IV han llegado las reformas urbanas que han puesto de moda el barrio. Se nota en bares que ya no tienen menú y sí carta en inglés, o piden desayunar «en 15 minutos» si es en la terraza. Con carril bici solo a tramos, la calle avanza hasta el final de la ciudad y pasa por espacios de éxito como la Sala Beckett, el teatro que desde hace 15 años ocupa la antigua sede de una cooperativa. Desde Glòries también se puede bajar en bici por la Diagonal en el tramo más nuevo, flanqueado por grandes edificios de viviendas (algunos con zonas comunes y piscina, algo poco frecuente en la ciudad) y oficinas desde comienzos de este siglo.

Volviendo al BiciHub, si se toma la calle de Pujades, encontramos una mezcla inclasificable: aquí una gasolinera, allá el consulado de Marruecos y negocios del entorno que traducen documentos. Más allá, estudios de doblaje, bares con nómadas digitales ante la pantalla del portátil, VPO municipal, algún solar vacío, interiores de manzana que son remansos de paz, naves que mantienen actividad industrial, oficinas, hoteles…

Cerca está la famosa superilla, que acaba de cumplir 10 años. Son nueve manzanas donde los coches tienen presencia mínima. Al principio, levantaron una tremenda polvareda, pero con el paso del tiempo se ha convertido en un espacio pacificado y privilegiado para los vecinos. Su edificio más conocido es el Media-TIC, con su piel que parece de plástico hinchado. Aquí son intensivos el uso de la bici, de las mesas y bancos, y del espacio público en las plazas de los cruces. Algunos carteles anunciando una jornada de fiesta con paella popular demuestran que las entidades del barrio están activas.

Por cualquiera de las calles paralelas al mar se llega a la Rambla del Poblenou, la calle mayor del barrio, característica por su bulevar central lleno de terrazas de bares y restaurantes, comercio clásico, pero también cadenas de comida o ropa. De mayo a octubre, por aquí bajan barceloneses con la sombrilla al hombro, camino de la playa. Y cuando el calor aprieta, los bancos de las plazoletas de los cruces cotizan al alza. Sobre todo, los del cruce con Ramon Turró, donde está una de las heladerías y horchaterías más famosas de Barcelona, el Tío Che —desde la década de los años cuarenta en el Poblenou—.

Paralela a la Rambla, la peatonal calle de Marià Aguiló y su entorno concentran el comercio tradicional. Tiendas de géneros de punto o «confecciones», la mercería Montserrat (que apenas cerró en pandemia para poder atender a la fiebre costurera que muchos abrazaron durante el confinamiento), ópticas, bodegas, pescaderías, pequeños restaurantes, la librería No Llegiu o una autoescuela… pero también tiendas de fundas de móviles o un taller de bicicletas que atiende, principalmente, a vecinos extranjeros.

Para tienda de bici veterana, la J. Pons Tot Bici, que lleva 40 años en la calle de Llull. Al lado, en la calle de Joncar, la biblioteca instalada en la antigua textil Can Saladrigas lleva el nombre de Manuel Arranz, fundador del Ateneo Popular Flor de Maig (hoy recuperado como espacio vecinal). Dos ejemplos de patrimonio salvado, como el centro cívico Can Felipa. O las chimeneas indultadas que se levantan por el barrio.

El recorrido en bici vuelve a la Rambla donde, al final a mano izquierda, está el núcleo de callejuelas que rodean la plaza de Prim, más conocida como de Els Pescadors, por el restaurante que hay en ella. Si se toma Taulat se llega al cementerio del Poblenou, el más antiguo de Barcelona —tiene más de dos siglos de historia— y el primero que no se construyó junto a una iglesia. Su difunto más visitado es El Santet, Francesc Canals i Ambrós, a quien se le atribuyen poderes sobrenaturales. El mismo nombre lleva el bar que hay al lado, en la frontera con la Vila Olímpica. Un buen lugar donde tomar algo tras el pedaleo y antes de pasar un rato en la playa del Bogatell.

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