Las bicicletas modernas están pensadas para volar. Son aerodinámicas, ligeras, inteligentes, incluso. Pero volar es cosa de unos pocos y la lentitud tiene sus recompensas: se puede reparar hasta en los detalles más nimios. Escalando las interminables pistas de grava, afortunadamente sin asfaltar, que conducen al corazón del parque nacional Sierra de las Nieves, en la provincia de Málaga, uno puede verse reflejado en el espectáculo de la naturaleza. Un escarabajo pelotero desplaza su bola perfecta de alimento con el mismo empeño con el que el ciclista se afana en moverse y con él su bici, ladera arriba, pedaleando hasta con la chepa a una velocidad tan reducida que el tiempo parece en suspenso. Apenas una hora antes, dejaba Marbella atrás siguiendo los pasos de Luis Ángel Maté, quien cerró sus días como profesional de la bici al término de la Vuelta de 2024 y que conoce bien los secretos de la Sierra de las Nieves, que en 2021 se convirtió en el 16º parque nacional.
Un recorrido por el parque nacional malagueño de la mano del exciclista profesional Luis Ángel Maté. Con inicio y final en Marbella, la excursión por esta red de pistas de grava idóneas para la bicicleta es exigente, pero la recompensa lo merece
Las bicicletas modernas están pensadas para volar. Son aerodinámicas, ligeras, inteligentes, incluso. Pero volar es cosa de unos pocos y la lentitud tiene sus recompensas: se puede reparar hasta en los detalles más nimios. Escalando las interminables pistas de grava, afortunadamente sin asfaltar, que conducen al corazón del parque nacional Sierra de las Nieves, en la provincia de Málaga, uno puede verse reflejado en el espectáculo de la naturaleza. Un escarabajo pelotero desplaza su bola perfecta de alimento con el mismo empeño con el que el ciclista se afana en moverse y con él su bici, ladera arriba, pedaleando hasta con la chepa a una velocidad tan reducida que el tiempo parece en suspenso. Apenas una hora antes, dejaba Marbella atrás siguiendo los pasos de Luis Ángel Maté, quien cerró sus días como profesional de la bici al término de la Vuelta de 2024 y que conoce bien los secretos de la Sierra de las Nieves, que en 2021 se convirtió en el 16º parque nacional.
Nada como la generosidad de un local para entender y apreciar los tesoros de un enclave sorprendentemente salvaje, aunque incomoda imaginar que Luis Ángel Maté nunca haya rodado tan lentamente por estos lugares. Maté insiste en realizar la salida recién estrenado el mes de marzo: las abundantes lluvias pasadas han entregado un paisaje inusualmente verde y en las alturas se agradece el fresco. Cuesta imaginarse en este recorrido sufriendo los rigores del calor. Harto de la dictadura de los números, el ciclista rodaba a escondidas por estas pistas, buscando soledad y un respiro en la monotonía de sus salidas por asfalto. Colgó la bici con 40 años, tras la última etapa de la ronda española en Madrid y, en lugar de volar a Marbella, pedaleó con calma hasta la puerta de su casa: que ya no fuese profesional no significaba que no le gustase dar pedales.
Maté aprendió a amar su tierra de la mano de las carreras, en su infancia, que le permitieron confeccionar su propio mapa: una llegada en repecho, una iglesia solitaria vislumbrada al pasar, el blanco de las edificaciones, las rutas de montaña… Desde cadetes, los fines de semana se convirtieron en una peregrinación familiar participando en pruebas repartidas por toda la geografía andaluza. Ahora, ha vuelto a sus orígenes acompañado por su mujer y sus dos hijos, disputando pruebas de BTT o de gravel, feliz de reencontrarse décadas después con los amigos con los que empezó a competir. Hará falta tiempo para que se quite el dorsal.

El marbellí ha dejado atrás un ciclismo que apenas reconoce, uno en el que las cifras de vatios, medias horarias, gramos de hidratos de carbono y horas de sueño en hipoxia han sustituido las conversaciones en el pelotón. Nadie habla con nadie, pero todos hablan por el pinganillo. El Village Départ del Tour parece un parque temático vacío. Donde antes los ciclistas quedaban a la vista de los aficionados tomando un café, departiendo con compañeros de otros equipos, ahora no se asoma ninguno, todos se concentran en sus autobuses. “Es la futbolización del ciclismo”, zanja Maté con un suspiro. En 2022, defendió en el Senado el uso de la bicicleta como medio de transporte sostenible en las ciudades simplemente porque cree posible “construir un mundo mejor”.

No hay nada mejor que la bici, de gravel en este caso (podría ser una BTT también), para recorrer en una larga jornada un centenar de kilómetros y quedar sorprendido por el contraste brutal entre la bulliciosa línea de costa y el interior solitario, silencioso y casi virgen de edificaciones. En este parque nacional se permite montar en bici pero solo por las pistas, sin adentrarse en sus senderos salvo que esté explícitamente indicado. Se trata de una generosa red de pistas de piedra pequeña y tierra, ideales para rodar aunque sea por un terreno sumamente quebrado, exigente: o se sube o se baja, apenas hay zonas llanas. Por algo se la conoce también, de forma un tanto idealizada, como “tierra de bandoleros”.
Un continuo subir
Salimos de Marbella y subimos hacia Istán por la cantera de Nagüeles. Enseguida paramos en el nacimiento del río Verde, ahora abundante, y desde ahí subimos hacia el puerto Moratán. Esta primera ascensión da el tono de la salida: un continuo subir (con respiros puntuales) de algo más de 50 kilómetros con un desnivel positivo de 2.500 metros que da paso a un larguísimo descenso hasta la costa. Desde el puerto Moratán giramos a la izquierda, ya en pleno parque nacional, buscando coronar el puerto de las Golondrinas. Luego bajamos en dirección a Los Quejigales, siempre con el Pico Torrecilla (1.919 metros) y sus formaciones kársticas como testigo.

Dejamos a un lado la pista que baja hacia el río Verde, por la vereda de la Cruz, y Maté se detiene a observar los primeros grandes pinsapos que salen a nuestro encuentro. Se trata de un tipo de abeto que solo se encuentra en la Serranía de Ronda (provincias de Cádiz y Málaga) y cuyo máximo representante en la zona es el viejo pinsapo de las Escaleretas, que dispone de una tribuna creada ex profeso para admirarlo en su límite vital: se estima que su edad oscila entre los 457 y los 892 años. Su belleza decadente contrasta con la salud de los jóvenes pinsapos, rabiosamente verdes, poderosos.
Ahora buscamos el puerto del Robledal, última larga subida, y después seguimos hacia el puerto de la Refriega, luego Cuatro Caminos, donde escogemos la pista que permite descender por la puerta verde de Marbella (o el Meliche): aquí buscamos el enorme Castaño Santo (hay una señal que indica el breve desvío de 300 metros hasta encontrarlo), donde se acumulan enormes alcornoques, algunos parcialmente desnudos de su corteza.

No hemos visto un alma en horas, a excepción de los trabajadores del parque nacional. Maté confiesa que rara vez emprende en solitario este camino, dado su aislamiento y la ausencia generalizada de cobertura para el teléfono. Además, previamente conviene informarse bien de dónde encontrar agua en el camino. Como buen guía, él se detiene para observar los afloramientos de peridotitas, rocas ígneas de un llamativo color rojizo por la oxidación del hierro que contienen y que se consideran de un enorme valor geológico, una brillante nota de color en el amplio paisaje kárstico de la Sierra de la Nieves.
Toda la magia del trayecto se viene abajo cuando afloran las primeras grúas: sigue imparable la construcción de viviendas y lo que hace nada era soledad, ahora es un ir y venir de corredores, paseantes y perros en el paseo marítimo, saltando de San Pedro a Puerto Banús (cerca de donde desemboca el río Verde), sus edificios kitsch y, finalmente, llegamos de nuevo a Marbella. “Ahora voy a mostrarte un lugar de peregrinación para los ciclistas de la zona”, adelanta Maté. Así, llegamos al restaurante La Estrellita, regentado por Antonio, su pasión por las dos ruedas, y por Ana, el alma de la cocina. Esa misma mañana ha recogido en la montaña un buen puñado de tagarninas silvestres que incluye en su cocido de garbanzos: un plato único para saludar el descubrimiento de la Sierra de las Nieves.
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